Esto no se trata de una posición política de izquierda o derecha, sino de lo que Dios dice acerca de la manera en que se usa el poder económico para despojar a los que menos tienen y así generar mayor riqueza. La palabra de los profetas sigue teniendo relevancia hoy más que nunca dado que vivimos dentro de una sociedad donde el capitalismo en los países latinoamericanos ha generado una enorme desigualdad económica, hay más pobres y la riqueza se concentra en unos cuantos.

Hoy veremos que dijo el Señor a través del profeta Amós a la aparentemente rica ciudad de Samaria durante el siglo VIII a.C. y que fue una de las causas para su caída. Los pecados por los cuales Dios no dejaría de castigar al Israel era el de la opresión económica y laboral a los que menos tenían. Esto lo podemos leer en los siguientes pasajes:

  • Amós 2:6,8 “… porque vendieron por dinero al justo, y al pobre por un par de zapatos. Pisotean en el polvo de la tierra las cabezas de los desvalidos, y tuercen el camino de los humildes; … Sobre las ropas empeñadas se acuestan junto a cualquier altar; y el vino de los multados beben en la casa de sus dioses.

  •  5:12 Porque yo sé de vuestras muchas rebeliones, y de vuestros grandes pecados; sé que afligís al justo, y recibís cohecho, y en los tribunales hacéis perder su causa a los pobres. 

  •  8:4“Oíd esto, los que explotáis a los menesterosos, y arruináis a los pobres de la tierra, diciendo: ¿Cuándo pasará el mes, y venderemos el trigo; y la semana, y abriremos los graneros del pan, y achicaremos la medida, y subiremos el precio, y falsearemos con engaño la balanza, para comprar los pobres por dinero, y los necesitados por un par de zapatos, y venderemos los desechos del trigo?”

Era costumbre en aquel entonces que aquellos que debían dinero que no podían pagar eran vendidos como esclavos como lo vemos en aquella parábola de Jesús de los dos deudores. Sin embargo, la falta de misericordia era tal que aún por la deuda de un par de zapatos vendían a los pobres y a los justos. Esto no era la voluntad de Dios. Si bien vemos que Dios permitió la esclavitud era solo a sus enemigos, a los que debían sumas fuertes dentro de Israel pero que debían ser liberados al cabo de 7 años. Dios los acusa de oprimir y humillar a los pobres al pisotear en el polvo sus cabezas. Esto implica el maltrato y la denigración del valor humano de sus hermanos.

Este esclavismo injusto era llevado a cabo por un proceso definido mediante la corrupción del sistema económico, religioso y de justicia.

Corrupción religiosa: Eran realmente hipócritas al realizar sus actividades religiosas como la luna nueva y el sábado “¿cuándo pasará el mes…, y la semana”. Dos celebraciones regulares que tenían como fin dedicarse al Señor, pero su actitud era no aguantar que terminaran estos servicios de adoración para ir a practicar sus negocios turbios. Aquí se cumple lo dicho por Dios en Isaías 58:3 “he aquí que en el día de vuestro ayuno buscáis vuestro propio gusto” por lo cual Dios rechazaba lo que hacían.

No contento con esto, sino que con aquello que despojaban a los pobres se iban a cualquier altar y se presentaban ante sus dioses. Su manera de celebrar sus riquezas y éxitos era honrando a sus dioses falsos y como agravante usando el dinero con que habían estafado a las personas.

Corrupción económica y mercantil: Los verbos que usa Amós para referirse a sus prácticas son explotar y arruinar. Es decir, deliberadamente buscaban el empobrecimiento de la población de menos recursos. ¿Cómo le hacían?

  • Achicando la medida: dando menos por el precio convenido
  • Subiendo los precios: lo cual haría que la gente no pudiera adquirir lo necesario
  • Falseando la balanza: robando y defraudando
  • Vender los desechos de trigo: esto implica que la calidad de sus productos era mala. No perdían nada, sino que su avaricia los llevaba a aprovechar lo inservible.

Esto llevaba a los pobres al préstamo, a la deuda y finalmente a la esclavitud.

Corrupción judicial: Aunado a lo anterior estaba el respaldo de las autoridades que se dejaban vender por dinero para poder pasar por alto las demandas de los pobres. Se nos dice que ellos torcían el camino de los injustos, cometían cohecho y en los tribunales hacían perder la causa de los pobres. Es decir, los jueces y magistrados tenían preferencia por los ricos en detrimento de los pobres con el fin de concretar la explotación, el despojamiento y la esclavitud de estos.

