Aquella madrugada desesperado fue a tocar la puerta del doctor del pueblo. Una extraña enfermedad había estado mermando la salud de su hija paty de 12 años desde hace algunos días, pero esta vez no quería comer, tenía una temperatura muy alta que convulsionaba y estaba muy débil y sólo se quejaba de dolor. Después de gritar y azotar la puerta una mujer se asomó por la ventana para decir que el doctor se había ido de viaje. – ¿qué hago ahora?, ¿quién podrá ayudarme?- pensó mientras caminaba de regreso. Dinero tenía, pero tiempo ya no mucho. No había ni hospitales, ni enfermeras y el pueblo más cercano quedaba a kilómetros. Debía hacer algo así que envió a uno de sus criados en uno de sus caballos. Le quedaba esperar porque nada más podía hacer.

Después de cuatro horas el criado trae a un doctor quien entra y la examina. Su cara reflejaba preocupación y dice a Jairo.-lo siento mucho señor sólo queda esperar lo peor pues poco se puede hacer.-  Su esposa le da un fuerte abrazo y un par de lagrimas brotan de sus ojos y con voz entrecortada dice – Buscaremos una segunda opinión Sara, no nos rendiremos- pero en su interior pensaba que sólo un milagro la podría salvar y se fue a su cuarto a orar, -ayúdame Señor, tú eres mi única esperanza. Ten misericordia de mi hija-,

Entonces oye que su puerta suena y una de sus criadas dice – disculpe que lo interrumpa señor, sólo quería decirle que Jesús de Nazaret está en la ciudad, espero que por ser el líder de la sinagoga no le moleste que le sugiera ir a verlo porque he oído que él ha sanado a mucha gente.- Pero, sin perder tiempo Jairo va en su búsqueda.

Cerca de las afueras de la ciudad vivía Susana, una mujer que por doce años había padecido la terrible enfermedad de flujo de sangre que la hacía ver pálida y débil como una hoja blanca. Cuando era más joven los hombres hubieran dado lo que fuera para tenerla por esposa pero cuando se casó esta enfermedad tan vergonzosa vino sobre ella e hizo que todos se alejaran su lado porque algunos temían fuese contagiosa y otros que los contaminara espiritualmente si acaso tendría una maldición divina. Visitó los medicos más afamados de la región sin remedio alguno, gastando las riquezas que le había dado su familia hasta que llegó el momento más duro cuando su esposo le pidió el divorcio arguyendo que ella no podía hacerlo feliz y que quería hacer una familia.

Recluida en casa como un prisionero miraba por la ventana esperando un mejor mañana pero parecía nunca llegar. Doce años soportando la debilidad y la vergüenza, la hizo ir con doctores de las mejores universidades de la época. Algunos le daban medicamentos que le causaban reacciones secundarias adversas y otros terapias dolorosas que lo único que hacían es lastimarla. Sentada sola en casa llorando su desventura llegó a la conclusión que ningún doctor podría ayudarla. Ya no quería ir a ningún lado ni confiar en nadie.

Pero aquella mañana ve por las celosías de su ventana como cientos de personas siguen a un hombre jóven vestido de blanco en las calles estrechas de la ciudad con Jairo y otras personas conocidas. La gente desde las casas observa el desfile y alguien dice, -Es Jesús el salvador-. ¿Será él? se pregunta ella en su interior. – Dicen que cuando venga el Mesías el verá por los pobres y sanará a los enfermos y he escuchado que muchísima gente ha sido sanada por él- Así que corre detrás de la muchedumbre. Iba totalmente tapada para que nadie la viera y no sólo por la pena de su condición sino porque corría el riesgo de ser apedreada porque su enfermedad era vista como una inmundicia total.

Ella no dejaría ir a su última esperanza pese a todos los fracasos que le vida le había traido, el Mesías pasaba por ahí y el tenía poder. Haciendo un gran esfuerzo pasó entre la multitud, recibiendo empujones y apretujones. Tenía la fe de que tocando el manto de su vestido sería suficiente por lo cual alargó su mano y una corriente como de fuego recorrió su mano y pasó a todo su cuerpo, como una descarga de energía la paralizó ante el paso de los demás y se dio cuenta que sus manos ya no estaban más blancas y la hemorragia se había detenido.

Jesús sintió como poder salió de su cuerpo y la llama ante la mirada atónita de todos para decirle que se vaya en paz. Él nunca permanece indiferente ante aquellos que le tocan por la fe. -Grande es el poder de Jesús- dice Jairo al ver aquello, cuando de repente llegan de su casa unos sirvientes que le dicen con tristeza que ya no moleste al maestro porque la niña ya ha muerto. Alguien le pone la mano sobre su hombro y Jairo queda petrificado. Es demasiado tarde ya. Cualquier cosa podría haber tenido solución menos la muerte. Entonces la voz segura y amorosa del Señor le dice: No temas, solo cree.

Caminan hacia la casa y desde lejos se oyen los lamentos y llantos y al llegar Jesús les dice que no lloren que sólo duerme. La gente se ríe y se burla de Jesús, es una locura o una tontería pensar de ese modo, creen ellos. La gente veía lo conocido, Jesús hablaba como quien tiene potestad sobre la muerte.

Pasan al cuarto y Jairo permanece abrazado sin poder contener las lagrimas mientras trata de consolar a su esposa Sara. Ahí está su cuerpo tendido, el de aquella niña que reía, que jugaba, que salía a recibir a Jairo con un abrazo cada tarde; que la iba a acostar por las noches y despertaba por las mañanas, ahora muerta y sin más esperanza. Jesús se acerca a la cama y dice dos palabras arameas “talita cumi” (niña, levántate). Cuando ante el asombro de ellos y de los discípulos de Cristo paty se sentó. -Mi amor, mi hija, hija mía.- ambos padres corren y la abrazan y ahora lloran con ella pero de felicidad. Jesús sólo sonríe y dice .- denle de comer, la niña tiene hambre. La vida continúa en la casa de Jairo porque Dios abre puertas donde no hay.

A las afueras de la ciudad alguien visita a su familia. Es la irreconocible Susana que ahora está tan bella y sana como antaño

La esperanza de Dios nunca muere y si parece estar muerta, te equivocas sólo está dormida. No temas, cree sólamente.

Sal 34:6 Este pobre clamó, y le oyó Jehová,
Y lo libró de todas sus angustias…

Adaptación de Mateo 5:21-43, Mt 9.18–26; Lc 8.40–56