Por si alguno se imaginaba algún tipo inmoral Oseas no era uno de esos falsos profetas que daban mensajes de santidad pero tenían una doble vida. Si por él fuera sido jamás la hubiera elegido, ni en sueños. Un profeta de semejante reputación no podía echar a perder su ministerio con este tipo de mujeres, pero recibió la orden divina de tomar por esposa a una mujer fornicaria, de esas que se entregan por unas monedas sin importarles nada el amor. Oseas un hombre experimentado en reconocer la voz divina se da cuenta de que hay una razón de por medio muy importante para ese mandato tan extraño y no se rehúsa. El, que jamás había puesto un pie en semejante centro de vicio se halla apenado de preguntar por una ramera. Gomer sale con sus vestidos llamativos y su cara pintada y en tono sensual pregunta por el varón que nunca había visto por ahí.

Oseas le hace una propuesta, no para ir con ella a la cama como el resto de los varones que la frecuentaban, sino para convertirse en su amada esposa. Ella queda en shock sin comprender por qué, debe ser una broma de mal gusto. El la lleva afuera y le explica, pero ¿quién podría amarla siendo quien es? Debe tomar una decisión, una que le puede cambiar la vida en 180 grados. Pero le es difícil retirarse de aquello que le ha marcado el alma y que la identifica. Pese a que ser esposa de un hombre de renombre la dignificaría esto quizá no sería lo suyo. Lo piensa más pero Oseas insiste, le promete una casa, le promete que nunca más tendrá que pasar hambre ni recibir maltratos, una vida nueva, una familia. Al final ella accede y unos días después la boda se lleva a cabo. Claro, las críticas no se dejan esperar; el pueblo no es muy grande y el chisme invade en cada casa. – ¿Cómo es posible?, él es un profeta.- dicen todos.

Dios tenía que dar una lección objetiva de su amor hacia el desleal pueblo de Israel. Nos hallamos en el siglo VIII a.C. en el decadente e inmoral reino de Israel. El pueblo olvidó aquellos años en el desierto en el cual hicieron un pacto con el Dios que los sacó de la esclavitud y los llevó a una tierra que fluía leche y miel. Ahora ellos se fueron tras dioses ajenos y se corrompieron de la forma más vil. El profeta sabe que ha captado la atención de los judíos y sabe lo que tiene que enseñar: “El amor es buscar y hacer el bien hacia el otro sin importar quién eres y cuál es tu pasado. Es ante todo una decisión de dar y de procurar el bien y la felicidad. Ustedes son el objeto de ese amor, ustedes son la esposa de Dios.”

La gente se imaginaba que Dios había visto algo bueno en ellos pero no era así. Todo lo contrario, eran de lo peor. Pero más importante que lo que somos es lo que podemos ser  y como el amor incondicional nos puede transformar. Eso más que amor es gracia, amar sin merecer.

Han pasado unos años y Gomer y Oseas han tenido tres lindos hijos y todos pensaríamos que la historia termina aquí con un “vivieron felices para siempre”. No obstante la naturaleza humana tiende a ser irracional y contra todos los pronósticos ella empieza a frecuentar los lugares de antes. Gomer vuelve a tener contacto sexual con sus antiguos amantes y en particular se queda enganchado con un antiguo amigo y abandona a su familia. Cualquiera hubiera dicho, “pero en qué estabas pensando Oseas, ya sabes cómo son ese tipo de mujeres”. Pero a Gomer le va mal y acaba siendo esclava de su amante. Lo normal para nosotros habría sido odiarla, desecharla, maldecirla y por supuesto cortar con todo lazo legal con ella, pero el amor divino no es “normal” es sobrenatural. Dios quiere enseñarle algo a Oseas, a los israelitas y a nosotros y le ordena “ve y ama a tu esposa que tiene un amante”(Oseas 3:1). ¿Cómo amar a alguien que se ha convertido en un enemigo y me ha roto el corazón?

Pero Oseas va con el amante de su esposa y le paga el dinero correspondiente a una esclava y la vuelve a tomar como esposa. Para Israel y para nosotros significa que dado el pacto de amor que se establecido entre nosotros y Dios solemos fallar y lo hacemos de la forma más vil. Nuestra terquedad en búsqueda de libertad nos lleva a regocijarnos en aquel lodo del cual habíamos escapado. Pero la felicidad nos dura poco pues en verdad se convierte en lazo, en una horrible pesadilla de la cual no podemos escapar. Sería fácil desde ahí pensar que ya no merecemos más su amor, que ya todo está perdido. Para Dios seguimos siendo su esposa y extraordinariamente nos mira con compasión, el sabe que pese a nuestros yerros no pertenecemos a ese lugar y nos va a buscar. Paga nuestra deuda, el precio correspondiente a todas nuestras imprudencias y nos vuelve a tomar como su posesión más amada. Así que pese a lo que nos enseñan las novelas de la actualidad el amor es más que una fuerte y volátil emoción sino una decisión firme y poderosa.

Llegado este nuevo momento Oseas escribe:

Ose 3:3 Y luego le dije a ella:
«Ya eres mía,
y vivirás conmigo mucho tiempo.
Si tú prometes serme fiel,
yo también te seré fiel,
aunque por un tiempo
no viviremos como esposos».(TLA)

La salva de su tirano amante pero pasará un tiempo antes de que pueda volverla a tocar. No obstante los votos matrimoniales son renovados y una nueva promesa de fidelidad se establece entre ellos. Esto es la ilustración más clara de lo que Dios hizo por nosotros al enviarnos a Jesús para tomarnos como su esposa.

Rom 5:7,8   No es fácil que alguien se deje matar en lugar de otra persona. Ni siquiera en lugar de una persona justa; aunque quizás alguien estaría dispuesto a morir por la persona que le haya hecho un gran bien. Pero Dios prueba que nos ama, en que, cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros.

En todo el relato la iniciativa la toma Oseas pero en la vida espiritual la iniciativa de amarnos y de enamorarnos la ha tomado Dios. ¿No deberíamos pensar a caso que lo menos que debería tener Gomer al final sería agradecimiento, cariño, aprecio y amor por su salvador? ¿No deberíamos nosotros corresponder al amor con que hemos sido amados mucho antes de nacer?