Una de las formas de apelación más fuertes a las cuáles muchas veces sucumbimos los seres humanos es a nuestro orgullo personal. El orgullo es una actitud que tiene que ver con la forma en que nos consideramos a nosotros mismos como valiosos y queremos presumirlo ante los demás. Es una forma de glorificación o de alabanza por lo exitoso, lo bonito que somos, lo rico, lo valiente o lo inteligente. Esto es porque consideramos a estas cosas como las máximas metas de la vida y lo más valioso. Por lo que si no lo tenemos sentimos que no somos importantes y nos sentimos humillados y desgraciados. Que nadie nos diga que somos cobardes porque reaccionamos, que no nos digan brutos porque nos enojamos y si nos tratan de pobres nos hieren los sentimientos.

Sin embargo Dios nos manda a no enorgullecernos por ninguna de estas cosas:

Jer 9:23  El Señor dice:
“Que no se enorgullezca el sabio de ser sabio,
ni el poderoso de su poder,
ni el rico de su riqueza.  (DHH)

Históricamente siempre han existido gente orgullosa por su riqueza, su inteligencia y su poder. Gente que tiene grandes empresas y se ha hecho famoso por su cuenta en el banco, otros que han estudiado en las mejores universidades y han hecho grandes descubrimientos o escrito libros y otros quienes han alcanzado a gobernar a miles de personas o conquistado grandes países. La constante de cada uno de las personas que se han enorgullecido de estas cosas es que tarde o temprano han caído, han sido humilladas y se han ganado el desprecio de quienes les rodean por su auto alabanza. Lo peor es que quienes caen en el error del orgullo dejan de confiar en Dios porque creen tener y poseer lo más importante y no se dan cuenta que todo lo han recibido de parte de Dios.

En el tiempo de Jeremías por ejemplo, los sabios orgullosos de conocer la Ley y la política y la economía ignoró los consejos del joven profeta, los ricos orgullosos no dieron nunca su brazo a torcer ni cambiaron las formas de administrar sus riquezas, los poderosos gobernantes jamás aceptarían la orden divina de rendirse a sus enemigos y todos ellos fueron destruidos por darle más importancia a esto. Aquello que es lo más importante para nosotros se puede convertir en nuestro peor enemigo si nos obstaculiza en nuestra relación con Dios.

Sin embargo Dios dijo:

Jer 9:24  Si alguien se quiere enorgullecer,
que se enorgullezca de conocerme,
de saber que yo soy el Señor,
que actúo en la tierra con amor, justicia y rectitud,
pues eso es lo que a mí me agrada.
Yo, el Señor, lo afirmo.” (DHH)

Es decir, sí hay una razón justa, santa y buena para sentir orgullo y para alabarse es el dar valor al conocimiento personal de Dios, pero ¿qué significa conocer a Dios y por qué debería enorgullecerme de esto?

Conocer a Dios no es saber cómo se llama sino saber qué piensa, cómo actúa, qué quiere y llegar a amarlo como tal. No es algo mental, es cuestión del corazón. Ejemplo: en este pasaje de Jeremías 9 en los versículos 3 y 6 dice que los judíos fueron mentirosos y corruptos y añade “y no quisieron conocerme”. Es decir, pasaron por alto que el Dios a quienes ellos servían era un Dios verdadero que ama la verdad y que habla verdad no porque no lo supieran como un concepto, no porque no fueran instruidos en doctrina sino porque no lo asimilaron, no lo creyeron de corazón, no quisieron respetar a su Dios y por tanto no lo imitaron. Así 1 Jn 2:4 dice

El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él;

Así que la marca de quienes le conocen es la obediencia. Conocer a Dios es un aprendizaje que nos transforma en el corazón y en la conducta por medio de su palabra.

Efe 4:20,21 Mas vosotros no habéis aprendido así a Cristo, si en verdad le habéis oído, y habéis sido por él enseñados, conforme a la verdad que está en Jesús.

Dios dice que deberíamos enorgullecernos de conocerle y de saber que él es Jehová. En otras palabras, cuando para nosotros nuestros valor e importancia más grande sea el Señor mismo y su voluntad entonces seremos las personas más sabias y de lo cual sí deberíamos gloriarnos. Dios no tiene nada contra el orgullo si este es puesto en el lugar debido, en lo que realmente interesa en la vida y para la eternidad.

Deberíamos conocer que Dios actúa en la tierra con amor, justicia y rectitud en el mundo porque eso es lo que a él le agrada. Pocos prestan atención a lo más importante porque se dedican a lo que el mundo alaba, no a lo que Dios alabará y buscan la gloria de los hombres y no la gloria del Dios del cielo. No reconocen cómo es Dios y lo que él quiere de nosotros, pero sobre todo no se dan cuenta como Dios actúa, cómo se mueve, qué es lo que él hace en el diario vivir y por tanto no saben discernir su voluntad.

Por lo cual el enorgullecerse de otras cosas que no sea conocer al Dios de amor, justicia y rectitud es una tontería pero hacerlo es lo más sabio porque quien lo hace está buscando lo que realmente interesa en este mundo.

Ecl 12:13 El fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre. Ecl 12:14 Porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala.

Por tanto, no nos dejemos apantallar por los anuncios, por los trofeos, por los vitoreos, por la fama y la gloria humana como por el criterio celestial, no caigamos en la autoconfianza.

Claro, quienes se glorían en Dios en realidad no son orgullosos porque reconocen sabiamente que todo lo han recibido de arriba, que su salvación la han recibido por gracia y que ésta la hecho posible el Salvador Jesucristo para que toda la gloria sea suya.