La profecía no es una forma de charlatanería para engañar a la gente y darle falsas esperanzas. La verdadera profecía significa que si Dios es real y habla a los seres humanos requiere de nuestra fe y obediencia a lo que se nos está diciendo.

La dificultad de la falta de fe y de arrepentimiento de un pueblo muchas veces es agravada por grandes ministerios que se muestran con cierta credibilidad y arrastran a las personas prometiéndoles sólo bendición sin compromiso, al estilo de los falsos profetas. Juan nos advierte que esto no es algo propio de los tiempos antiguos sino una característica presente, 1Jn 4:1 “Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo.” Juan se refiere a que debemos probar de qué fuente espiritual surge la palabra que se nos está dando porque si seguimos una palabra falsa como si fuera de Dios seremos extraviados. Pero la profecía puede provenir de Dios, del diablo o de los buenos deseos y la imaginación humana.

En el caso de Jeremías sabemos que hablaba inspirado por el Espíritu de Dios y su palabra para muchos era insoportable. – ¿Cómo que Dios quiere que nos sometamos al rey de Babilonia? ¿No somos acaso el pueblo de Dios?- decían dentro de sí mediante un razonamiento teológico retorcido, ignorando las condiciones del pacto. Era más fácil oír voces de “esperanza” y no falta quien con toda buena intención (pero en el fondo mala) nos quiera decir lo que queremos oír. En este caso fue Hananías profeta de Gabaón.

Hananías se presentó ante Jeremías en presencia del pueblo y los sacerdotes y contradijo su palabra por medio de un mensaje que podríamos denominar profecía de prosperidad y liberación. Mientras que Jeremías aseguró que los utensilios que habían sido llevados a Babilonia no volverían sino hasta que los visitara en esa tierra (Jer. 27:14-22) él dijo que serían devueltos en dos años y pronto retornarían los deportados y el rey Jeconías (Jer. 28:3,4). Este tipo de palabras es popular, no deja de gustar en los oídos de los impenitentes. Gustan de hablar de las cosas del mundo y no de las cosas espirituales y celestiales. Podemos saber si su palabra tiene inspiración de Dios por el tipo de personas que les rodea y los sigue.

1Jn 4:5,6 Ellos son del mundo; por eso hablan de las cosas del mundo, y los que son del mundo los escuchan. En cambio, nosotros somos de Dios. El que conoce a Dios nos escucha, pero el que no es de Dios no nos escucha. En esto, pues, podemos conocer quién tiene el espíritu de la verdad y quién tiene el espíritu del engaño.

Parafraseando la respuesta de Jeremías dijo “ojalá así fuera, como me gustaría que lo que dices fuese cierto” (v. 6). Pero lamentablemente una cosa es el deseo y otra es la realidad. ¿A qué apeló Jeremías para defender la veracidad de sus palabras? A los profetas inspirados del pasado y a su mensaje. Estos profetas habían anunciado hambre, guerra y enfermedades en muchas naciones, por tanto su palabra no estaba alejada del modo de proceder de Dios. Jeremías entonces estableció un principio de evaluación para la profecía, Jer 28:9 “El profeta que profetiza de paz, cuando se cumpla la palabra del profeta, será conocido como el profeta que Jehová en verdad envió.”  En el tiempo actual muchos han profetizado bendición y prosperidad sobre las naciones, lo cual ojalá que Dios cumpliera, no obstante no podemos estar seguros de que es de parte de Dios hasta que haya ocurrido. La mejor forma de saber que es lo que Dios hará por un pueblo y nación es viendo el comportamiento si la nación se vuelve a Dios, a su palabra, a sus mandamientos y al evangelio. También aprendemos de esto que ni los buenos deseos, ni el “declarar” paz y bendición funcionan cuando su voluntad es otra.

En desafío al profeta y a Dios, Hananías tomó el yugo que cargaba Jeremías en sus hombros y lo hizo pedazos diciendo que en verdad así había quebrado el yugo babilónico. Aquí veo la presunción de aquel que le gusta practicar el declarar, decretar, atar y desatar con autoridad personal, tratando de acallar las palabras de mal agüero que se le opongan.

Algún tiempo después Dios le envió a Jeremías a decirle a Hananías: hiciste pedazo un yugo de madera pero yo te preparo uno de hierro. Jeremías lo confronta y le dice que Dios no lo envió y sólo da al pueblo falsa confianza (28:15). Dios le dijo “sí te voy a enviar, pero para hacerte desaparecer de la tierra, este año morirás porque has puesto al pueblo en mi contra”. Sucedió que en el mes séptimo del mismo año Hananías murió. Lo anterior no fue sino demostración de que en verdad Dios había enviado a Jeremías y que no hablaba palabras inspiradas en deseos personales.

Hoy en día hemos llegado al punto en el que no sabemos juzgar la profecía (1 Co. 14:29) aún cuando esto es un mandato del Nuevo Testamento y aceptamos todo lo que se nos diga. El peligro está en que hoy en día cualquiera nos profetiza sin siquiera haber sido enviados por Dios y la gente crédula sigue en su estilo de vida con falsas esperanzas. No trivialicemos la profecía. Por otro lado, esto también quiere decir que sí hay una voluntad divina la cual debemos buscar conocer, primero a través de las Escrituras y luego a través de aquellos hombres que con valor confrontan a la iglesia y a la nación hacia un cambio.