Muchos jóvenes temen entregarle su corazón y sus planes a Dios porque temen que si hacen esto y se rinden a la voluntad de Dios les pedirá que sean antisociales o que hagan cosas anormales como estas. Esta fue la orden que Dios le dio a Jeremías debido a la situación particular que estaba a punto de suceder en toda la nación, no es un mandamiento para todos los que quieran seguir a Cristo. No quiero decir con ello que en ocasiones Dios pone pruebas a las personas sobre su fidelidad pero sí que en la Biblia hay una libertad para casarnos con quien nosotros querramos mientras sea en el Señor y también somos libres de quedarnos solteros si tenemos el don de continencia (capacidad de ver a las personas del sexo opuesto sin sentir atracción física-sexual). Del mismo modo tenemos la libertad de asistir a las casas de luto y a lugares de fiesta pese a que en esto último debemos tener cuidado sobre los aspectos morales malos en los que se desarrolle dicho evento.

Pero veamos por qué Dios ordenó esto y cuál debió ser la reacción del profeta Jeremías.

  1. No te cases ni tengas hijos (v. 2)

Creo que es la más difícil de las ordenes que Dios le dio porque era un joven que como cualquier otro sueña con hacer una familia como los demás, y más que en esa sociedad la gente consideraba una enorme bendición tener familia.

La razón no era porque Jeremías tenía que hacer sufrir a la carne y así expiar sus pecados (concepto equivocado para quienes creen que la soltería es la forma más elevada de servir a Dios). La razón es que debido al ataque babilónico que estaban a punto de sufrir que tanto las esposas como los hijos morirían por diversas enfermedades, por hambre y espada (vv.3,4). En primer lugar Dios no quería que el profeta sufriera la pérdida y el dolor de la muerte de una familia que no iba a durar mucho y en segundo porque cada vez que alguien le preguntara ¿y para cuándo te casas? él habría de contestar señalando el mal que vendría y mostrarles la soledad que estarían sufriendo.

Pero notemos que Dios no le dijo que no se casara y tuviera hijos definitivamente sino que le dijo según el versículo 2 que no lo podría hacer en ese país. Por lo cual no era una orden absoluta de no tener familia.

Lo que quiero enfatizar es que aún en aquellas ordenes que parecen no tener sentido para nosotros hay sabiduría y amor implícitos para los que lo obedecen.

2.  No vayas a ningún entierro (v. 5)

En el tiempo actual asistir a un funeral es algo opcional pero no así en oriente. Imagínese que se moría un primo, un amigo o un vecino, Jeremías no asistía pese a lo que dictaban las costumbres de la época. Cada velorio era un acontecimiento importante en que la gente acompañaba, llevaba comida y se lamentaba juntamente con los demás. Sin embargo Dios le prohíbe hacer todo esto porque cuando venga el ataque enemigo la gente morirá y no habrá tiempo para llevar a cabo todo esto por el peligro y por la gran cantidad de personas que moriría. Jeremías les estaba avisando proféticamente mediante su acción que habría un tiempo en que la compasión común que existía por los deudos de los muertos no existiría.

3. No asistir a ninguna boda (v. 8)

De igual modo que el punto anterior la gente en oriente cuando se trata de disfrutar y celebrar lo hace en serio. Particularmente las bodas eran celebraciones largas, de música, de alegría y comida por lo cual no asistir a una fiesta era sumamente raro. Dios le dijo que no lo hiciera porque los gritos de alegría, de entusiasmo y sus canciones se acabarían.

Quizá la pregunta que nos podemos hacer y que tal vez Jeremías se hizo fue ¿por qué a mí? Pero sin que nosotros lo hallamos decidido somos parte de una sociedad y lo que le suceda a esta nos afectará directa o indirectamente tarde o temprano a nosotros y a nuestra familia. Dios nos enseña que si no estamos de acuerdo con los actos equivocados de la sociedad que nos rodea podemos en señal de protesta apartarnos con el propósito de hacerles reflexionar no para reflejar apatía, menosprecio o alguna actitud de superioridad o por el hecho de ser antisociales.

También muestra que los que predican la Palabra no hablan desde un pedestal sino que sufren primero y antes que todos los demás, que sienten el dolor y llaman con insistencia y amor porque no quieren que a su pueblo le suceda lo mismo.