Es cierto que, en este tiempo, aún cuando se vea avivamientos de sanidad alrededor del mundo y haya personas con el don de sanidad que realizan campañas de sanidad y milagro, solo una pequeña parte de los enfermos es curada en realidad. No obstante, no todos creen que hoy haya sanidad divina, y otros, los más incrédulos quienes se creen racionalistas, ven mitos en los relatos de los evangelios cuando se nos habla de las sanidades de Jesús. Mateo no pierde el tiempo en mencionar que una de las señales del mesianismo de Jesús fue la capacidad de sanar a todos los enfermos y echar fuera a los demonios lo cual menciona como un hecho histórico como aquella vez que en una tarde sanó a todos los que le trajeron (Mt. 8:16). Éste evangelista señala que esto era el cumplimiento de la profecía en Isaías 53 “… El mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias.” (Mt. 8:17). Pese a que este último pasaje presenta a un siervo sufriente que lleva las enfermedades y dolencias sobre sí, refiriéndose en primer lugar a las consecuencias del pecado (Is. 1), Mateo le da un sentido literal a las enfermedades que Cristo llevó.

Por tanto, el hecho de que Jesús haya sido el único capaz de sanar a todos a través de un toque o una palabra lo convierte en el cumplidor de la palabra profética, el Salvador de la humanidad. Jesús al ascender al cielo dio autoridad a sus discípulos para hacer sanidades en su nombre, en otras palabras, el único que sana es Jesús a través de los que creen en él (Hch. 3:16). Otra razón por la que Dios no permite que sucedan sanidades de absolutamente todas las personas es que esto llevaría al orgullo de los instrumentos humanos. Notemos que Pablo era usado por Dios para sanar enfermos, pero él mismo no fue sano para llevarlo a ser mucho más humilde (1 Co. 12). La sanidad divina para todos será introducida en la presencia plena de Jesús en su segunda venida (Ap. 21:4, 22:2,3), ahora nos toca probar los poderes del mundo venidero por la presencia del Espíritu (Heb. 6:4,5). En esencia, la Biblia llama a Dios nuestro sanador (Sal. 103:3), pero Dios en su soberanía y su bondad con frecuencia nos concede sanidad cuando se la pedimos. El punto que quiere enseñarnos Mateo es que Jesús es el sanador y nuestra única esperanza por su sufrimiento en la cruz del calvario.