Hoy vivimos en tiempos donde la discriminación y el rechazo son cosa común entre los diferentes grupos de nuestra sociedad. Se discrimina a la mujer, al pobre, a los morenos, a los indígenas, a los de otras creencias y apariencias. Sufrimos rechazo por parte de nuestros compañeros en la escuela, o por un amor no correspondido, pero los rechazos más sentidos y dolorosos son aquellos que nos dan los seres más cercanos como son los familiares y los hermanos de la fe donde se supone que debería reinar el amor.

Existen varias razones por las que un cristiano puede rechazar a otros como hermanos. Algunos puede que rechacen a otros por las apariencias o porque parece distinto a nosotros, o quizá que hasta por la reputación del pasado.

El rechazo ha existido dentro de la iglesia dentro de los primeros tiempos. Ya el Señor mismo padeció el menosprecio de su pueblo y advirtió a sus seguidores que lo mismo tendrían.

Dios no hace acepción de personas (Hch. 10:34). A esta conclusión llegó Pedro luego de que tuviese una visión en la que veía animales inmundos (según la ley) y una voz que le decía mata y come. Pedro no quería porque decía que nunca había comido alimento inmundo. El Señor le dijo: lo que yo he santificado no lo llames tú inmundo. Esta visión no se trataba de animales sino de personas, de los despreciables gentiles que para la mayoría de los judíos eran vistos como perros abominables, y era reprobable comer con ellos. Terminando la visión un grupo de gentiles invitó a Pedro a ir con ellos y éste les acompañó. Cuando llegó con ellos, les predicó a Cornelio y a su familia y al momento el Espíritu descendió sobre ellos, mostrando Dios que él los aceptaba, pese a no ser judíos y a no tener la ley. Pedro entendió que si Dios acepta por qué habríamos nosotros de rechazarlo.

Cuál es el único requisito por el que Dios acepta al hombre? Un corazón lleno de fe y arrepentimiento. Así pues, a ellos les da el derecho de ser llamados sus hijos (Jn. 1:12), les da su Espíritu, su perdón y su salvación, no importa la raza, no importa los pecados pasados, no importa la condición social o económica. Dios acepta al hombre mediante Cristo Jesús.

Cuando Pablo se convirtió por otra parte sufría el rechazo ante los creyentes que tenían miedo de que su conversión fuese solo una treta para llevarlos preso. Pero un creyente llamado Bernabé creyó en él y lo llevó ante los apóstoles (Hch. 9:26,27). Un texto que nos dice lo que es la aceptación es Hch 9:28 “Y estaba con ellos en Jerusalén; y entraba y salía.” La aceptación en una casa, en la iglesia que es una familia implica comunión, reunión y confianza para entrar y salir. Es cuando sientes que ya no eres extranjero ni advenedizo. Efe 2:18 porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre. Efe 2:19 Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios.

Pablo al principio fue un hombre que persiguió a la iglesia por causa de Cristo en un rechazo total por la fe que parecía pervertir el judaísmo desde sus bases, pero cuando se convirtió no solo experimentó el rechazo de su propio pueblo sino que por parte de algunos hermanos.

Pablo no era una persona que buscara la aprobación de los demás pero no podía permitir que él junto con todos los discípulos que había hecho dentro de las naciones paganas siguieran siendo rechazados por el hecho de no estar circuncidados.  Así que con las bases teológicas que el sabe se lanza contra ese reprochable rechazo.

Más adelante en Gálatas 2 vemos que Pablo tuvo que ir a defender a los gentiles ante aquellos que enseñaban que Dios no los aceptaba por no estar circuncidados. Pablo les explicó su mensaje y ellos no le añadieron nada. Hay muchas razones por las que las personas quieren someter y obligar a otros a ser como ellos poniendo normas humanas y tradiciones innecesarias como requisitos  para otros creyentes. Pablo cuenta que ni aún Tito, un griego que lo acompañó a Jerusalén fue obligado a circuncidarse. Pablo no se dejó sujetar por la presión de los judaizantes que rechazaban la doctrina de la salvación por la sola fe.  Gál 2:4 y esto a pesar de los falsos hermanos introducidos a escondidas, que entraban para espiar nuestra libertad que tenemos en Cristo Jesús, para reducirnos a esclavitud.

