Justo luego de que Jesús bajó del monte donde dio su gran sermón del monte vino un leproso a postrarse ante él “…diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme.” (Mt. 8:2). Podemos ponernos a pensar en las implicaciones de estas sencillas palabras al considerar la fe que se requirió para pronunciarlas dada la terrible condición de esta enfermedad.  Es sabido que la lepra era una enfermedad que aislaba a las personas de la sociedad en general y considerada por muchos como una maldición que podía contagiarse. El leproso de la historia había oído acerca de Jesús y su capacidad sanadora y vino a postrarse ante él con lo cual nos habla de su humildad y devoción, también le llamó Señor, palabra con lo cual se le llamaba a Dios por su relación con la humanidad como el dueño del mundo y el dador de la ley. Más que duda “si quieres, puedes limpiarme” es obviamente una petición de sanidad que considera la soberanía divina. En el no hay duda sobre el poder de Cristo sino si acaso este quiere. Pablo dice “que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia.” (Ro. 9:16), hay muchos que quieren y hay otros que corren más rápido que otros pero la gracia Dios la concede a quien él desea soberanamente.

Lo bueno de la historia es que Dios suele querer. Pablo dice que Dios es “rico en misericordia” (Ef. 2:4) por lo cual el usualmente concede la sanidad a quien humildemente se lo pide. Mateo continúa el relato y nos dice que “Jesús extendió la mano y le tocó, diciendo: Quiero; sé limpio. Y al instante su lepra desapareció.” (Mt. 8:3). El texto nos dice que al momento que extendió su mano para tocarle le respondió con un “quiero; sé limpio”. El toque de su mano desafió el poder de la enfermedad para infectarlo, y al contrario, le impartió salud a todo su cuerpo. Con su voz le dio calma y seguridad y dio la orden de ser limpiado en lo que en un instante su piel se convirtió como la de un bebé.

Son muchos más los que se acercan con osadía arrogante a Cristo, como si este les debiera algo “le reclaman” el derecho de ser sanos. Este leproso fue osado al acercarse aún con el rechazo de la multitud, pero mostró gran fe y humildad en su actitud además de un gran conocimiento de la soberanía del Rey que hoy pocos muestran. Alguien dirá que Dios siempre quiere y por tanto no hay que pedirle permiso, pero eso no es del todo cierto, a veces Dios dice como a Pablo “bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad” (2 Co. 12:9) después de haber pedido varias veces. Seguro que Dios contesta las oraciones que son conforme a su voluntad porque estas dicen “hágase tu voluntad”, pero ¿qué pasa si no lo hace, si no quiere? ¿nos iremos apenados por el rechazo? lo dudo si es que en verdad hemos adorado con humildad y amor. Aún si llegara a suceder que Dios no quiere ahora, no significa que no lo haya de hacer el día de la resurrección de nuestros cuerpos, esta era la gran esperanza segura de Pablo como dice en el siguiente pasaje refiriéndose al cuerpo “Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos.” (2 Co. 5:1)