Hay gente de nuestra sociedad que queda estigmatizada por sus faltas del pasado que reciben el desprecio y la lejanía de la “gente bien”. Eso mismo pasaba en el tiempo de Jesús con los llamados publicanos y pecadores.

Los publicanos eran recaudadores de impuestos para Roma, los cuales eran vistos como ladrones de cuello blanco porque en el ejercicio de sus funciones cometían abusos económicos y también eran considerados traidores por servir al enemigo. Los pecadores eran esa gente que no guardaba la ley de Moisés, que tenían una vida desenfrenada, algunos eran adúlteros, otros ladrones, otros borrachos.

Un día Jesús iba pasando frente al banco de los tributos (Mt. 9:9) e invitó a un hombre llamado Mateo diciendo: Sígueme y este levantándose le siguió. Este hecho es increíble porque nos habla de un Jesús distinto a la sociedad que rechaza, a esa que discrimina. Que no llamó para formar parte de su grupo a gente religiosa o bien aceptada sino a personas que tenían mala fama, lo interesante es que estos no lo rechazaban.

La decisión de Mateo no deja de sorprender, ¿cómo se decidió tan pronto por dejar su vida antigua para comenzar una nueva? ¿qué conocimiento y qué valor requirió para dar este paso? Jesús no era un desconocido que pasaba por ahí, era el personaje que estaba en boca de todos y era seguido por muchos. Algunos que iban tras él sin previa invitación pero otros privilegiados a quien Cristo mismo hizo la invitación. Y era necesario el llamado directo para personas como él que tal vez pensaron que eran las personas menos indignas siquiera para acercarse, por tanto él no debía perder la oportunidad.

Lo primero fue la invitación de Cristo para él, pero lo segundo fue una invitación a Jesús para ir a comer a su casa, no en un ambiente antiséptico de una sinagoga sino rodeado de los amigos pecadores y publicanos. Jesús ¡aceptó ir con él!, otros habrían tenido temor de contaminarse, o habrían rehuido a la invitación por temor a las críticas de los santos y de los legalistas fariseos. Jesús no lo sacó totalmente del contacto de las amistades paganas sino que fue con él hacia ellas. Cuando alguien se convierte no significa que estará rodeado de personas buenas sino que Dios quiere que llevemos a Jesús con los no tan buenos.

En dicha reunión los discípulos de Cristo comían junto con personas de la mala vida, conversaban y reían como si fueran del mismo camino. La verdad es que los pecadores se sentían atraídos hacia Jesús, lo veían accesible aunque sabían que él no aprobaba su estilo de vida, lo veían respetable e interesante, no alguien del cual huir.

Pero los fariseos, este grupo de judíos que buscaba de qué manera Jesús quebrantaba la ley de Moisés para juzgarle vieron lo que había pasado y preguntaron a los discípulos que si por qué su maestro comía con esas personas. Jesús no temía la crítica de aquellos que sabía que no tenían una verdadera relación con Dios sino que eran hipócritas.

Cuando Jesús oyó esto les contestó “Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos” (Mt. 9:12) Jesús sabía quienes eran los sanos y quienes los enfermos, los sanos eran los discípulos y los enfermos los pecadores. Cuando hay alguien enfermo va al doctor porque reconocen su necesidad, esta es la actitud del pecador que reconoce su necesidad de DIos y se acerca a él. Cuando un médico solo está con gente sana no merece ser llamado médico, no hace nada, no sirve en la necesidad real. La santidad no es limpieza pura que evita lo contaminante sino también tiene poder sanador, por tanto debe entrar en contacto con lo contaminante.

Jesús no aceptó su crítica sino que con autoridad les mandó a aprender lo que significa “Misericordia quiero, y no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento.” (Mt. 9:13), los líderes religiosos pensaron que la vida espiritual se trataba de lo ceremonial pero dejaban de lado lo humano, la misericordia y la justicia. Aprender misericordia es aprender a ser como Jesús en cuanto al tipo de relaciones que tenemos y por qué las debemos tener. La voluntad de Dios es que se haga misericordia para con los pecadores a través del evangelismo y esto no se puede hacer a la distancia.

Jesús llamó a Mateo, lo llamó del pecado al arrepentimiento y el respondió siguiéndole y presentándole a otros amigos que estaban igualmente necesitados que él. Algunos llamaron a Jesús amigo de pecadores, ¿qué tanto nos parecemos a él? ¿hasta que grado estamos dispuestos a “ensuciar” nuestra reputación con tal de presentar a Cristo a nuestros amigos pecadores?