Un centurión romano era un hombre que dentro del ejército romano tenía a su cargo ochenta soldados (nominalmente cien) y era escogido por su resistencia, templanza y capacidad de mando. Dentro del ejército ellos avanzaban a la guerra seis centurias que formaban un cohorte y diez cohortes hacían una legión.

En Mt. 8:5- 13 se nos narra que en una ocasión uno de esos centuriones vino a Jesús a rogarle por la sanidad de un criado que estaba en cama, paralítico, gravemente atormentado. A esto, Jesús respondió con la disposición para ir a sanarle. Es sabido que para los judíos comer o entrar a la casa de un gentil era algo muy mal visto porque los consideraban inmundos, es por esto que el centurión dijo: “Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente di la palabra, y mi criado sanará.” (Mt. 8:8). Hay varias cosas que observamos en el pasaje, primero que éste, si bien era un hombre de guerra, no era un déspota sino alguien que amaba y cuidaba a sus criados, realmente entendía el valor de la autoridad. Él mismo se consideraba un humilde siervo pues llama a Jesús Señor del cual no es digno que se tome esa molestia de ir a su casa. También es un hombre de fe que entiende como funciona la autoridad, y sabe que por ser Jesús el Señor posee toda autoridad sobre la naturaleza.

El centurión dice: “Porque también yo soy hombre bajo autoridad, y tengo bajo mis órdenes soldados; y digo a éste: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace.” (Mt. 8:9). Con estas palabras el centurión expresa como era su experiencia cotidiana al recibir ordenes de sus superiores los tribunos y al él darlas a sus subordinados. En la milicia él observaba que todo mandato dado por los superiores siempre o casi siempre era ejecutado sin cuestionamientos y a la brevedad. Él cree que ese mismo tipo de autoridad es el que tiene Cristo, por lo que no requiere de poner un pie en su casa y con que de la orden, la naturaleza la llevará a cabo, no importa la distancia o lo que parezca imposible.

Cuando Jesús lo escuchó se maravilló al ver de que ni en Israel vio tanta fe. Por haber confiando en su autoridad, el Señor dijo al centurión: “ve, y como creíste te sea hecho” y así fue, cuando llegó lo encontró sano y salvo.

La fe no depende de la nacionalidad ni tampoco de la profesión a la que te dediques, más bien tiene que ver con tu corazón. ¿Cómo es que este hombre llegó a desarrollar semejante fe? no lo sabemos; no sabemos quien le habló y lo discipuló pero él tenía una fe real y Jesús le recibió como promete recibir a todo aquel que en él crea. Lamentablemente vivimos en tiempos donde la obediencia y la sujeción a las autoridades no es algo que se valore y por tanto no disponemos del ejemplo de lo que significa la autoridad de la palabra, el ejército sigue dándonos una buena parábola de lo que sucede cuando Jesús habla. Al resucitar Jesús dijo: “toda potestad me es dada en los cielos y en la tierra” (Mt. 28:18), ¿crees tú en verdad que él tiene autoridad sobre TODO? ¿De qué maneras puedes creer y confiar en la autoridad de Cristo? A veces como seres humanos que nos basamos en la evidencia y nos consolamos con la presencia desearíamos que Jesús bajara y nos respondiera con cosas visibles, pero ¿cuántos son capaces de creer que la distancia del cielo a la tierra no es nada para la palabra efectiva del Señor?