La libertad en Cristo nos dice que somos libres de la ley para obedecer a Dios por el poder del Espíritu y no estamos más sujetos a tradiciones y a las ceremonias del Antiguo Testamento. Lo que hace a uno un cristiano no son las normas humanas sino la fe en Cristo. Por ello Pablo no se dejó intimidar por ellos. Estos fariseos estaban al tanto de los nuevos para vigilarlos sin ser ellos mismos participantes de la gracia, sin entenderla en lo más mínimo.

Gál 2:6 Pero de los que tenían reputación de ser algo (lo que hayan sido en otro tiempo nada me importa; Dios no hace acepción de personas), a mí, pues, los de reputación nada nuevo me comunicaron.

Después de que Pablo mencionó su firmeza ante los falsos hermanos ahora menciona lo que le dijeron los de reputación. Por reputación Pablo se refiere a aquellos que eran reconocidos por todos, pues él no era reconocido por los judaizantes, sino más bien rechazado.

Pablo dice que no le importa lo que ellos fuesen porque Dios no hace acepción de personas. Mientras que los demás, los gálatas y otros se dejaban llevar por la apariencia de la importancia y de la reputación de las personas. Algunos no le daban buena a reputación a Pablo por haber sido antes perseguidor y fariseo. Como cristianos no debemos fijarnos en la reputación porque si alguno está en Cristo es alguien diferente. 2Co_5:17 De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. Es por eso que podemos aceptar a quien antes fue un ladrón, una prostituta, un borracho, un golpeador, etc. Ya el estigma de la mala fama fue borrado por el Señor y ahora quienes somos nosotros para rechazar a quien Dios ha santificado.

Otra cuestión importante para aceptar a los demás es reconocer las diferentes vocaciones que hay dentro del cuerpo de Cristo.

Gál 2:9 y reconociendo la gracia que me había sido dada, Jacobo, Cefas y Juan, que eran considerados como columnas, nos dieron a mí y a Bernabé la diestra en señal de compañerismo, para que nosotros fuésemos a los gentiles, y ellos a la circuncisión.

A todos Dios nos ha dado una gracia diferente y no porque el otro no sirva o no adore como yo no es mi hermano. No todos somos ojo, ni todos somos manos en el cuerpo, unos son encomendados por Dios a un campo y nosotros a otro. Si rechazamos la gracia que Dios da a otros en el fondo a quien juzgamos es a Dios porque estaremos cuestionando por qué al otro le da más o le da menos.

Luc 9:49 Entonces respondiendo Juan, dijo: Maestro, hemos visto a uno que echaba fuera demonios en tu nombre; y se lo prohibimos, porque no sigue con nosotros. Luc 9:50 Jesús le dijo: No se lo prohibáis; porque el que no es contra nosotros, por nosotros es.

Pablo dice que los principales de Jerusalén le dieron la aceptación como apóstol a los gentiles. Pese a que él no anduvo entre los doce, estos últimos tuvieron la humildad de reconocer que el que los había llamado a ellos de ser pescadores había llamado a este que antes fue perseguidor.

La aceptación se mostró en que le dieron la diestra de compañerismo, de koinonía, de amistad. Se reconocieron como compañeros en la misma batalla y no enemigos.

Gál 2:10 Solamente nos pidieron que nos acordásemos de los pobres; lo cual también procuré con diligencia hacer.  Pablo dice que en la práctica del amor todos los creyentes genuinos deberíamos parecernos. Tal como dijo Cristo, al árbol se le conoce por su fruto, y esta fue una gran preocupación de los apóstoles.

