Las declaraciones y promesas tienen valor en tanto que se tenga la autoridad y el poder para su cumplimiento. No es lo mismo que un ciego diga “me subiré a ese árbol” a que lo diga una persona que ve o a que lo diga un anciano de 80 años, no es lo mismo que un rico diga “compraré ese centro comercial” a que lo diga un mendigo o un niño de 10 años. En lo espiritual sucede algo parecido, cualquiera puede decir “tus pecados te son perdonados” pero solo Dios tiene la autoridad para realizarlo.

En Mateo 9:1-8 se nos relata la ocasión en que Jesús se hallaba enseñando en una casa cuando trajeron a un paralítico tendido en una cama y lo metieron por el tejado. Cuando Jesús vio la fe de ellos le dijo al paralítico: Ten ánimo, hijo; tus pecados te son perdonados. Esta expresión de Jesús resultó sorpresiva para los presentes, ¿cómo sabía Jesús que este hombre había cometido pecados? ¿No era la necesidad física el motivo principal para este esfuerzo? ¿Por qué Jesús diría estas palabras si solo Dios podía perdonar? Los teólogos del momento, los escribas, decían: Este blasfema.

Jesús en vez de entrar en un debate teológico procedió a mostrar de forma fehaciente que sus palabras no eran huecas sino que estaban revestidas de autoridad genuina, entonces les preguntó “¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? Porque, ¿qué es más fácil, decir: Los pecados te son perdonados, o decir: Levántate y anda?” Tal vez a los ojos de ellos era más fácil decir “tus pecados te son perdonados” porque nunca podía llegar a comprobarse si eso se hacía realidad, pero ¿sanar a un enfermo?, si él declaraba su sanidad y no era realizada Jesús quedaría en vergüenza.

La verdad es que ninguna de estas dos declaraciones son fáciles de ser pronunciadas, pero al parecer la segunda es más fácil. En el libro de Hechos veremos a Pedro diciéndole a un cojo “en el Nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda” (Hch. 3:6), nunca tales declaraciones fueron hechas a título personal sino en el nombre de Jesús. Sin embargo, nunca vemos a ningún apóstol diciendo “tus pecados te son perdonados”.

Con el fin de mostrar tangiblemente que el Hijo del Hombre tenía potestad en la tierra para perdonar los pecados le dijo al paralítico “Levántate, toma tu cama, y vete a tu casa.”  Jesús no podía mostrarles que con su palabra los pecados de aquel hombre habían sido borrados efectivamente, pero sí podía darles una demostración objetiva del poder de sus palabras al efectuar esta tremenda sanidad. El paralítico se levantó y se fue a su casa.

La gente entonces estaba maravillada y glorificaba a Dios “que había dado tal potestad a los hombres.” Esto no significa que los hombres en general tengan ese poder, sino que por medio de Cristo los hombres acceden a esa gracia. El apóstol Juan dice que “si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo, para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9), esto quiere decir que Jesús es fiel a su promesa de perdón a quienes confiesan sus pecados al Padre y este perdón es real y efectivo.

Por tanto, no hay por qué dudar o temer al juicio luego de confesar al Señor. Tampoco debemos sentirnos culpables o aceptar las acusaciones del enemigo que nos condene.

Por lógica tenemos que si solo Dios perdona, y en efecto Cristo tiene esa potestad entonces Jesús es Dios. Él nos mira en nuestra condición y conoce nuestro pasado, y nuestro estado presente, él sabe que nuestra necesidad máxima es la de perdón y salvación y nos la quiere ofrecer. Vengamos a él y traigamos ante él a nuestros familiares y amigos. Su gracia abundante es sorpresiva incluso antes de que le pidamos perdón como fue el caso de este paralítico.