Parece demasiado arbitrario que por eludir la orden divina de descansar un día a la semana Dios permitió la destrucción de su pueblo. Sin embargo Dios había ordenado en Ex. 20 que los israelitas debían trabajar seis días y descansar uno pero ellos trabajaban los siete días de la semana. Entonces envió al profeta Jeremías a pararse en las entradas de la ciudad para advertirle a los negociantes y gente del pueblo a que dejara de introducir y sacar cargas en ese sagrado día (Jer. 17:21). Si ellos obedecían por esas mismas puertas entrarían los reyes montados en caballos en señal de victoria y la gente de todos los pueblos vendría a adorara a la casa de Dios (17: 25-26). Si no lo hacían sin embargo esas puertas y la ciudad serían prendidas con fuego.

¿Por qué cuesta tanto descansar un día? porque el empresario pierde, porque al parecer ese día hay mucho trabajo que no se puede postergar o porque la avaricia o el temor es tan grande que no se puede reposar.

En la actualidad si bien se trabajan los siete días muchos de los patrones dan uno o dos días de descanso para los trabajadores pero de esa cantidad pocos descansan. Como consecuencia hay “más dinero” pero más estrés, más enfermedad, más problemas familiares y a la larga el deterioro de la vida interior y relacional tanto con Dios como con los que nos rodean. El descanso sin embargo nos hace retomar fuerzas, recrearnos, ponernos en contacto con nosotros mismos, con la naturaleza, con Dios y los demás, nos permite divertirnos y disfrutar de aquello por lo que nos esforzamos trabajando tanto.

Los judíos del siglo VI a.C. del tiempo de Jeremías se creyeron más sabios que Dios por lo que no cerraron las puertas en el día del shabath (día de descanso) y fueron destruidos junto con sus negocios, sus puertas y empresas. ¿Qué deberíamos cerrar, apagar o evitar nosotros para dedicarlo a Dios y a nuestra familia un día a la semana? ¿Pensamos que ganamos cuando en realidad estamos perdiendo? ¿Nos falta más fe para descansar? Dios nos promete que nos irá bien si le obedecemos en este aspecto como sociedad y como personas individuales pero de lo contrario experimentaremos estrés y destrucción paulatina o repentina. Todo depende de reconocer que el control de nuestra vida la tiene Dios y no nosotros mismos por más que nos afanemos.