Hace unos 3000 años atrás los judíos hicieron una elección de gobernante, no de la persona específica pero sí de modelo de gobernante y para su desgracia Dios se los concedió. En 1 S. 8 se nos relata que el rey anhelado era el que fuese como el de las naciones vecinas, un guerrero que los llevase a la guerra dirigido por sus propios intereses. El primer rey de Israel elegido fue Saúl, un joven alto, fuerte y de buena apariencia que Dios escogió para liberar a su pueblo de los filisteos (1 S. 9:16), al principio él se sentía incapaz pero luego cambió su corazón al recibir poder. A parte de sus cualidades personales Dios lo ungió con su Espíritu con una capacidad especial para la batalla. Su reino podía ser duradero y aún ser confirmada su dinastía o podía ser breve dependiendo de su obediencia, Dios le daba el beneficio de la duda. Lo primero que demostró Saúl fue la confianza en sí mismo más que la confianza en Dios. En 1 S. 13 relata la ocasión en que, desesperado porque Samuel no llegaba para presentar sacrificios veía que sus soldados se iban, presentó por sí mismo sacrificios a Dios. Esto muestra su impaciencia, su falta de fe, su manipulación y el usar las cosas espirituales como un medio para un fin además de usurpar una función que no le correspondía, por ello Samuel le dijo que su reino no duraría, sino que sería dado a un hombre conforme al corazón de Dios. Tiempo después (1 S. 15) Dios le encargó destruir a Amalec y no dejar nada con vida, pero en una clara desobediencia dejó con vida al rey y a sus animales más gordos y luego se edificó un monumento. Cuando Samuel llegó a preguntarle si había obedecido el rey dijo que sí, pero al ser cuestionado sobre las vacas y ovejas alegó que el pueblo quería ofrecer sacrificios a Dios. La realidad es que Saúl estaba más dispuesto a buscar el agrado de la gente que el de Dios, al punto que cuando Samuel le dijo que Dios lo desechaba pidió que lo acompañase para que el pueblo lo honrase. Samuel lo acusó de ser un rebelde y obstinado, es decir, no había sido solo un error sino un abierto desafío a quien lo puso en el reino, había caído en un estado de ceguera por el poder y el reconocimiento del pueblo fruto de su orgullo y de apartarse del Señor. Las fisuras de su corazón resultaron ser al final su fracaso.

Cuando Dios ordenó a Samuel a ungir a un sucesor fue a la casa de Isaí y al ver a Eliab pensó que él era él elegido, pero Dios le dijo “no mires a su parecer ni lo alto de su estatura porque yo lo desecho, porque Jehová no mira lo que mira el hombre; porque el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón” (1 S. 16:7). Samuel no debía esperar guiarse por la apariencia externa sino por los valores internos de la persona. En efecto el elegido fue el más joven de los siete hermanos, David el pastorcillo. La sentencia divina es válida para este tiempo donde acudimos a elegir a nuestros gobernantes, solemos basarnos más en la apariencia que en el corazón. Para el tiempo de Samuel la vara de medir era en función de la fuerza y la altura, para el tiempo de los griegos y hasta la fecha es la sabiduría (filosofía) y la capacidad de oratoria (1 Co. 2). Pablo decía “ni mi palabra ni predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría sino con demostración del Espíritu y de poder” (1 Co. 2:4), lo mismo fue característico en David, cuando venció al gigante nadie se lo esperaba, pero su corazón alineado a la fe y al celo por la gloria de Dios desataron el poder de Dios en él. No es sino la falta de realidad lo que lleva a los políticos a aparentar y a mentir con el fin de ganar ventaja, aún Sócrates distinguió el verdadero político del político sofista cuando dijo:

[Así], la cosmética es a la gimnástica lo que la sofística a la legislación, y la culinaria es a la medicina lo que la retórica es a la justicia. Como digo, son distintas por naturaleza, pero, como están muy próximas, se confunden, en el mismo campo y sobre los mismos objetos, sofistas y oradores, y ni ellos mismos saben cuál es su propia función ni los demás hombres cómo servirse de ellos.[1]

Aquellos que no tienen fuerza ni sabiduría real inventan todo aquello que llene sus defectos al punto que en la filosofía de Sun Tzu todo el arte de la guerra está basada en el engaño. El siervo de Dios, por otra parte, se sabe limitado, pero no inventa sino confía en el poder divino. Pablo dice “para estas cosas, ¿quién es suficiente? Pues no somos como muchos, que medran falsificando la palabra de Dios, sino con sinceridad, …” (2 Co. 2:16,17). El apóstol dice que lo que define a un siervo y administrador de Dios es su fidelidad (1 Co. 4:1-2) a lo que Dios demanda, a la verdad y al amor, y no a la búsqueda de reconocimientos “¿qué busco? ¿el favor de los hombres o el de Dios?” (Gá. 1:10) y es que la verdad no se inventa, sino se sigue. Mientras que los enemigos de Pablo se ensalzaban así mismo él se recomendaba por no agraviar, corromper o engañar a nadie (2 Co. 7:2), se recomendaba por medio del éxito de su trabajo (2 Co. 3:1-3), se recomendaba por la perseverancia en sus sufrimientos, su pureza, bondad, amor sincero, en palabra de verdad, aunque a veces fuera deshonrado o visto como un engañador, etc. (2 Co. 6:1-13).

La Escritura a diferencia de los reyes de los pueblos paganos que buscaban legitimidad en sus mitos y leyendas que los exaltaban, siempre revela los pecados de los reyes y establece como base del gobierno no la voluntad del rey sino la ley del Señor. Lo mismo que presenta las virtudes de David también las fallas familiares y morales porque su fin no es cubrir de heroísmo irracional a nadie.