Pero siempre hay un pelo en la sopa. Pablo relata un incidente en que Pedro visitó a la iglesia gentil de Antioquía y se comportó hipócritamente. Gál 2:12 Pues antes que viniesen algunos de parte de Jacobo, comía con los gentiles; pero después que vinieron, se retraía y se apartaba, porque tenía miedo de los de la circuncisión.

Tal vez Pedro temió a la crítica o al qué dirán. Cuando aceptamos a algunas personas que otros rechazan sabemos que nos ganaremos el desprecio de algunos, de aquellos que no han entendido el mensaje de la aceptación en Cristo. Hay un tipo de rechazo que no podremos eludir y es aquel que nos vendrá por ponernos del lado de Cristo, de los pobres y de los hermanos rechazados. Esto requiere valor y convicciones firmes.

El rechazo de Pedro lo llevó a ya no querer comer con los gentiles. Recordemos que los primeros cristianos celebraban la cena del Señor en estas comidas, esto implica que Pedro estaba negando en la práctica la unidad de la iglesia por medio del sacrificio de Cristo. El que murió por uno por todos murió y el quiere acercar a todos a su mesa sin temor al rechazo, al que dirán, a la crítica, a la murmuración o a la mirada altanera.

Gál 2:13 Y en su simulación participaban también los otros judíos, de tal manera que aun Bernabé fue también arrastrado por la hipocresía de ellos. Cuando actuamos con espíritu de rechazo contaminamos a otros creyentes con un sentir irracional de no aceptación y la iglesia al final queda minada por la desunión y por el desprecio, los rechazados quedan dolidos y hay división.

Pablo reprendió a Pedro ante los demás para que oyesen al ver que no andaban conforme a la verdad del evangelio. Pablo lo que más deseaba era ser consecuente con lo que enseñaba y no avergonzarse de las consecuencias que eso trajese. Nosotros al igual que Pablo deberíamos reprender todo espíritu sectarista, divisivo y lleno de rechazo que puede haber hoy en día. Aceptar a otros no significa tolerar el pecado. El amor se goza en la verdad y requiere en ocasiones el uso de la reprensión por ver bien a quien amamos. No podemos caer en una aceptación falaz de las personas dejándolos en sus errores, debemos ayudarles a ver sus equivocaciones con amor y firmeza.

En este tiempo el rechazo puede venir por aquellos que tienen un concepto equivocado de lo que es la santidad, o por los defensores de la “sana doctrina” que no saben discernir que la sana doctrina es el evangelio de la fe y de la gracia y que hay doctrinas en las que podemos estar en desacuerdo aceptándonos con amor. Pablo diría:

Rom 14:1-3 Recibid al débil en la fe, pero no para contender sobre opiniones. Porque uno cree que se ha de comer de todo; otro, que es débil, come legumbres. El que come, no menosprecie al que no come, y el que no come, no juzgue al que come; porque Dios le ha recibido.

Hay cosas que deberíamos dejar de hacer para no ofender a los débiles pero hay otras que no deberíamos doblegarnos, en especial si se trata de gente que no conoce a Cristo y la libertad que hay en él. Deberíamos reconocer que hay gente que le gusta estar bajo la esclavitud de ciertas prácticas que aunque pueden parecer muy piadosas no son requeridas por el evangelio para salvación.

Así como queremos que otros nos acepten así también debemos aceptar a los demás creyentes en Cristo no importa la denominación, ni la cultura, ni las cuestiones sociales.

Por último la aceptación involucra el compañerismo y la comunión en la cena del Señor. No deberíamos temer reunirnos, no importándonos los críticos o el temor al qué dirán. Aceptar a otros implicará que haya gente quienes nos rechacen o no les agrademos pero no debemos temer a ellos. Es importante reconocer la hermandad y la comunión con otros ministros y personas en el Señor.