Existe un arrepentimiento superficial y temporal en que algunos caen ya sea por el peligro de muerte, enfermedad o desastre natural que les acecha o que están sufriendo, creyendo que de este modo logran engañar a Dios cuando lo que hacen no es sino firmar una sentencia peor porque al final vuelven a lo mismo.

En el tiempo del rey Sedequías los babilonios sitiaron la ciudad, y el rey sintió que si no hacían nada por aplacar a su Dios pronto les vendría una calamidad. Yahvé antes les había dicho que si mejoraban sus caminos les haría morar en ese lugar (Jer. 26:13). Por lo que en un acto de aparente arrepentimiento convocó a la nación en el templo (v. 15) para hacer un pacto con ellos de obedecer la ley de su Dios, tal y como lo había hecho años antes su abuelo Josías (622 a.C.). Una de los compromisos a los que se adscribieron fue al de dejar libre a los esclavos como lo indicaba la ley. En Éxodo 21:2 dice que los judíos podían comprar a un compatriota como esclavo y tenerlo trabajando por seis años pero en el séptimo debían dejarlo libre. Esto era llevado a cabo la mayoría de las veces porque los deudores llegaban a una condición tan crítica que no podían sino ceder su fuerza de trabajo para compensar la deuda. Los judíos ricos del tiempo de Jeremías, sin embargo, no respetaban esta ley sino que retenían a sus esclavos de por vida en condiciones opresivas.

Todos estuvieron de acuerdo con este nuevo decreto real y dejaron libres a los esclavos, sin embargo, cuando vieron que los babilonios dejaron de sitiarlos porque fueron a luchar contra los egipcios que estaban avanzando, determinaron volver a tomar a las personas por esclavas. Esta acción molestó mucho al Señor.

La razón de la molestia es que, en primer lugar (vv. 13, 14), cuando Dios los sacó de la esclavitud de Egipto les dijo que no volvieran por ese camino, es decir, a su confianza en Egipto, lo cual ahora hacían pensando que los librarían de los babilonios, ni a imitar las prácticas de esclavitud de los egipcios. Ellos sin embargo habían olvidado como Dios los había sacado de la esclavitud un día.

Este arrepentimiento superficial es producto de una fe superficial y conlleva una falta de respeto al Señor porque al final le mostramos en quien estamos confiando verdaderamente. Le estamos mostrando que él no es nuestro salvador sino las circunstancias, la buena suerte, la economía o la ayuda humana. Y si esto creemos ¿para qué seguir arrepentidos? ¿no estamos perdiendo el tiempo con un arrepentimiento que nos hace abandonar aquello que nuestra carne desea? Mejor volver, mejor darle la espalda, pensamos. Esto demuestra que ellos amaban más lo de afuera que lo de adentro, confiaron más en lo visible y temporal que en lo invisible y eterno.

En segundo lugar el enojo de Dios se debió a que faltaron a la promesa hecha en su presencia, y hecha bajo juramento en su nombre,  por lo cual lo profanaron (vv. 15,16). Tan solemne fue el pacto hecho que los israelitas partieron en dos un becerro y pasaron por en medio de él (v. 18). Este era un método antiguo para ratificar un pacto en el que se decía que si ellos no cumplían el pacto morirían justo como ese animal. Por ello Dios dijo que eso les pasaría y sus cadáveres serían comida de animales de rapiña (v. 20), ellos firmaron su propia sentencia. Tal vez, ellos creyeron dentro de sí, “ya cumplimos con lo que Dios nos mandó”, ¿acaso pensaron que podían engañarlo dándole gato por liebre?

Dios conoce nuestros corazones y sin duda no lo podemos engañar con palabras o acciones falsas, no lo podemos impresionar con buenos actos y decisiones que duran poco. En verdad, cuando nos arrepentimos las cadenas se caen de nosotros y somos libres, somos libres al ser perdonados y al perdonar pero corremos el riesgo de volver a ser atados por nuestra propia maldad.