Existe una confianza vana en algunos sectores evangélicos que el  confesar a Jesús como Señor les dará la salvación sin una fe verdadera. La confesión de que Jesús es Señor es la aseveración más básica del cristianismo, pero esta debe ser acompañada por una correcta relación con Dios y por obediencia, Jesús enseñó “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.” (Mt. 7:21) pero también encontramos esta verdad que el apóstol Pablo dice que era el centro de su predicación, “que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo… porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Ro. 10:9,13). Existe una falsa confesión de fe que es la de aquellos que llaman a Jesús Señor pero no hacen lo que él dice como Señor (Lc. 7:21). Hay, lamentablemente, no pocas personas que hacen una declaración de labios solamente y que “profesan conocer a Dios, pero con los hechos lo niegan, siendo abominables y rebeldes, reprobados en cuanto a toda buena obra.” (Ti. 1:16). Tenemos que aseverar que la confesión de Jesús como Señor salva solo si hay una fe genuina que la sustenta. La fe verdadera es aquella que lleva frutos de justicia, la que obra por amor y la que hace la voluntad de Dios. Notemos como la confesión y la obediencia se unen en aquellos que verdaderamente han nacido de nuevo “Señor, ¿qué quieres que yo haga?” (Hch. 9:6).

No nos confundamos, cuando Jesús dijo que el que hace la voluntad de Dios es quien entrará al reino de los cielos no está diciendo que la fe no importa o que la fe y las obras son las que llevarán a una persona al cielo, antes el dijo que el árbol malo solo puede dar fruto malo y el bueno dará fruto bueno (Mt. 7:17,18). Los que nacen de nuevo, los que tienen una nueva naturaleza llamarán a Jesús Señor, de corazón y darán frutos verdaderos de obediencia porque esa es su naturaleza.

Otro aspecto de esta falsa confianza en la profesión es creer que los milagros hechos por Dios en nuestro ministerio implican su aprobación. Notemos sus palabras:

 Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad. (Mt. 7:22,23)

En primer lugar Jesús dicen que serán muchos los confundidos y los que quedarán fuera del reino. En el ala pentecostal y carismática muchas veces se considera que quien logra echar fuera un demonio, quien dice una palabra profética, quien sana a un enfermo o hace algún tipo de milagro está en otro nivel espiritual, se piensa que es el más consagrado o santo, pero aquí Jesús nos está diciendo que esto no siempre es así. Antes Jesús corrigió a sus discípulos a no poner su vista en lo que podían lograr por la gracia sino en la gracia de la salvación, “Pero no os regocijéis de que los espíritus se os sujetan, sino regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos.” (Lc. 10:20). No debemos confundir el don del Espíritu con aprobación a nuestra conducta, porque los dones son gracias, regalos inmerecidos, y le pertenecen a Dios, son obra suya y no nuestra, por tanto, procuremos humildad. Pablo dice que la salvación es por gracia y no por obras para que nadie se gloríe (Ef. 2:8,9). De lo que sí debemos preocuparnos es si Jesús nos conoce. Una cosa es que nosotros proclamemos conocerle y prediquemos en su nombre, otra distinta es que nuestro nombre sea conocido en los cielos “Pero el fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos; y: Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo.” (2 Ti. 2:19). Este texto nos dice que para ser conocidos por él debemos ser suyos ¿cómo somos de él? pues entregándonos a él de todo corazón, él dice “venid a mí los que estáis fatigados y cansados” y “al que a mí viene no le echo fuera”. Por tanto, los que invocamos su nombre, es decir, los que le llamamos Señor de nuestras vidas, debemos apartarnos de iniquidad.

La salvación no se trata solo de una confesión vacía de labios sino de una confesión nacida de una fe no fingida, de corazón limpio. Una relación de obediencia en la que somos conocidos por el Padre. ¿Cómo evaluamos una verdadera confesión de fe? Cada quien debe hacer lo que Pablo dijo  “Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos. ¿O no os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está en vosotros, a menos que estéis reprobados?” (2 Co. 13:5). Santiago dio algunas pautas de cómo es la fe genuina en Santiago 2, debe ser conforme al amor, debe tener obras, debe ser viva. Puede ser un shock que alguien se dé cuenta que la confesión que ha hecho por años en realidad es superflua pero es muchísimo mejor si esto evita que más de uno llegue allá creyendo que entrará por razones equivocadas. En resumen, ¿tu confesión de Jesús como Señor es sustentada por tu obediencia o tus obras son malas? ¿vendrás a Cristo pidiendo perdón y rogando que cambie tu corazón y te haga hacer su voluntad?