La consecuencia de conocer a Dios es amar al prójimo porque Dios es amor, nos dice el apóstol Juan (1 Jn. 4:8). A Juan, hijo de Zebedeo, le gusta hablar mucho sobre el amor porque él lo conoció en persona. Si él dice que Dios es amor y Jesús es Dios (Jn. 1:1), entonces Jesús es amor porque es el fiel reflejo del Padre. Su amor lo vio en su servicio desinteresado, en la bondad con que sanó a los enfermos, en su paciencia para con sus enemigos, en su humildad y mansedumbre, en su tierno cuidado, en su perdón y aún en permitir que se recostara en su hombro. Pero, la forma máxima en que pudo conocer el amor del Padre es al ver que Dios dio su vida por nosotros los pecadores (Jn. 3.16) para poder salvarnos de la condenación. Su amor no está peleado con su justicia y santidad que demanda que el pecado sea juzgado sino que está dispuesto a hacerse justicia y a llevar la pena de su justa demanda para darnos vida y acercarnos a él por siempre. “Nadie tiene un mayor amor que éste: que uno dé su vida por sus amigos” (Jn. 15:3), no hay mayor amor al de Jesús. Lo extraordinario de su amor no es que alguien muera por otro en un acto heroico, sino que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros (Ro. 5:6-8).

En otra ocasión Pablo ora que arraigados y cimentados en amor, seamos plenamente capaces de comprender cual es “la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento” (Ef. 3:17-19). Notemos que Pablo nos enseña que el amor de Cristo y de Dios está ahí y es sublime y sin igual, pero no es comprensible con la mente natural sino que su discernimiento es un don espiritual. El amor de Dios es como la lluvia que se derrama en el corazón por medio del Espíritu Santo que él nos da (Ro. 5:5). Sobre todo, su amor es transformador, simplemente no podemos ser iguales al conocerlo.

El amor es el máximo precepto de la Biblia y es el fin al cual Dios nos quiere guiar, pero no solo como un precepto ético, teológico o filosófico sino como una relación experimental y permanente con el Dios de amor. El amor emana desde la cruz pero comenzó en la eternidad, tal y como unos padres que aman a sus hijos antes que nazcan así fue Dios al planear todo para nosotros. A su amor no lo cambian nuestros pecados y fallas, él nos ama a pesar de esto, a pesar de las ofensas y rebeldías, a pesar de nuestra dureza y lejanía. ¿Por qué alejarnos? ¿por qué ignorarlo? ¿por qué no querer conocerle?

El amor comenzó en él en la eternidad y se hizo manifiesto al crearnos. Si hay en este mundo algún acto de amor genuino, esto proviene de él. Pero si le amamos a él, es porque él nos amó primero (1 Jn. 4:19). Nuestro amor es una respuesta natural, lo que no sería natural es conocer su amor y rechazarle. Pero la evidencia de que le hemos conocido es que amamos a los demás. Este amor es el amor sacrificial que busca hacer siempre el bien por los demás, aún por los enemigos, el que perdona, el que ayuda, el que respeta, cuida, tiene paciencia. Dios es amor porque esa es su esencia, y tú ¿le conoces realmente?