En el tiempo de Jesús los maestros de la ley discutían cuál de los 613 mandamientos dados por Dios mediante Moisés. Jesús respondió diciendo que el precepto más importante era “oye, Israel; el Señor nuestro Dios, el Señor uno es. Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas.” (Mr. 12:29,30). ¿Qué significa amar a Dios y cómo podemos hacerlo?

Los antiguos griegos tenían por lo menos tres palabras para el amor: el eros usado para el amor romántico o de pareja, el amor filial usado para los familiares y el amor agape, una forma de amor que provenía no de las emociones (filial) ni del cuerpo (eros) sino de la mente. Amar por voluntad, por la determinación de hacerlo no importando el comportamiento de otros, implica que el agape puede ordenarse pues va más allá de lo que se siente. El Nuevo Testamento usa esta palabra para referirse al amor que Dios demanda que hay que dar a Dios y al prójimo. Sin embargo, mientras que el amor al prójimo el amor podemos definirlo como buscar y hacer el bien por el otro semejante a mí, el amor a Dios es buscar agradarle.

Si el amor a Dios es buscar agradarle, debemos preguntarnos qué es aquello que le agrada, entonces encontramos que a él le gusta que se haga su voluntad, que se cumplan sus mandamientos, Dios se agrada de quienes le temen y le sirven. El apóstol Juan nos dice “Pues este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos.” (1 Jn. 5:3).

Mientras que la medida del amor al prójimo está en la forma que nos amamos a nosotros mismos, es decir, tratarlos como nos gustaría que nos trataran, no podemos corresponder a Dios en el mismo grado que él nos ama porque su amor es profundo, ancho, largo y alto (Ef. 3:18). Este amor que nos mostró fue al dar a su Hijo (1 Jn. 4:9), Juan añade “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados.” (1 Jn. 4:10). ¿De qué manera podemos corresponder a su gran amor? ¿cuál debe ser la medida de nuestro amor y agradecimiento? Pablo nos dice “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional.” (Ro. 12:1), esto significa vivir una vida entregada para él como una forma de adoración, es poner nuestras vidas para hacer su voluntad.

Jesús dijo a sus discípulos que “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos.” (Jn. 15:13), esto fue lo que él hizo para ganarnos, ¿cómo podemos ser sus amigos y responder adecuadamente a su amor excelso?  “Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando.” (Jn. 15:14)

Pues bien, si deseamos y nos disponemos a amarle mediante la obediencia Jesús añadió que debe hacerse ” con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas.” El corazón era entendido por los judíos como la base del intelecto, la voluntad, la moral y los sentimientos de una persona, así se podía decir: obedecerle de corazón, arrepentirse de corazón, no endurecer el corazón, etc… El corazón señala al aspecto central del individuo, lo que domina el resto del ser. El alma, por otro lado, podía significar la vida misma, todo el ser, o la parte espiritual que piensa, decide y siente. La mente es la base del intelecto, de los pensamientos, de la reflexión, de la memoria, etc. Y las fuerzas se refiere a las potencias físicas, espirituales, económicas, emocionales del individuo.

Por tanto, el amor que Dios demanda no es solo una obediencia externa sino de “de todo corazón”, no debe corresponder a un amor alguna parte del ser sino “de toda el alma”, no debe ser solo con las emociones sino con todas las facultades mentales, un culto racional (Ro. 12:1), y debe hacerse con descuido, con pereza o desinterés sino con determinación, empeño y entrega de toda nuestra disposición, hasta que nos duela. Debemos señalar que Dios demanda el todo nuestro y todo lo que se aparta de esto es inadecuado para el Dios que es uno.

No debemos pensar que la única forma de mostrarle amor a Dios es la alabanza o lo que denominamos como momentos de adoración donde sentimos su presencia. Sin duda que esos momentos son inigualables pero también le amamos al decidirnos apartarnos  del pecado, al transformar nuestra mente con su Palabra, al esforzarnos por ir a evangelizar o levantarnos temprano para buscarle. Es decir, a través de actos que tal vez no toquen las fibras más íntimas de nuestra alma y tal vez no nos sintamos muy bien como cuando perdonamos al que nos hace daño, o cuando servimos un vaso de agua el enemigo, pero Dios sonríe al ver que lo estamos haciendo para su gloria. Todo lo que hacemos en la vida lo podemos hacer para agradarle y eso es amarle, pero si lo tenemos en el último lugar y todo lo hacemos para agradarnos a nosotros o agradar a otros fallamos a este mandato.