El lujo de los ricos. El Señor dijo acerca de ellos:

Amó 6:4-6 “Duermen en camas de marfil, y reposan sobre sus lechos; y comen los corderos del rebaño, y los novillos de en medio del engordadero; gorjean al son de la flauta, e inventan instrumentos musicales, como David; beben vino en tazones, y se ungen con los ungüentos más preciosos; y no se afligen por el quebrantamiento de José.”

Obviamente el lujo del cual habla aquí se refiere a unos pocos personajes ricos que vivían en la vanidad y no a todos los samaritanos. El lujo se daba en varias cosas: Objetos para el reposo, lo mejor de la comida, la mejor música, el mejor vino, el mejor perfume. Pero lo malo era que no se afligían por el quebrantamiento de José. El problema es que no podían ver más allá de sus narices en cuanto a la calamidad de lo que le sucedía a la nación. Ellos solo pensaban sólo en ellos y en sus propias satisfacciones y en nadie más. Era una afrenta contra Dios que la gente pobre viviera bajo el yugo mientras ellos se daban una vida de placer, holgazanería y felicidad.

Conclusión

Dios dijo que no perdonaría estos pecados, sino que los castigaría con la destrucción de las ciudades y con la humillación total de esta clase explotadora. La riqueza no es mala, pero tiene sus enormes peligros y uno de ellos es la deshumanización y es el enceguecimiento en el que pueden caer los poderosos, es cuando dejan de considerar que sus acciones tienen consecuencias funestas en personas de carne y hueso.

El mal social está en una serie de personas que se ocultan detrás de instituciones impersonales como la empresa, la religión y el sistema judicial o legal. Hay una confabulación de uno y de otro lado, hay una falla sistemática que se ha hecho común para todos.

A veces pensamos que una ciudad rica es la que tiene las más grandes empresas y las mejores casas y la mejor tecnología y pasamos por alto si ahí hay justicia hacia abajo. A los ojos de cualquiera Samaria era la deseable cosmopolita, pero a los ojos de Dios estaba a punto de desaparecer, era cual Sodoma y Gomorra, ciudades prósperas, fértiles y bonitas pero llenas de avaricia, opresión y un placer sensual que los enceguecía para no ver a Dios y al prójimo por lo que Dios las castigó. El amor al prójimo se deja ver muy claro en la manera que utilizamos nuestros recursos para ayudar o no al necesitado.

Debemos como aquel profeta Amós señalar los males del sistema político, económico, social, laboral y religioso del tiempo actual, aunque esto pueda resultar como en aquel caso, la indiferencia y el rechazo hasta el hecho de ser corridos. Algunos dirán “la iglesia no se mete en esos asuntos”, pero vemos que a Dios sí le interesa, ¿por qué no a nosotros?

¿Cuántos estamos dispuestos a señalar los males y pecados del sistema capitalista que afecta a medio mundo literalmente? Hablemos de cómo afecta este sistema incrustado en el gobierno nacional a la escuela, a la empresa, al campo, a las amas de casa y a la iglesia en general. ¿Mira Dios cómo usan estas personas el dinero en casas, autos, viajes y lo mejor de lo mejor mientras la mayoría sólo sobrevive?

Entendamos que no solo hay una responsabilidad individual en cuanto a la ayuda a los pobres, sino que hay una estructura que perpetúa la pobreza para su propia conveniencia, ¿les conviene a unos pocos la pobreza de muchos? Sin duda.

La iglesia debería estar a favor de la justicia social en cuanto a que se pague lo justo en los trabajos, en que haya justicia en los tribunales laborales y en mostrar cómo debe trabajar la verdadera fe en el corazón de las personas para llevarlos a mejores condiciones de vida en lo social, económico y laboral. Debemos demandar una mejoría social a nuestros gobernantes y presionar para que muevan los hilos necesarios para que haya mejores condiciones para las familias trabajadoras.

La iglesia no debería favorecer a los ricos como enseña el libro de Santiago sino tratar a cada persona con igualdad. Debemos a ministrar a ricos y a pobres. A los ricos no debemos preferirlos porque pensamos que darán mejores ofrendas sino mostrarles sus pecados como hizo Jesús con aquel joven rico. Esto no les gustará a muchos de ellos, pero Dios nos llamó a incomodar por medio de la verdad.