Mateo 3:1-12. En la escena de un país envuelto en luchas sangrientas por la liberación de la nación y donde los líderes religiosos se enajenaron de los pobres y se volvieron legalistas haciendo que la gente se alejara más de Dios, surge un profeta en el desierto de Judea, la voz de uno que clamaba en el desierto (Is. 40:3). Vestido con pieles de camello y con cinto de cuero, un tipo al parecer muy poco ortodoxo y hasta raro por comer langostas y miel silvestre se para a las orillas del Jordán para hacer una denuncia y un llamamiento radical a los habitantes de Jerusalén y de Israel en general. Les dice: vuélvanse a Dios porque el Reino de Dios está cerca. El tan esperado tiempo mesiánico estaba por iniciar pero era necesario que la gente se preparara espiritualmente a través del bautismo.
  Juan hijo de Zacarías, primo de Jesús, llamado el bautista por realizar este acto como señal de arrepentimiento logró reunir gente de los alrededores y de más allá, gente que venía a confesar sus pecados y a bautizarse como les decía que tenían que hacer. El paso por el Jordán no era sólo un acto mecánico ni ritualista como lo que se habían convertido los actos litúrgicos en el templo de Jerusalén. Juan no enfatizó el lavamiento externo sacerdotal para entrar al templo de Jerusalén sino un arrepentimiento acompañado con un lavado externo para entrar al reino del tan esperado Mesías.
  Muchos fariseos y saduceos conocedores de la ley se acercaron al río para ser bautizados pensando que tal vez podrían añadir este acto a la lista de sus muchas acciones litúrgicas sin ningúna afectación personal. Juan conociendo las intenciones los reprende y les dice con palabras fuertes: raza de víboras quién les enseñó a huir de la ira venidera!, no piensen que por ser hijos de Abraham se van a escapar del juicio, no, no es suficiente llamarse judío para entrar al reino, hay que arrepentirse, no es suficiente cumplir con el acto externo del bautismo, hay que cambiar de estilo de vida. Lo importante no es lo externo, no es el apellido, ni es la fama sino los frutos dice Juan, pues todo árbol que no da buen fruto será cortado.
  Dice Juan,- yo les bautizo en agua pero hay uno que es más poderoso que yo que les bautizará con el Espíritu Santo y fuego.- El primer bautismo que señala Juan que el Mesías realizará es un bautismo en poder para vivir conforme a la vida nueva que Dios demanda, pero el segundo bautismo puede interpretarse con un bautismo de juicio o de ira pues continúa diciendo que una de las tareas del Mesías es limpiar su era y guardar en el granero el trigo pero quemar la paja en un fuego que nunca se apagará.
  Dios quiere salvar al hombre moderno, el llamado no es sólo a formar parte de una iglesia, hallar una entrada por un bautismo externo sino es por la experiencia radical de abandonar el pecado con el propósito de ser trigo de Dios, de dar los frutos que él demanda de nosotros. No podemos aceptar a Jesús sino por el requisito que Dios nos impone que es el de volvernos a él del pecado y tomando la decisión de bautizarnos en agua y esperando su bautismo en el Espíritu.