Antes mencionamos que una de las figuras que muestran lo que es un gobierno es el del pastoreo. El Salmo 78 nos enseña que desde el comienzo la nación de Israel fue guiada por Dios a través de Moisés desde la salida de Egipto hasta su entrada a la tierra prometida. Luego tenemos que Dios levantó a David detrás de las ovejas para ponerlo a pastorear a su pueblo y dice que él “los apacentó conforme a la integridad de su corazón, los pastoreó con la pericia de sus manos” (Sal. 78:72), de aquí reconocemos dos cualidades de David: la integridad de su corazón y la pericia de sus manos, integridad y habilidad.

  • Integridad de corazón: recordemos que para los judíos el corazón es el asiento de los pensamientos, de los sentimientos y la voluntad, y la integridad se refiere a la concordancia entre sus hechos, pensamientos y voluntad, donde Dios dirige su vida personal y pública, en quien no hay espacio para el doblez de corazón y está entregado solo al bien por amor al Señor. David declara el anhelo de vivir en integridad en su casa y en su palacio en el Salmo 101. La Biblia nos habla de volverse de todo corazón y de servir a Dios de todo corazón, pero de Salomón dice: “su corazón no era perfecto con Jehová su Dios, como el corazón de David su padre” (1 R. 11:4). David verdaderamente quería hacer lo que a Dios le agradaba en todas las áreas de su vida y esto lo hacía integro: él quería ser integro en su propia casa (Sal. 101) y nunca tomaba decisiones por sí mismo sino siempre consultaba a Jehová (cf. 2 S. 5:19). No obstante, su integridad quedó manchada por el adulterio, pero de nuevo fue cubierto con la gracia y declara “bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado” (Sal. 32:1).
  • La pericia de sus manos: Como buen pastor David cargaba una vara y un cayado, con la primera defendía a sus ovejas de las fieras que querían atacarlas y con el otro corregía a los que se querían salir del rebaño y los dirigía hacia buenos pastos. Lo primero significa su habilidad para la batalla. Ya desde muchacho, antes de vencer a Goliat David sabía usar la honda y se podía enfrentar con leones y osos, luego David llevó a su pueblo a grandes victorias. En lo segundo David se enfrentó a insurrecciones en su propia familia para derrocarle, pero supo salir avante. David supo dirigir a su pueblo hacia la adoración al verdadero Dios, supo tener a una nación unida, en paz y prosperidad. David tenía una capacidad organizativa y directiva como pocos al grado que estableció un ejército invencible, colocó levitas y músicos en la adoración las 24 horas del día, funcionarios e instituciones adecuadas a su reino.

La fidelidad, amor, devoción, honor y rectitud de David fueron las razones para establecer con él y su descendencia un pacto de gobierno monárquico sobre su pueblo para siempre. Dios hizo un pacto con David y le dijo: “y será afirmada tu casa y tu reino para siempre delante de tu rostro, y tu trono será estable eternamente” (2 S. 7:16). Esto contrasta drásticamente con el reino de Saúl quien fue depuesto de su trono, también nos habla de la firme misericordia hacia David que iría incluso más allá del comportamiento de su descendencia “si dejaren sus hijos mi ley, …, castigaré con vara su rebelión, …, mas no quitaré de él mi misericordia ni falsearé mi verdad” (Sal. 89:28-33)

David fue escogido para ser el modelo de carácter, gobierno y liderazgo para su descendencia, aunque casi todos ellos fracasaron en seguir su ejemplo. Su hijo Salomón por ejemplo, cometió todos los errores advertidos en Deuteronomio 17: amontonó riquezas, tuvo 700 concubinas y 300 esposas, fue y compró caballos y al final se inclinó ante los dioses paganos (1 R. 11.1- 8). Por haber quebrantado el pacto con David su padre Dios le dijo que rompería su reino y lo daría a su siervo, pero le dejaría una parte del reino por amor a David (1 R. 11: 9-43). Aunque su gobierno fue de paz, prosperidad y riqueza, fue opresivo en lo tributario y sin una atención completa a las necesidades de las tribus, por tal motivo cuando éste dejó su legado a Roboam su hijo el reino se dividió en dos: el reino del norte gobernado por Jeroboam, antiguo siervo de Salomón, y el del sur (Judá) gobernado por los descendientes de David. Lo que suscitó esta independencia fue que Jeroboam y varios ancianos del país vinieron a pedirle al rey “disminuye algo de la dura servidumbre de tu padre, y del pesado yugo que él ha puesto sobre nosotros, y te serviremos” (1 R. 12:4), pero él no quiso oír al consejo de los ancianos quienes le dijeron “si tú fueres hoy siervo de este pueblo y lo sirvieres, y respondiéndoles buenas palabras les hablares, ellos te servirán para siempre” (1 R. 12:7). Roboam, sin embargo, prometió tratarles con más dureza y a cambio vio como el reino se partió en dos, prefirió seguir el modelo de los reyes paganos y no el de Dios, servirse y no servir (Lc. 22:25,26).

El modelo escogido por Dios y el nuestro debe ser el de aquellos que combinan un corazón bueno, gente con habilidades y con verdadero deseo de servir, lo demás tarde o temprano demostrará ser un fracaso. David fue un modelo para los reyes de Judá y también un excelente modelo de gobernante para toda época. Que Dios nos dé sabiduría para elegir a nuestros próximos gobernantes.

 

 

Fragmento de un libro no editado ni publicado de El reino de Dios y los reinos humanos, escrito por Erik A. Ramos, mayo 2018.