Muchos cristianos conocen la historia de Daniel en el foso de los leones y su asombrosa liberación, esta de Jeremías no mucho, pero aunque no sea tan espectacular no deja de mostrarnos las dificultades que los siervos de Dios pasan en ocasiones y la misericordia que Dios puede darles en esa situación. Bien dijo Jesús aquella bienaventuranza en la que declara la dicha de aquellos que son perseguidos por causa de la justicia porque están en la misma posición de aquellos profetas del pasado.

El acontecimiento que hoy relatamos se haya en uno de los momentos más críticos de la nación de Israel, un tiempo de mucha angustia para el pueblo del pacto, estaban a punto de ser destruidos por el poderoso ejército del imperio babilónico. Mientras que el sitio de Jerusalén por parte del ejército había durado varios meses Jeremías les dice a las personas que se pasen con el enemigo y que se rindan porque al menos así salvarán su vida. Los principales líderes de Israel sin creer en lo más mínimo a la advertencia fueron a decirle al rey que debían matar al profeta porque desanimaba a los soldados. Ellos hubieran preferido cualquier cosa pero menos rendirse de esa manera. Jeremías había profetizado la derrota inminente debido a los pecados de Israel y ya era demasiado tarde para dar marcha atrás pero en la gran misericordia de Dios no quería que el desastre fuera mayor.

El rey Sedequías, caracterizado por su debilidad de convicciones los dejó disponer del profeta y lo llevaron a un pozo sin agua pero con barro, lo bajaron con sogas y al descender se hundió en el cieno. La muerte era lo único que le esperaba. Aquellos que se habían opuesto a su mensaje pese a que muchas veces aquello que anunciaba se cumplía estaban de nuevo tratando de callarlo en el peor lugar que se les acurrió, en el mas insalubre y sucio sitio para aprisionar a alguien.

¿Quién podría ayudar a salir de ese lugar al profeta?, ¿enviaría Dios a un ángel ante el clamar que seguro Jeremías habrá elevado? No lo harían los ricos, ni los soldados o los jefes que se burlaban de él. Se nos cuenta que un etíope eunuco que trabajaba en el patio del palacio vió lo que le habían hecho al profeta, su nombre era Ebed melec, un simple sirviente sin mucha influencia en el palacio pero con gran temor de Dios. Este hombre que según la ley no tenía ciertos derechos religiosos y provenía de una nación pagana fue quien se compadeció de él y fue a interceder ante el rey. Ebed melec fue ante el rey, que se hallaba en la puerta de Benjamín llevando a cabo la tarea de juzgar en los casos que les traían, y le planteó la crueldad con que los cortesanos habían arrojado al profeta a la cisterna y no le daban nada de comida. El rey le dió 30 hombres que lo ayudaran a sacar al profeta quienes con unos trapos hicieron una soga y lo salvaron.

Ebedmelec

En Jer. 39:15-18 Dios le dió un mensaje especial a Ebed melec. En él le decía que ciertamente destruiría la ciudad, pero Dio lo protegería para que no cayera en manos de la gente que temía, no moriría por cuanto había confiado en Dios y lo había demostrado al defender al siervo de Dios. Creo que a esto hace referencia Jesús cuando dijo que cuando alguien da un vaso de agua a un profeta también tendrá recompensa de profeta.