¿No enseñó Jesús que nunca debemos juzgar a los demás? Él dijo: “No juzguéis, para que no seáis juzgados.” (Mt. 7:1) Esta no es una prohibición de hacer juicio en momentos y maneras debidas. Jesús mismo dijo en otra ocasión “no juzguéis según las apariencias, sino juzgad con justo juicio” (Jn. 7:24). Son muchas las veces que se nos enseña en el Antiguo Testamento que Dios ama la justicia y el juicio. Lo que el Señor prohíbe es la crítica indebida que no toma en cuenta las debilidades personales. 

La palabra juzgar es un verbo que evoca un juicio ante un tribunal y muchas veces nos convertimos en jueces duros del prójimo suponiendo que estamos moralmente arriba de los otros.

¿Por qué no debemos juzgar a otros indebidamente?

Mt. 7:2 Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido.

Este es un principio espiritual de muchísima importancia. No tiene como objetivo relativizar el juicio final sino establecer que en el juicio del gran trono blanco habrá una retribución justa a cada persona por la forma en que hayamos tratado a los demás. Hay básicamente dos formas de juzgar a las personas, de manera inflexible y rigurosa, o juzgar con misericordia. “Porque juicio sin misericordia se hará con aquel que no hiciere misericordia; y la misericordia triunfa sobre el juicio” (Stg. 2.13). Es lo mismo que aquello que Jesús había dicho antes en el sermón del monte, particularmente en la oración del Padrenuestro “y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores” (Mt. 6:12), también podemos encontrar esta enseñanza de la parábola del funcionario que no quiso perdonar (Mt. 18:21-35). En esta historia quien había sido perdonado por muchísimo dinero no pudo perdonar la deuda a un compañero que le debía poco dinero y por haber hecho esto el rey ordenó castigarlo hasta que pagara lo que debía. Erigirnos como jueces de los demás sin tener misericordia de ellos hará que en el día del juicio Dios nos juzgue con rigor y sin ninguna compasión.

Más bien se nos dice que cuando veamos que alguien está caído, nosotros que somos espirituales podamos restaurarles con amabilidad y mansedumbre sabiendo que nosotros también podemos ser tentados. (Gá. 6:1)

La hipocresía del juicio indebido

3¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?

Jesús expresó la exageración de la viga en un ojo porque nos hace ver que muchas veces somos inconsistentes en nuestras críticas a los demás. Solemos juzgar pecados más pequeños cuando nuestras acciones, pensamientos y palabras pecaminosas son mayores. Vivimos tan anestesiados o encallecidos que hemos aprendido a ya no apenarnos por nuestro estado.

La viga no nos deja ver, nos produce ceguera  incapacidad para ayudar a otros. En ese estado no somos aptos para tratar de liberar a otros.

4¿O cómo dirás a tu hermano: Déjame sacar la paja de tu ojo, y he aquí la viga en el ojo tuyo?

Cuando juzgamos a otros lo que menos queremos es ayudar a los demás a quitarse la paja sino lo que deseamos es humillarlos, acribillarlos con sentencias, con maldiciones exasperantes, con pronunciamientos de ira destructiva. Pero cuando quitamos la viga nos hacemos aptos para juzgar con juicio debido, con humildad y mansedumbre, con amor y respeto por los demás, hasta con comprensión. Es decir, el juicio no es lo prohibido, sino el no poder juzgarnos primero a nosotros mismos antes de pasar el estándar por el de los demás.

Las palabras y actitudes tienen peso ante la eternidad, por eso tengamos cuidado con lo que pronunciamos y pensamos. La Biblia enseña que todos somos esencialmente pecadores, no hay ni uno que merezca la salvación y si somos salvos por gracia, debemos aplicarla para con los demás (Ro. 3). Sirve pensar quienes somos y quiénes éramos antes de conocer a Cristo antes de levantar el dedo acusador.