En una ocasión Jesús iba pasando por la ciudad y vio a un hombre que había nacido ciego de nacimiento. Sus discípulos que lo acompañaban se preguntaban si esto le había sucedido debido a algún pecado suyo o de sus padres y Jesús les respondió que esto no se debió a ningún pecado “sino para que las obras de Dios se guste en él.” Pues bien, Cristo se acercó a él y luego de hacer una mezcla de lodo con su saliva lo puso en sus ojos. El mismo que hizo a Adán del polvo de la tierra estaba frente a él sanando sus ojos con un poco de tierra, demostrando que es el mismo creador. Lo mandó a lavarse los ojos a un estanque y luego que lo hizo comenzó a ver. ¡Qué maravillosa experiencia que por primera vez en la vida pudo saber a qué se parecían las personas, el cielo, las casas, etc.! ¡qué alegría debió ser ver la luz por vez primera y de ahora en adelante!

Pero la verdadera ceguera no es la de aquellos que nunca han visto el sol o una planta sino la de quienes no pueden ni quieren ver la verdad de lo que está ante sus ojos. Los primeros ciegos eran todos aquellos que le veían siempre pidiendo limosnas. “9 Unos decían: El es; y otros: A él se parece. El decía: Yo soy.” ¿Por qué es tan difícil creer a la evidencia de lo que está ante nuestros ojos? Porque nos hemos acostumbrado a las cosas naturales, a ver el mundo con unos ojos, a ponerle etiquetas y nombres a los demás y a nosotros mismos, “ese es el ciego”, “aquella la prostituta”, “ese el borracho”,…

Cuando le preguntaron cómo se habían abierto sus ojos él contó como un hombre quien no conocía ni sabía donde se encontraba le había sanado. Su conocimiento era limitado, así era su vista espiritual, pero esa visión que le fue devuelta le llevó a buscar a quien hizo este milagro. Dios a veces gusta de poner drama en la forma de revelarse a nosotros, nos invita a buscarle, y solo los que ven le buscan.

Cuando llevaron a este ex ciego ante los fariseos ellos estaban molestos porque había sido sano el día de reposo, el cual ellos decían que no se podía sanar porque esto era trabajo. Entonces le preguntaron como había sido sano y les contó la historia de cómo este personaje desconocido le puso lodo y le mandó a lavarse. Mientras que este hombre sanado no sabía quien era el sanador ellos le conocían (de nombre). Algunos de entre ellos se decían que el sanador no venía de Dios porque había quebrantado el día de descanso y otros razonaban que si no viniera de Dios no podría hacer estas señales, en fin, no podían ponerse de acuerdo sobre el origen de este hombre. La verdad, no les hubiese importado si hubiese seguido ciego, es más, si hubiesen tenido la posibilidad fueran evitado que se hiciera la sanidad porque debían guardar el día de descanso. Su ceguera les impedía sentir la misericordia de Dios y estar más concentrados en su legalismo.

Pues como no llegaban a un acuerdo le preguntaron qué opinaba él acerca de este hombre, y él les dijo que pensaba que era un profeta. El ex ciego no podía ver más allá, pero como lo único que había oído era acerca de los profetas pensó que la identidad de Jesús era la de un hombre enviado por Dios con poder para sanar. Hasta ahí le daban sus ojos para creer y eso creía.

Como ellos no podían creer el milagro, como hoy hay muchos que no creen en milagros ni en Dios aunque vean sus obras, llamaron a sus padres y les preguntaron si era su hijo, y cómo veía. Ellos respondieron que era su hijo pero que no sabían cómo veía y que le preguntaran a él. En realidad no es que no supieran cómo veía sino que su temor a que los expulsasen de la sinagoga les hizo negar la verdad. A veces el miedo nos hace negar la verdad y preferimos negarla para quedar bien con otros. A veces la ceguera es voluntaria.

Así que volvieron a llamar al ciego y le dijeron que quien le había abierto los ojos era un pecador. Él dijo: no sé si es pecador, pero sí sé que habiendo sido yo ciego, ahora veo. Esa respuesta tiene mucha lógica y honestidad. Las evidencias le decían lo que podía afirmar, lo demás no lo sabía, los otros podían suponer por prejuicio y odio que Jesús era pecador y negar la obra de sanidad. Ellos afirman lo que no saben, pues su razonamiento errado les hace pensar de ese modo pero no quieren cambiar de opinión.

Luego le volvieron a preguntar cómo le había abierto los ojos. El ciego no puede entender por qué le vuelven a preguntar. Claro, la razón era encontrar algún error en su testimonio y así poder acusar a Jesús. Ellos le dijeron al ciego: “sabemos que Dios habló a Moisés, pero respecto a ese, no sabemos de donde sea”, ni querían saberlo…

El ciego responde: lo maravilloso es que ustedes no sepan “pero a mí me abrió los ojos”. Entonces, comenzó a decirles palabras exhortándoles, casi regañándoles ¿por qué no se podían dar cuenta que un pecador no podía hacer un milagro así? Si no viniera de Dios no podría hacer algo como eso. Entonces molestos le expulsaron y cuando se les acabaron sus argumentos le dijeron: tú no sabes nada, tú eres un pecador y no nos puedes enseñar nada a nosotros… El ciego aunque antes no podía ver, veía más que todos aquellos que creían saber mucho pero en realidad eran ignorantes porque no podían aceptar la verdad por sus prejuicios personales.

El ciego saliendo se encontró a Jesús y este le preguntó si creía en el Hijo de Dios. Él le preguntó: ¿quién es? Y Cristo le contestó: el que habla contigo. Él entonces confesó su fe en él y le adoró. Aquel que busca la verdad y quiere encontrarla la encontrará y la aceptará con todas sus consecuencias.

Jesús dijo: he venido para juicio, para que los que no ven, vean y los que ven, no vean. Algunos fariseos que veían la escena dijeron ¿acaso nosotros somos ciegos? 41 Jesús les respondió: Si fuerais ciegos, no teníais pecado; mas ahora, porque decís: Vemos, mi pecado permanece.

 ¿Qué se requiere para ver? seguir la luz hasta sus últimas consecuencias. El ciego nos muestra que la humildad, la sinceridad con nosotros mismos es más valiosa que todo el conocimiento que podamos decir tener, porque estas cosas nos hacen acercarnos más y más al único que nos puede abrir los ojos. Muchos buscan la verdad y no se dan cuenta que está ante sus ojos, la rechazan por prejuicios personales y razonamientos equivocados, pero Jesús dijo: yo soy la verdad… El ex ciego nos muestra que no hay peor ciego que el que no quiere ver.