Mateo: 3:12-17 Cuando llegó Jesús para ser bautizado por Juan la primera reacción de este es sentirse indigno y pedirle que sea él quien lo bautice a él. Jesús le pide que lo deje cumplir todo aquello que es justo y agradable a Dios. Humildemente se pone bajo el ministerio de este gran hombre de Dios marcando la característica que lo guiaría en su ministerio a partir de ese momento. Lucas añade que esto sucedió a los treinta años de Jesús. El deseo más grande de Jesús era agradar al Padre en todo, en absolutamente todo lo que fuera agradable al Señor y el bautismo era una de esas cosas, aún cuando él no lo necesitase pues él no tenía nada de lo cual arrepentirse. Jesús se bautizó para darnos un ejemplo, para dejar a sus seguidores una senda la cual tenemos que seguir, el cual debe ser el anhelo de cumplir a plenitud la voluntad del Padre celestial.
  Muchos hoy en día sin embargo creen que pueden aceptar a Cristo y ser parte de una iglesia sin bajar a las aguas humillantes del bautismo y dando testimonio público de su fe en el Salvador. Debemos señalar a los discípulos que Dios quiere que cumplamos toda justicia, que cumplamos todas sus órdenes y demostremos de ese modo que realmente estamos arrepentidos.
  De inmediato según nos dice Mateo, los cielos se abrieron y el Espíritu descendió en la forma de una paloma poniéndose sobre su hombro, y una voz se oyó desde el cielo que dijo – este es mi Hijo amado en el que tengo complacencia.- Este fue el momento en que el Espíritu Santo le ungió con poder para realizar el ministerio y el momento en que la aprobación del Hijo confirmandolo como el designado quedó sellado. Ya el Salmo 2:7,8 había dicho “mi hijo eres tú,… pídeme, y te daré por herencia las naciones…” Sin duda que ese fue un momento trinitario de aprobación divina del Hijo encarnado. Es por ello también que el bautismo cristiano lleva el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.