La palabra éxito proviene del término latín “exitus” que al igual que en inglés (exit) significa salida, por tanto nos habla de la finalización o terminación de un asunto de una manera buena, favorable o feliz. Por tanto, se puede tener éxito en todo aquello que se emprenda como en lo material, el trabajo, la escuela, la familia, el matrimonio, etc… Para el hombre actual sin embargo significa alcanzar riqueza, grandeza, renombre, posiciones sociales, seguridad, etc.

Éxito ante el mundo no siempre significa éxito ante Dios 

Aunque las cosas temporales a través de las que se mide el éxito pueden ser alcanzados por los hombres de Dios no son el parámetro divino.

Santiago dice que el hermano de humilde condición, debe gloriarse (enorgullecerse) en su exaltación pues según Dios vale mucho; pero el rico, en su humillación (Stg. 1:9,10) porque las riquezas son pasajeras. Por tanto el éxito verdadero es definido por lo que se alcanza para la eternidad.

Las riquezas o fama sin contentamiento pueden causar mucho daño a la gente y eso no es éxito, 1Ti 6:9 “Porque los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición” (vea Pr. 23:4,5). Pablo dice que gran ganancia (éxito) es la piedad acompañada de contentamiento porque nada trajimos al mundo y nada nos hemos de llevar (1 Ti. 6:6,7).

Jesús contó la parábola de un hombre que había tenido mucho “éxito” en la vida. Su heredad había producido mucho ese año.

Y él pensaba dentro de sí, diciendo: ¿Qué haré, porque no tengo dónde guardar mis frutos? Y dijo: Esto haré: derribaré mis graneros, y los edificaré mayores, y allí guardaré todos mis frutos y mis bienes; y diré a mi alma: Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate. Pero Dios le dijo: Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será? Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios. Lc. 12:17-21

Este hombre lo tenía todo, riquezas, seguridad, un buen futuro, en fin, tenía la vida resuelta. Lo que no consideró en la ecuación es que estaba pronto a perder la vida y que todo lo acumulado pronto quedaría para otro. Mucha gente vive gastando su vida en acumular riquezas y éxito para sí mismo pero no para con Dios y el resultado será la pérdida de todo.

Por tanto, el verdadero éxito es acumular tesoros en los cielos (Mt. 6:19,20; Lc. 12:33), y esto se logra al invertir en los necesitados del mundo, al ser ricos en buenas obras siendo generosos y dadivosos (1 Ti. 6:18,19) y en buscar la vida eterna. Pero hay que hacerlo con amor, 1Co 13:3 Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve. Por tanto, el verdadero éxito de la vida es vivirlo para Dios y los demás.

La humildad y el espíritu de servicio llevan al éxito.

Contrario al sentido común y a la filosofía actual no es el egoísmo ni la jactancia personal la que te llevará lejos en la vida. La humildad te permitirá que se te habrán puertas y además lograrás aceptación de Dios y de los hombres (Pr. 3:3,4). Jesús enseñó que la tierra y el cielo será de los mansos y humildes de espíritu (Mt. 5:3,5), no de los violentos ni de los orgullosos. Santiago dice  “Humíllense delante del Señor, y él los enaltecerá.” (Stg 4:10, DHH), es decir, Dios los honrará, los pondrá en alto en el momento determinado pero él deshará los planes de los orgullosos (Lc. 1:51),  “porque el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.”(Mat 23:12).

Ser humilde es no tener un concepto superior al que cada uno debe tener, sino pensar de sí mismo con cordura (Ro. 12:3), es verse como Dios lo ve sin enaltecerse a sí mismo por los logros obtenidos, ni pensar que de ellos depende nuestra valía. Es honrar a Dios del que depende la vida, las fuerzas y talentos que tenemos. El humilde tiene un concepto elevado de los demás, e incluso los considera superiores a sí mismo (Fil. 2:3, Ro. 12:10).

El humilde no espera ser servido sino sirve como lo hizo Cristo lavando los pies de sus discípulos (Jn. 13). Jesús se despojó de su gloria y se hizo un siervo para todos, y fue obediente en todo a su Padre (Fil. 2:6-8); en contraste con algunos discípulos suyos que buscaban posiciones en el reino, al estilo de los gobernantes mundanos que buscan alabanza y quieren que se les sirvan (Mr. 10:37-45).

Los fariseos buscaban la alabanza de los demás y por eso oraban, ayunaban y daban limosna ante los ojos de la gente; pero Cristo enseñó que todo lo que hagamos lo hagamos para Dios y no para ser vistos porque haciendolo así, nuestro Padre nos recompensará en público (Mt. 6:1-18, Ef. 6:6-8).

