¿Cuántos hemos luchado con el pensamiento de que tal vez por alguna razón nuestras oraciones no tendrán respuesta? ¿Vale la pena orar? ¿De verdad tendremos respuesta? Jesús conocía que a veces dudamos al respecto, por lo cual nos ofreció grandes promesas sobre la seguridad de la respuesta del Padre, él dijo:

Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. Mt. 7:7,8

En este pasaje vemos tres ordenes: pedid, buscad y llamad. Las tres son sinónimos de oración pero con énfasis diferentes. La petición dice “dame, concédeme, te pido, …”. La búsqueda es el proceso a través del cual una persona trata de encontrar algo perdido o algo oculto, podemos buscar sabiduría y conocimiento, podemos buscar amor, poder o éxito… llamar es invocar, pedir la atención de alguien, pedir la presencia de una persona, pedir que se nos abra la puerta para que se oiga nuestra petición. El problema no es que pedimos y no recibimos sino que no tenemos porque no pedimos lo suficiente (Stg. 4:2).

Las tres promesas son que TODO AQUEL que hace alguna de estas acciones: recibirá, hallará y se le abrirá la puerta. Notemos la afirmación “todo aquel”, lo cual no pone excepción alguna. El fin de estas promesas es concedernos fe para esperar ver, recibir, hallar y encontrar la puerta. La oración vale la pena porque Dios es real y está al otro lado de la línea. Dios más que un amigo con el que uno conversa sobre los problemas y no te puede solucionar los problemas es un padre que nos escucha con compasión y nos responde a su debido momento. Para darnos un ejemplo de esto, Jesús nos muestra lo que sucede en el mundo cotidiano entre un padre y su hijo:

¿Qué hombre hay de vosotros, que si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pescado, le dará una serpiente? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?  Mt. 7:9-11

Nunca hemos conocido a un padre que sea tan cruel como para darle una culebra a su hijo hambriento por más malo que sea. Entonces ¿por qué dudamos en cuanto a nuestro Padre celestial? ¿Por qué nos cuesta tanto? Además ¿por qué Dios prometería darnos algo que no está dispuesto a dárnoslo?

comida

Es importante señalar que Dios no nos dará una piedra ni una serpiente pero sí nos dará pan. Esto significa que él no responderá las peticiones que sabe que nos dañarán pero sí promete darnos aquello que nos ayudará.

Nos falta reconocer más las buenas dádivas del Señor. Qué gozo es cuando uno puede tener aquello que ha pedido, encontrar lo que ha buscado con tanto ahínco y ver que uno no estuvo llamando en vano ante la puerta celestial. Si queremos que esta dicha se nos conceda con más frecuencia no debemos sino probar y comprobar como estas promesas se cumplen. Ánimo, Dios te ama y está por contestar…