Ese día salió por la mañana de su casa hacia la cárcel donde desde hacía muchos años trabajaba como carcelero en la ciudad de Filipos. Durante ese tiempo había tenido la oportunidad de tratar con todo tipo de reos, desde criminales que cometían pequeños delitos hasta asesinos y sediciosos que eran sentenciados a la muerte por el imperio romano. Nunca se imaginaría que ese día en particular estaba por suceder algo que revolucionaría su vida para siempre.

Por la tarde el magistrado le encargó a un par de personas para que los cuidase de la forma más rigurosa, y a juzgar por las apariencias habían cometido un crimen muy grande. Venían ensangrentados, con las ropas rasgadas por los azotes, deshechos por la paliza con que los habían castigado. La causa de estas personas no era de su incumbencia pero oyó decir que eran un par de alborotadores, por tanto no podía darse el lujo de confiarse sino que los metió en el calabozo de más adentro dirigiéndolos con toda prepotencia y les aseguró los pies en el cepo. Estaba muy consciente de que si alguno de estos criminales que estaba resguardando huía él pagaría con la muerte, así que esa noche como las otras trataría de estar en vela con la espada en la mano. De vez en cuanto echaba un vistazo hacia adentro y se paseaba con antorcha para vigilar que los reclusos estuviesen en su sitio.

A media noche cuando el sueño empezaba a caer sobre estos hombres en el calabozo de más adentro, el lugar más feo, sucio y oscuro este par de personajes con todo y heridas comenzaron a orar y a cantar himnos a Dios, mientras que el resto de los presos los escuchaban. Algunos de ellos quizá admirados por semejante actitud decían que estaban locos y se burlaban, otros solo callaban mientras disfrutaban el concierto en aquella noche negra como la que acostumbraban a tener. Vivir dentro de cuatro paredes sin esperanza de adquirir libertad y sufriendo en condiciones inhumanas había quebrantado sus espíritus y les había hecho perder las ganas de vivir. Allá, más adentro, había un par de hombres que alababan a su Dios pese a su sufrimiento y nunca habían visto u oído algo similar. ¿Quién canta cuando está sufriendo? ¿Quién alaba cuando lo meten injustamente a un calabozo oscuro y frío? ¿qué tendrán estas personas para mantenerse en esa posición en semejante momento? se preguntarían.

Mientras tanto el carcelero comenzaba a cabecear afuera en la puerta de la cárcel. Dijo dentro de sí,- al fin y al cabo parecen inofensivos- y sin percatarse del momento quedó dormido.

Mientras Pablo y Silas oraban y cantaban sobrevino de repente un gran terremoto, de tal manera que los cimientos de la cárcel se sacudían de una forma espantosa que todos estaban asustados por el peligro de muerte que esto representaba. Al instante, como por arte de magia, todas las puertas de las celdas se abrieron, y las cadenas de todos se soltaron.  Los presos estarían totalmente sorprendidos que quedaron petrificados por este acontecimiento. – Simplemente es imposible que un terremoto pudiera por sí solo abrir las puertas y quitarles las ataduras de sus cadenas. Algo más tuvo que haber pasado-, se decían dentro de sí. No se dice, pero yo supongo que Dios al oír la alabanza de sus hijos envió a su ángel a liberarlos pero de paso para mostrar su poder abrió las celdas de los demás presos con el fin de hacerlos libres en sus almas.

El carcelero despertó ante semejante sacudimiento y al ver las puertas de la cárcel abiertas se disponía a quitarse la vida con su espada porque supuso que los presos se habían escapado. El miedo se apoderó de su espíritu,- no, no puede ser, voy a morir. Estoy perdido-. habrá dicho para sí. Justo estaba empuñando su espada cuando desde el fondo de la cárcel aquel hombre que llegó atado de sus manos y ensangrentado le gritó fuertemente: No te hagas ningún mal, pues todos estamos aquí. Admirablemente era cierto, ninguno había huido como cabría esperar porque algo les había ocurrido y estaba a punto de pasarle a él.

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El carcelero pidió luz de antorcha y se precipitó adentro, y temblando, lleno de miedo se postró a los pies de Pablo y de Silas supongo que con lagrimas en los ojos. Su vida hacía unos segundos no contaba más y ahora sólo veía que por razón de estos personajes había acontecido el terremoto y las puertas se habían abierto. Los sacó hacia afuera y les hizo la pregunta de oro- ¿Qué debo hacer para ser salvo?-. Si era cierto que estas personas estaban en la cárcel porque andaban predicando la salvación de las almas y que el poder de su Dios les acompañaba, era poderoso para abrirles las puertas y misericordioso para salvarle la vida física. Creyó que algo le faltaba a su vida, que aún siendo libre y teniendo las llaves de la cárcel no tenía las llaves de su propio ser. Se sintió perdido y la convicción de la muerte y del juicio divino le llegó a su corazón por lo cual hizo esa pregunta desde su interior. Ya no le importó lo que pudieran hacerle los hombres, vio un rayo de luz en las palabras de estos hombres a quienes antes trató como vulgares malhechores.

Ellos le dijeron: cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo tú y tu casa.  El resto de la historia podemos leerlo en Hechos 16. El carcelero los llevó a su casa a esas horas de la madrugada y les lavó las heridas. Mandó a despertar a todos sus siervos, a su esposa e hijos y oyó el mensaje que estos hombres traían. Luego creyeron a la Palabra y se bautizaron. Entonces la historia da un giro de 180 grados, pues se dice que el carcelero les puso la mesa y se regocijó con toda su familia de haber creído.

Jesús también es Señor en los lugares más oscuros de la vida, en las cárceles del alma, y está en medio de los olvidados, atento para todos aquellos que le claman de veras. El es fiel para los que no se avergüenzan y le siguen alabando aún en el sufrimiento. El grito de esperanza surge ahora desde la cruz a todos aquellos que un día lo crucificamos, para que cuando tengamos una espada para quitarnos la vida, cuando pensemos que ya todas las puertas se cerraron y no hay a donde ir, cuando hallamos perdido toda fuerza y esperanza, él nos diga que no nos hagamos daño, que él nos libra de nuestros peores temores, de nuestros propios pecados y de nosotros mismos. Dios puede cambiar tu noche oscura en una cena alegre si tan solo crees en su Hijo.