Muchos han pensado en Dios como un ser tirano que nos arruina la vida con mandamientos incumplibles, y otros proclaman su propia bondad y dicen no necesitar de los mandamientos de una antigua religión. Pero nada más lejano de la realidad, sino que es en virtud de la gran salvación que él ya nos ha dado que ahora nos pide serle obedientes.

El pueblo de Israel llegó a Egipto en el tiempo de José por la providencia divina, lo cual se relata en los últimos capítulos de Génesis, pero se levantó un rey que no conocía a José, y por temor a una insurrección judía mandó matar a los hijos varones y luego a imponerles fuertes cargas de trabajo hasta llegar a esclavizarlos. Es en ese momento que los israelitas clamaron a su Dios por una liberación y Yahvé levantó a Moisés (Éx. 3) para ir a sacar a su pueblo y llevarlos a la tierra que había prometido a sus padres. Ahora, sin embargo, envió a su Hijo para buscar y salvar lo que se había perdido (Mt. 18:11). Lo que debemos entender es que por mucha libertad que se proclame, sin Cristo sólo somos esclavos del pecado y de las pasiones destructivas, y somos siervos de un verdadero tirano llamado Satanás.

Notemos la palabra de Moisés a Faraón: Deja ir a mi pueblo para que me haga fiesta en el desierto (Éx. 5:1), y luego cada plaga era antecedido por una orden al faraón que decía “deja ir a mi pueblo para que me sirva en el desierto” (7:16; 8:1,20; 9:1,13; 10:3)… Observamos que:

  • Este pueblo no podía servir al Señor en la esclavitud de Egipto.
  • Esta nación ya era su pueblo.
  • El motivo de la liberación era con fines teocéntricos, es decir, el propósito era Dios mismo y su gloria.

Por tanto, basta con saber que que somos creación suya y que fuimos hechos para obedecerle como la razón principal para someternos a sus mandamientos.

Conocemos la historia de las diez plagas que Dios envió al faraón y a la casa de Egipto en la que hizo juicio a todos los dioses de este país hasta que finalmente dejaron salir al pueblo de Israel. Éx. 12 nos dice que la liberación se llevó acabo porque Dios le dio a Israel la forma de escapar de la muerte de los primogénitos mediante la sangre de un cordero, y del mismo modo debían recordar año con año esa liberación maravillosa comiendo la pascua. Juan el bautista por otro lado presentó a Israel a Jesús como el cordero de Dios que quita el pecado del mundo y quien murió precisamente en el día de Pascua para cumplir la promesa de la salvación del alma (Jn. 1:29).

La historia no termina allí sino que luego les abrió el mar Rojo y destruyó a sus perseguidores sepultándolos bajo las grandes masas de agua salada. De ahí en adelante el pueblo podría llamarse un pueblo liberado y redimido por el poder de Dios (Ex. 6:6).

La intención de llevarlos al desierto era múltiple: primero era probarles (Dt. 8:2,3), segundo porque Dios sabía que si iban directamente a la tierra se desanimarían por la guerra y se volverían (Ex. 13:17), pero sobre todo para hacer con ellos un pacto de amor.

Es conocido que el pacto que Dios hizo con Israel era similar al que los reyes hacían con los pueblos conquistados. En este caso Yahvé liberó a los israelitas de la esclavitud egipcia y por tanto ellos debían convertirse en siervos de él, quien ahora se convertiría en su Señor por la redención hecha, por tanto, debían someterse a las condiciones de su alianza. Todo mundo es esclavo de algo, o de alguien. Aún aquellos que dicen ser su propio dueño y señor se darán cuenta tarde o temprano que nosotros carecemos del poder para poder salir de todos nuestros problemas, resolver nuestras dudas, encontrar consuelo, lograr vencer la muerte, tener la capacidad de poder vencer nuestros propios malos deseos. Por tanto, poner la confianza en nosotros mismos es ponerla en el lugar equivocado.

El hecho de que la introducción de la ley no tenía como propósito traer salvación a los israelitas lo explica el apóstol Pablo en Gálatas. Ahí dice que la justificación que Abraham alcanzó por la fe (pacto abrahámico) permanece aún después de haber sido introducido el pacto de la Ley, Gál 3:18 “Porque si la herencia es por la ley, ya no es por la promesa; pero Dios la concedió a Abraham mediante la promesa.”

Por lo tanto, el propósito de Dios es que su pueblo fuése salvado por la fe como lo hizo Abraham su padre pero que siguieran el camino de la santificación mediante la obediencia a sus mandamientos. Ellos ya no sólo tenían una razón en sus antepasados sino que su misma libertad, la redención de toda su nación les comprometía a la gratitud y a la obediencia.

Lo mismo nos dice el Nuevo Testamento:

  • Jesús dijo: Jua 14:15 “Si me amáis, guardad mis mandamientos.”  Juan explica que el amor lo hemos recibido primeramente de Dios quien se dio como una propiciación por nuestros pecados, es decir, nos rescató, nos salvó como a Israel (1 Jn. 4:10) y por ello le amamos, y por eso debemos obedecerle.
  • Después de que Pablo mostró como Dios nos elige, nos llama, nos justifica y nos adopta ahora nos llama a someternos a él en adoración Rom 12:1 “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional.”, en otra porción dice Rom 6:18 “y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia.”

Lo anterior, demuestra que los mandamientos son el camino que debemos seguir los cristianos para agradar a nuestro salvador, no para nuestra salvación propiamente, sino porque este es el fin de ella y porque debe ser la respuesta de gratitud y amor a quien nos amó primero. Es muy difícil que alguien muera por otro, quizá si es por un ser querido o alguien bueno, pero es casi imposible que alguien lo haga por un malo, pero Dios nos muestra su amor en que siendo aún pecadores, es decir, quebrantadores de sus mandamientos, Cristo murió por nosotros (Ro. 5:7,8). Por tanto, hay muchas razones para serle obedientes pero en resumen es porque él nos hizo y nos salvó para esto.