Un día Jesús y sus discípulos se subieron a una barca para ir del otro lado del mar de Galilea (lago) para continuar su ministerio en aquella región. Éste, como otros días había sido un día cansado como el resto, y Jesús tomó una siesta, su cansancio era tal que se durmió.  Si bien tenía la capacidad de sanar enfermos estaba sujeto a las debilidades físicas como hombre. ¿Se habrán percatado de que el clima estaba muy feo como para zarpar al mar? Sabemos que varios de esos discípulos eran pescadores que habían transitado por allí en muchas ocasiones y no se pondrían en peligro si se hubieran dado cuenta de ello. Todo parece indicar que la tormenta se desató de repente en el mar Mateo 8:24 nos dice que “se levantó en el mar una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca”. Este fue el momento donde se dieron cuenta que todo su conocimiento marítimo no servía de nada  porque la fuerza descomunal del mar los anegaba con rapidez. El temor se apoderó de sus corazones y el contraste no podía ser más extraordinario: las olas movían el barco de forma descontrolada, los discípulos creían que su muerte era inminente y Jesús dormía profundamente mecido por el mar.

“Y vinieron sus discípulos y le despertaron, diciendo: ¡Señor, sálvanos, que perecemos!” (Mt. 8:25). En Marcos 4:38 añade “¿no tienes cuidado de que perecemos?” En ocasiones cuando estamos pasando por algún tipo de tribulación podemos llegar a la etapa de la desesperación en que nuestra oración de fe se convierte en oración de reclamo hacia un Dios que sentimos inmóvil e indiferente a nuestra situación. ¿Habrá algún momento en que Dios estará muy ocupado como para atendernos o estará dormido o de vacaciones como se burló Elías de los profetas de Baal y Asera acerca de sus dioses (1 R. 18:27)? Sin embargo es cierto que a veces su actividad parece ser parte del pasado y tenemos que venir en la búsqueda de despertarlo, “Despiértate, despiértate, vístete de poder, oh brazo de Jehová; despiértate como en el tiempo antiguo,” (Is. 51:9). La Escritura promete “He aquí, no se adormecerá ni dormirá el que guarda a Israel.” (Sal. 121:4).

La cuestión por la que Jesús reprende a sus discípulos no es por haberle despertado sino por el temor que se había apoderado de ellos, por ser hombres de poca fe. Sin duda que tuvieron fe porque de otro modo ni hubiesen ido a Jesús buscando salvación de la situación. Pero ese tiempo de sumo peligro les hizo pensar que tal vez esto en realidad imposible de controlar, quizá pedían algún tipo de milagro por el cual fuesen protegidos pero jamás que detuviera la tormenta. ¿Que si por qué tememos?- dirían ellos – tenemos razón para temer. Pero ¿por qué? si Jesús está con ellos, el que creó el mundo, la tierra y el mar, pero tal vez no hay un conocimiento suficientemente convincente de él como para darles paz así que temen.

Jesús se puso en pie y “reprendió a los vientos y al mar; y se hizo grande bonanza” (Mt. 8:26). Su sola voz bastó para calmar los vientos y el mar tempestuoso que amenazaban con devorarlos. La reacción que vino fue de maravilla ¿a qué hombre le obedece la naturaleza furiosa? Exacto, la prueba los llevó a conocer a Cristo en su estado más débil y en su gloria poderosa controlando el cosmos. Éste debía ser más que un hombre agotado o una criatura enviada del cielo sin autoridad personal, debía ser Dios mismo. El Antiguo Testamento decía “Jehová en los cielos es más poderoso que el estruendo de las muchas aguas” (Sal. 93:4), “El que sosiega el estruendo de los mares, el estruendo de sus ondas, y el alboroto de las naciones.” (Sal 65:7)…

Creo que la historia nos enseña acerca de la tendencia natural que tenemos de humanizar a Dios más allá de lo humano que se ha hecho para nosotros. Jesús no dejó de ser Dios al hacerse humano y eso se olvida o se ignora, nos cuesta entender esto a lo cual los teólogos llaman la unión hipostática de Cristo de sus naturalezas humana y divina, es un misterio pero son dos verdades que deben ser creídas. La prueba a veces nos ciega a ver al que viene en la barca, cuando llega la enfermedad mortal, la deuda o los problemas familiares nos sentimos sin salida. ¿Qué habría esperado Jesús que si hicieran si hubiesen tenido fe? ¿Habría Cristo esperado que ellos se pararan con la autoridad del Señor que descansaban y detuviesen ellos mismos el mar? o quizá ¿esperaría que ellos con calma fuesen a llamar al Salvador? En todo caso la fe hubiese obrado. Pero aún con la poca fe que solemos tener Dios responde sin ser ese el mejor escenario para nosotros. Cuando esto pasa descubrimos que Dios es mayor a lo que pedimos o entendemos, que él nos ama y nos cuida.

Sal 107:27  Tiemblan y titubean como ebrios,
Y toda su ciencia es inútil.
Sal 107:28  Entonces claman a Jehová en su angustia,
Y los libra de sus aflicciones.
Sal 107:29  Cambia la tempestad en sosiego,
Y se apaciguan sus ondas.
Sal 107:30  Luego se alegran, porque se apaciguaron;
Y así los guía al puerto que deseaban.
Sal 107:31  Alaben la misericordia de Jehová,
Y sus maravillas para con los hijos de los hombres.