Luego del ataque de los babilonios a Jerusalén los sobrevivientes de Judá, los que no fueron llevados cautivos, tuvieron la oportunidad de restaurar la ciudad, edificar casas y plantar viñedos pero esto no fue lo que sucedió sino que acabaron siendo destruidos por aquellos mismos que les dieron la oportunidad de empezar de nuevo por rebeldía a la palabra del Señor. Se esperaría que ellos hubieran aprendido la lección y se someterían a la autoridad de los babilonios como Dios lo había dicho. Los conquistadores del pasado luego de que aplastaban la insurrección de una de sus ciudades conquistadas dejaban en estas tierras a vasallos quiénes les sirvieran. En este caso dejaron a Gedalías como gobernador de los pueblos de Judá que habían quedado. Los generales babilónicos reconocieron que Dios había profetizado con verdad sobre la ciudad de Jerusalén y con respeto le ofrecieron la oportunidad a Jeremías de que él fuese a donde quisiera, pero él escogió quedarse con Gedalías y se dirigió a Mizpa.

Con Gedalías se juntaron algunos jefes del ejército de Judá que habían escapado al campo liderados por un tal Johanán hijo de Carea, y vino Ismael hijo de Nerías y gente que había sido esparcida a Moab, Amón y Edóm regresaron. Al principio la gente estuvo de acuerdo en trabajar en la tierra y servir a Babilonia pero ocurrió que Johanán le dijo a Gedalías que Ismael estaba infiltrado y había sido pagado por el rey de Amón para matarle, pero este no le creyó. Ismael tal vez por envidia por haber sido pasado por alto para gobernar a Judá, pues él era descendiente real, mató a Gedalías y a los soldados caldeos que estaban con él. Cuando estaba por llevarse cautiva a la gente de Mizpa para Amón, Johanán los alcanzó con un grupo de soldados y los liberó de la mano de Ismael y se llevó a la gente cerca de Belén con el plan de irse a Egipto porque temían el enojo de los babilonios por la muerte de Gedalías a quien el rey había puesto. Los egipcios antes habían sido la potencia más grande de la región y eran los únicos que estaban resistiendo la conquista de los babilonios por eso lo vieron como la mejor opción, además de que antes les habían pedido ayuda para defenderse de los babilonios, pero estos los habían vencido.

Los judíos liderados por Johanán fueron a pedirle a Jeremías que orara a Dios para que les dijera que es lo que tenían que hacer bajo la promesa de que harían lo que Dios les dijera. Jeremías oró a Dios y su respuesta no fue la esperada: Dios les dijo que se quedaran porque si lo hacían él los protegería de los babilonios, pero si iban a Egipto perecerían pues la espada que temían les vendría allá. Los judíos no hicieron caso a la palabra del profeta pensando que este había sido instigado por su amigo Baruc y se llevaron a todas las personas hasta Tafnes (Egipto) y al profeta con ellos. Lo increíble de esta decisión es que ellos seguían desconfiando de Dios y del profeta a pesar de saber que su palabra se había cumplido una y otra vez y a pesar de ver que los egipcios habían sido derrotados en otras ocasiones en batalla contra los babilonios.

Allá en Tafnes Dios le volvió a dar una palabra al profeta y le ordenó poner unas piedras cerca de la casa del faraón a la vista de los judíos y decirles que allí mismo el rey Nabucodonosor pondría su trono y traería muerte, espada y cautiverio para los egipcios y para ellos, derribando sus templos y sus dioses.

La tercera profecía al respecto nos la relata el capítulo 44 donde nos habla de las advertencias que Dios les había hecho antes a sus padres a través de los profetas para apartarse de sus dioses paganos pero ellos no habían hecho caso, y por eso les sobrevino el ataque babilónico. Este versículo resume lo que en verdad estaba en su corazón porque seguían ofreciendo incienso a los dioses paganos: Jer 44:10 “No se han humillado hasta el día de hoy, ni han tenido temor, ni han caminado en mi ley ni en mis estatutos,…” Por tanto, Dios permitiría su destrucción.

La respuesta de los judíos fue increíblemente necia: “la palabra que has dicho no la oiremos sino que seguiremos ofreciendo incienso a la reina del cielo, pues cuando lo hacíamos nos iba bien, pero cuando lo dejamos de hacer nos vino el mal”. Por esa firmeza en cumplir sus votos a la llamada reina del cielo Jeremías les contestó que Dios estaría contra ellos para mal y que por señal les daría que el faraón Hofra caería a manos del rey de Babilonia. Esto sucedió en el año 569 a.C. cuando cayó muerto en una revuelta hecha por Amosis uno de sus generales.

Esta historia nos enseña que cuando no se cree la palabra de Dios aunque uno sufra todo tipo de castigos la necedad parece estar arraigada en el corazón. Dios siempre tiene cosas buenas para nosotros si nos sometemos a su palabra y si confiamos en él, pero si actuamos contra su palabra la rebeldía nos saldrá cara. Confiar en Dios es mejor que confiar en el hombre.

Sal 118:8 Mejor es confiar en Jehová
Que confiar en el hombre.

Sal 118:9 Mejor es confiar en Jehová
Que confiar en príncipes.