En esta historia vemos cinco reyes: un rey recordado por siempre, un rey muy llorado en su muerte por su éxito, un rey llorado por su desgracia, un rey no llorado en su muerte y un rey ignorado. El primer rey fue David, un hombre conforme a su corazón. Dios había dado una promesa a David que en su trono no faltarían reyes. Aquel jovencito que un día mató a un gigante con un corazón noble, valiente y lleno de fe conquistó el corazón de Dios y este juró establecer para siempre su trono, ¿a caso Dios, habría de retraerse a cumplir tal promesa ante la degradación de su dinastía 400 años después?

Pues bien, sus descendientes no siguieron el camino de su padre y Dios le dijo a Jeremías que fuese al palacio real y les advirtiera que si ellos no practicaban la justicia y libraban a los explotados ese lugar quedaría en ruinas pero si eran obedientes Dios haría que siguieran habiendo reyes en el trono de David. Jeremías vivió durante el tiempo de los últimos 5 reyes de Judá. La siguiente gráfica muestra el carácter de los reyes de Judá que por 20 generaciones tuvieron la oportunidad de seguir el camino de Dios.

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Pero Dios dio una profecía a Joacaz  (Salum), a Joacim (Eliaquim), Joaquín (Jeconías o Conías).

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Profecía a Joacaz (Jer. 22:10-12)

Según 2 Reyes 23:29,30 el faraón Necao se llevó cautivo a Joacaz (Salum) hijo de Josías. Su padre Josías había muerto en manos de este rey egipcio (2 Cr. 35:20-25), cuando esto sucedió la gente lloró mucho por este rey que fue uno de los mejores de la historia judía.

Ahora mediante Jeremías les dice a la gente de Judá que deben llorar por su hijo Joacaz porque no regresará jamás aún cuando su gobierno sólo duró tres meses y de nuevo cayó bajo el poder de Necao (Jer. 22:12).

Esta profecía en efecto se cumplió, muy a pesar de las esperanzas de los judíos en recuperarlo. Este apenas era el principio de la caída del reino.

Profecía a Joacim (Jer. 22:13-19)

Eliaquim hermano de Joacaz fue puesto como rey en Judá por el faraón Necao y le cambió el nombre a Joacim. El mensaje de Jeremías a este rey era de reprensión porque a costa de sus trabajadores oprimidos edificaba su palacio con pomposidad. Jeremías le dijo que la grandeza de un rey no consistía en vivir rodeado de cedro sino en actuar con rectitud (v.15). Como Josías su padre había defendido a los pobres le fue bien pero no le iría así a él. Jeremías profetizó que el moriría sin que nadie llorara por él, sino que sería enterrado como un asno fuera de Jerusalen. En efecto Joacim sufrió la deportación (la primera) por parte del rey de Babilonia y allá murió sin ser recordado (2 Cr. 36:5-7).

Profecía a Joaquin (Jer. 22:24-30)

También llamado Jeconías, Dios dijo que aunque lo quería mucho (que era como un anillo en su mano) eso no impediría que fuera llevado cautivo junto con su madre a la nación extranjera de Babilonia en la segunda deportación y nunca más volverían. El cumplimiento de eso es relatado en 2 Reyes 24:8-15.

Lo más triste es lo que sigue: Dios dijo “Joaquin no sirve para nada, ¿para qué lo quieren expulsar? por esa gente ni se preocupen”. Dios dijo “bórrenlo de su memoria, es un fracasado, ninguno de sus hijos reinará”. En efecto quien quedó gobernando fue su hermano Sedequías como relata 2 Crónicas 36:9-10.

Reflexión

Que triste panorama el que vemos en esta historia y el ejemplo que nos queda a nosotros si queremos ser honrado en las generaciones venideras. La única forma de lograrlo es mediante una vida recta y justa ante Dios en la misión que nos ha encargado en la vida. Podemos ser honrados por Dios como David, llorados por un país como Josías por las buenas obras en vida, llorados por nuestra caída como Joacaz por no haber hecho nada en la vida cuando prometíamos mucho, no llorados como Joacim por ser despreciables o por último ser ignorados por la historia y borrados de la memoria para siempre por nuestros malos actos. Nosotros decidimos qué queremos que diga nuestro epitafio y cómo queremos ser recordados por nuestros descendientes, sin duda nuestro mayor impacto será por haber aprendido a amar a nuestro prójimo en la vida.