Uno nunca sabe aquello que le puede pasar en el ministerio al aceptar servir a Dios. A veces las personas idealizan el ministerio pensando que hallaran siempre triunfo y resultados, ¡qué difícil es cuando lo que hallan son obstáculos y problemas con sus feligreses! Es ahí donde muchos desean tirar la toalla.

La seducción de Dios

Jeremías se queja de Dios de haber sido seducido para entrar al ministerio profético cuando ahora sólo resultaba en burlas de la gente.

Jer 20:7 Me sedujiste, oh Jehová, y fui seducido; más fuerte fuiste que yo, y me venciste; cada día he sido escarnecido, cada cual se burla de mí.

La palabra seducción nos hace pensar en la forma en que una persona astuta lleva a la otra a enamorarse o a casarse mediante el despertamiento de sus emociones o pasiones. Jeremías dice, me sedujiste y yo me dejé seducir, lo cual deja ver que Dios no obliga a nadie. Cuando el momento del primer amor se acaba por las pruebas que el ministerio acarrea podemos sentir que todo aquello fue un engaño. Jeremías al principio se resistió, peleo con Dios poniendo excusas para no entrar pero no fue suficiente porque Dios se empeñó en él hasta lograr llevarlo a cumplir su propósito. No lo hizo ni con palabras de amenaza, pero tampoco lo engañó dándole falsas promesas temporales, sólo le mostró que él tenía un propósito único en la vida y era servirle. Jeremías se vio seducido por su creador al entender que si él existía es porque había sido creado para ser su portavoz y ante eso sentimos un honor y responsabilidad el cual no podemos eludir.

Recordar el llamado de Dios nos debe llevar a reflexionar por qué es que realmente estamos aquí. Cuando estés por renunciar recuerda aquella primera vez en que Dios te halló sin rumbo y te dio un propósito de vida por el cual te sentías capaz de entregar la vida.

Pero la burla de la gente y sus insultos ante cada palabra dada eran flechas que entraban en su corazón para desalentarlo. No hay ni uno que no se sienta en algún momento mal por las palabras que personas inconscientes hablan en contra nuestra y más si son sin causa, y más si lo que decimos no lo hablamos por nuestra propia cuenta.

El fuego de su Palabra

Jeremías continúa:

Jer 20:9 Y dije: No me acordaré más de él, ni hablaré más en su nombre; no obstante, había en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis huesos; traté de sufrirlo, y no pude.

Ante los intentos de renuncia que más de una vez le llegó a su vida, el corazón de Jeremías se sentía inflamado por el fuego irresistible de la Palabra que lo compelía a anunciar una vez más.

El ministro de Dios es alguien que recibe su mensaje pero lo anuncia con fuego en el alma. Si nuestra alma no es conmovida por ella, no es encendida para levantarse de nuevo nosotros hemos caído de su gracia. Su Espíritu es el único que tiene ese poder.

Habrá quizá momentos en que sintamos que no tiene sentido seguirle hablando a los muertos y a gente que nos desprecia pero la Palabra en nuestro interior no la podremos callar porque seguirá martillando y quemando con su verdad y poder. Descubrimos que su palabra es digna de ser recibida por todos, que su palabra es poderosa y eficaz, que no la podemos mantener bajo el almud, que tenemos que hacer algo para cambiar la situación y no quedarnos inertes y que nuestra arma no es carnal sino poderosa en Dios para destruir fortalezas.

El gigante a nuestro lado

Para Jeremías los enemigos no eran sólo ataques mentales que él enemigo de nuestra alma le mandaba, sino gente que se dedicaba a planear destruirlo, a verlo hundido en la cárcel encontrando algo de qué acusarlo. Se sentía presionado y traicionado. Jeremías dijo:

Jer 20:11 Mas Jehová está conmigo como poderoso gigante; por tanto, los que me persiguen tropezarán, y no prevalecerán; serán avergonzados en gran manera, porque no prosperarán; tendrán perpetua confusión que jamás será olvidada.

La ayuda de Dios está de nuestro lado y él es poderoso. Si nuestros enemigos quieren destruirlo Dios saldrá en nuestra defensa y al final veremos la vergüenza y confusión de los que desean nuestro mal.

Pese al sentimiento de insignificancia que lo embargaba en el cuál hasta maldijo el día de su nacimiento (vv. 14-18) Jeremías podía confesar que Dios estaba con él y actuaría en su defensa.

La aflicción nos hace decir palabras de desánimo, pero la oración es el remedio que Dios usa para llevarnos a la reflexión y al entendimiento que pese a todo vale la pena volver a levantarse. Ante las dificultades que un siervo de Dios vive, debemos tener presentes el primer amor de su llamado, por qué estamos aquí y pasar tiempo con la Palabra que es la única que puede volver a encender nuestra alma. Por sobre todo debemos recordar que Dios pelea nuestras batallas y no nos dejará.