Estudiando y practicando los principios y leyes de Dios

Dios le dijo a Josué antes de conquistar la tierra prometida:

Jos 1:8 Nunca dejes de leer el libro de la Ley; estúdialo de día y de noche, y ponlo en práctica, para que tengas éxito en todo lo que hagas. (TLA)

Si se lee, medita y aplica la palabra de Dios se tendrá éxito en todo porque los principios  de la Escritura por sí mismos son verdaderos e integrales, justos, sabios y más elevados que toda filosofía humana. Al llevarlos a cabo quiere decir que uno está de acuerdo con su voluntad y procura la instauración de su reino de bondad, amor y justicia en la tierra, por ello Dios se compromete a bendecir a todos aquellos que se comprometen por él (Mt. 6:9,10).

El éxito de Josué estaba medido no por conquistar todo el mundo sino la tierra prometida para los israelitas. De igual modo conocer la voluntad de Dios delimita nuestro campo de acción y nos enmarca los métodos para alcanzarlos. Para Josué significó tener fe y ser obediente porque entonces el poder de la presencia de Dios que los acompañaba les daría la victoria. Lo mismo es para el creyente, mientras que él camina de acuerdo a sus mandamientos Dios le concede la tierra, pero cuando hay codicia, desobediencia u orgullo habrá derrota.

Pero Josué no podría saber qué quería Dios de ellos si no leía las Escrituras ni la meditaba o se basaba en sus pensamientos personales, o en las estrategias de guerra de la época. Nosotros necesitamos pasar tiempo con el manual divino para tener dirección, ánimo, fortaleza y consuelo para alcanzar la meta.

Esforzarse y ser valientes para tener éxito

La parte dura, la parte de la acción y la perseverancia está contenida en la orden que Dios le dio tres veces a Josué Jos 1:9 “Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas.”

El esfuerzo significa que la victoria no vendrá fácil, sin sudor y lágrimas. Que no vendrá sin pagar el precio de la disciplina, del entrenamiento, del orden y de la paciencia. El éxito no vendrá para los flojos, ni para los timoratos que dan la espalda ante el primer reto. No vendrá para los que se amedrentan ante los gigantes, ni tampoco para los que se desaniman con facilidad. No se puede saltar la etapa de la batalla, no se puede evadir el enfrentar el reto, hay que esforzarse y ser valientes. Hay que ceñirse los lomos y salir al campo con valor y fe y la victoria vendrá.

El éxito está definido por la fidelidad

Fidelidad al cumplimiento del deber es el éxito en la vida según Dios. Si la voluntad de Dios es el supremo deber del hombre y si este es un siervo en la tierra, su éxito consiste en cumplir fielmente el cometido de su vida pues al final tendrá la recompensa de su Señor. Si el éxito se midiera por el número de personas ganadas o el dinero obtenido muchos profetas y apóstoles habrían sido unos fracasados en la vida pero no lo fueron porque hicieron lo que se les mandó. Jeremías por ejemplo, no logró convencer a su pueblo pero fue fiel en dar el mensaje de Dios. Cristo el día de su crucifixión no tenía más que a un discípulo presente y unas cuantas mujeres después de que le seguían multitudes; todo parecía un gran fracaso hasta el tercer día cuando resucitó.

A los buenos pastores Dios promete una corona de gloria (1 P 5:4), a los mayordomos fieles del Señor promete darles “ciudades” y alabanza, pero a los negligentes y malos quitarles lo que tienen y echarlos fuera (Lc. 19:11-27). En Ap. 2:17 Jesús dijo a Esmirna, una iglesia perseguida, “Manténte fiel hasta la muerte, y yo te daré la vida como premio.” A la iglesia de Tiatira dijo Apo 2:26 “Al que venciere y guardare mis obras hasta el fin, yo le daré autoridad sobre las naciones,”… Por tanto, el más grande éxito de la vida es mantenernos haciendo lo que Dios nos mandó hasta el fin porque esto es el todo del hombre y al final Cristo recompensará dicha obediencia y lealtad.

Conclusión:

Aunque el mundo moderno lo vea según la perspectiva temporal el cristiano mira las cosas con los ojos de lo eterno. El éxito que es hacer la voluntad de Dios se obtendrá por la humildad, por la perseverancia, por el amor a Dios y al prójimo y por permanecer fielmente estudiando las Escrituras y practicandola; haciendo estas cosas lograremos vivir una vida feliz pero sobre todo haremos tesoros en los cielos y tendremos recompensa cuando aparezca el Señor.