Dice el dicho que: “en boca del mentiroso, hasta lo cierto se hace dudoso”. A algunos les parece hasta un juego y un deporte el mentir, no lo consideran de gravedad para nada porque nos hemos acostumbrado a la complicidad, pero tiene consecuencias funestas para las relaciones interpersonales y para nuestra sociedad. De por sí es triste y lamentable tener que afrontarnos cada día a la realidad de la violencia y de la muerte en nuestras calles, y a los cientos de desaparecidos y secuestrados al año (v. 1) pero lo más decepcionante y triste es ver como la fibra moral se deshace por la corrupción y la mentira.

Jeremías da una descripción de ciertas características de la gente de su época: infidelidad, traición, mentira y falsedad muy parecidas a las de nuestros países latinoamericanos.

La raíz de la mentira

El origen de la mentira es la infidelidad:

Jer 9:2 (1) ¡Ojalá tuviera yo en el desierto un lugar donde vivir, para irme lejos de mi pueblo! Porque todos han sido infieles; son una partida de traidores.

Lo que cohesiona a nuestra sociedad son los pactos de fidelidad, de respeto y honor que hacemos entre nosotros. Por ejemplo: un novio hace un pacto con su novia para amarla, respetarla y cuidarla en tiempos de abundancia y escasez hasta que la muerte los separa. La violación de este pacto es infidelidad y cuando un pacto es violado las instituciones sociales como la familia sufren desintegración. La fidelidad está basada en el compromiso de cumplir nuestra parte del pacto. Cuando no lo hacemos estamos traicionando la confianza, estamos siendo mentirosos por no permanecer en la firmeza de nuestras palabras. Hacemos promesas y juramentos a la ligera que no pensamos cumplir en realidad, nos metemos en compromisos que no deberíamos y al final somos tenidos por mentirosos.

La mentira en aumento

Como si fuese un arma de defensa o una herramienta o habilidad social la mentira se acentúa en nuestra cultura al punto de que decimos, “así somos”. Nos jactamos de quien engaña a una mujer o quien engaña al jefe, al maestro, al papá, al amigo y aún a la esposa o esposo.

Desde hace tiempo la mentira se ha propagado desde las esferas más altas de la política de tal modo que pocos confían en los candidatos de campaña y hasta nos hemos resignado al “todos roban”. Desconfiamos de los medios de comunicación, de los líderes religiosos y de los empresarios.

Como una bestia insaciable la mentira contamina a nuestra sociedad en todos los niveles. Los niños y jóvenes creen que no hay otra forma de interactuar, que esa es la norma, pues la observan en los medios de comunicación y en los adultos y perpetúan esta forma de relacionarse con los demás. Lo peor es que quedamos presos de nuestra propia mentira y engendramos más mentira y desconfianza alrededor.

Pero lo más triste y terrible es que entre nosotros mismos, la gente de nuestra clase social y del mismo nivel económico y aun familiar desconfiamos. Cada vez es más difícil hallar a alguien real en quien se pueda depositar la confianza, con quien uno pueda abrir su corazón, pues tenemos miedo a ser heridos y traicionados o que se burlen de nosotros como la experiencia nos dice que sucede. La Biblia llama a esta conducta “perversidad”, porque no corresponde a lo natural, no corresponde a lo que deberían ser los amigos y hermanos, nos hemos convertido en inhumanos.

Jer 9:3-5  Siempre están listos a decir mentiras como si dispararan flechas con un arco.
En el país reina la mentira, no la verdad; han ido de mal en peor, y el Señor mismo afirma: “No han querido reconocerme.”  Hay que desconfiar hasta del amigo; ni siquiera en el hermano se puede confiar, pues los hermanos se engañan entre sí y los amigos se calumnian unos a otros. Cada uno se burla del otro, y no hay quien diga la verdad. Se han acostumbrado a mentir; son perversos, incapaces de cambiar.

Nos quejamos de que el tránsito nos pida sobornos por ir a altas velocidades pero queremos que en nuestro trabajo nuestros compañeros nos solapen nuestras faltas. Nos molesta que no se nos haga justicia en los tribunales pero nosotros no somos capaces de ser justos con nuestros hijos ni con nuestra pareja.

Es tan feo de que lleguemos al punto de formar amistades por conveniencia y de que aún se digan halagos pero en el fondo halla trampa y engaño mordaz.

Actualmente se está buscando la manera de combatir la corrupción mediante sistemas de rendición de cuentas, auditorías, etc. Pero nada de eso servirá porque el mentiroso buscará la forma de corromper a otros y ocultar sus fechorías, y no funcionará si no está dirigido y procesado por personas fieles y honestas. Pero la verdad siempre sale a la luz tarde o temprano y el castigo de la desconfianza es uno de los peores castigos de la sociedad. No obstante, aunque la mentira no esté tipificada como un crimen ante ningún gobierno humano, sí es un pecado grave ante los ojos de Dios que no quedará en ninguna forma impune. Nuestra familia se desintegrará, perderemos las amistades, a nuestros clientes, los pactos sociales no tendrán sentido, las instituciones perderán su propósito pues serán una falsedad,… el país caerá.

Jer 9:8  Sus lenguas son flechas mortales; andan diciendo falsedades. Saludan cordialmente a sus amigos, pero en realidad les están poniendo trampas. ¿Y no los he de castigar por estas cosas? ¿No he de darle su merecido a un pueblo así? Yo, el Señor, lo afirmo.

Por tanto, en este tiempo seamos nosotros personas dignas de confianza, hablando verdad, cumpliendo nuestras promesas, siendo honestos y fieles y confiando en Dios.