Mateo 4:1-11: El Espíritu Santo que había ungido a Jesús en el río Jordán lo llevó hacia el desierto para ser tentado por el diablo. Esto parecería ser algo extraño puesto que él pudo ir directo a ministrar sin necesidad de esto, pero para Dios sí era necesario que Jesús experimentara la prueba que su pueblo experimentó en el desierto para identificarse con ellos y para mostrar la perfección de su obediencia para de este modo poder justificarnos con su justicia.

Si comparamos la experiencia de los judíos en el desierto notamos que al igual que ellos Jesús estuvo 40 días en el periodo de prueba mientras que aquellos estuvieron 40 años, sin embargo estos cuarenta años fueron un castigo divino al pueblo por desconfiar en Dios pues cuando los espías fueron enviados a la tierra prometida tardaron 40 días en ir y venir y ellos no creyeron que Dios los ayudaría a vencer a estos gigantes de Jericó sino que prefirieron morir en el desierto antes que ir (Números 13,14).

El hecho de que la Biblia afirme que Jesús tuvo hambre nos dice que no era ni un ángel, ni un ser meramente espiritual sino un ser humano en toda su extensión, sujeto a los mismos sufrimientos de la realidad humana. En verdad sintió la fatiga del sol, el calor del viento seco, la sed, también la soledad del desierto, vivió la peligrosidad de ese ambiente hostil donde la serpiente y el escorpión acechan. No es como algunos lo pintan románticamente un lugar de retiro para orar y meditar como quien está metido en un cuarto de oración, era un lugar para hacer eso pero con todas las dificultades de ese ambiente.

Jesús ayunó cuarenta días y noches, los israelitas por otro lado experimentaron la sed y el hambre pero la queja y la murmuración, el malagradecimiento, la incredulidad y muchas otras actitudes perversas hicieron que ellos fracasaran en el desierto. No obstante Dios siempre les dió qué comer y beber de dónde no había produciendo milagrosamente para su sustento.

Primera tentación: Procurar lo prohibido

No es que comer fuese algo malo, sino que el ayuno terminaría justo cuando su Padre dijera y no cuando él lo determinase, debía confiar que Dios no lo llevaría al desierto para matarlo de hambre. El tentador vino y le dijo que comiera las piedras en pan si es que era Hijo de Dios. La cuestión es que Jesús sí sabía quién era él, no solo un hombre en una prueba sino Dios en carne, Dios experimentando en su humanidad el dolor del hambre. Lo que él no estaba dispuesto hacer es hacer uso de sus poderes fuera de la voluntad explícita de su Padre. Jesús le citó con las palabras de Dt. 8:3 “Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.” En el contexto de ese pasaje se nos enseña de que justo antes de que el pueblo entrara a la tierra prometida debía recordar el tiempo de la prueba en el desierto y de cómo Dios lo afligió para mostrarle que en verdad no sólo de comida vive el hombre sino del hacer su voluntad. Jesús afirmó su confianza y dependencia en la voluntad soberana de su Padre así como su confianza total.

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Segunda tentación: poner a prueba a Dios

En la segunda prueba se nos dice que Satanás llevó a Jesús hasta la ciudad de Jerusalén y lo puso sobre el pináculo del templo, en el lugar más sagrado de Israel para luego decirle que demostrara que era el Hijo de Dios arrojándose del pináculo pues la palabra de su Padre decía que él enviaría a sus ángeles para salvarlo de la muerte (Sal. 91). Este segundo ataque del maligno encuentra su paralelo en la ocasión en que los hijos de Israel tentaron a Dios al quejarse en desconfianza y altercaron con Dios (Ex. 17), por ello a aquel lugar se le llamó Masáh, el lugar donde probaron a Dios. Jesús le citó Deu 6:16 No tentaréis a Jehová vuestro Dios, como lo tentasteis en Masah.

La razón de esta tentación no es porque Jesús dudara de su deidad, de que era Hijo de Dios, sino que el diablo quería que lo hiciera y reclamara para sí una promesa que aunque es verdadera y fiel no era la forma de obtenerla.

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Tercera tentación: la idolatría

Satanás usando su poder limitado lo llevó de nuevo (en visión o físicamente?) a un monte muy alto para mostrarles todos los reinos de la tierra y su gloria, evidentemente le habrá mostrado el imperio romano y la silla del César, así como de los reinos más poderosos de su época. Lo único que tenía que hacer para recibirlos era postrarse a adorarlo y así faltar al primer mandamiento que es no tener dioses ajenos ante el Señor. De nuevo el Señor cita la palabra de Deuteronomio en 6:13 donde Moisés exhorta al pueblo a temer y a servir sólo al Señor. El pueblo de Israel sin embargo fracasó en esta tentación al hacer y adorar un becerro de oro,  al servirle de la forma más cínica y desde el comienzo a los ídolos cuando Deu_32:17 “Sacrificaron a los demonios, y no a Dios;…”

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Jesús le ordenó “Vete Satanás…” y entonces éste le dejó y vinieron ángeles y le servían. ¡Qué final más triunfante! al final ser recompensado por su fe y por su paciencia por la ayuda de los ángeles quienes al igual que hicieron con el profeta Elías también le habrán traído pan y agua y para llenarlo de fuerzas para comenzar el más grande ministerio sobre esta tierra.

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¿Tendrá Satanás consideración al vernos a nosotros los seres humanos del siglo XXI si no lo tuvo con el Hijo de Dios? ¿No deberíamos nosotros seguir el ejemplo de Cristo? ¿No deberíamos orar: no nos dejes caer en la tentación del enemigo? ¿No deberíamos revestirnos de la fe y de la Palabra para sostenernos en el día malo?