Dentro de los atributos de Dios el de la santidad es el que lo hace más excelso en comparación a cualquier dios. La verdad es que los dioses hechos de madera o metal nunca fueron dioses buenos, eran una representación del hombre mismo, un reflejo de todas las cualidades humanas pero un poco revestidos de cierta gloria y poder, capaces, según la creencia, de enviar lluvia o dar calor. Eran dioses egoístas, materialistas, sensuales, pleitistas, etc. No así el Señor el cual era distinto. Ana exclamó después de ver el milagro de procreación “no hay santo como Jehová; porque no hay ninguno fuera de ti, y no hay refugio como el Dios de Jacob” (1 S. 2:2). Esto nos dice que Dios por su naturaleza es un ser distinto de todo ser creado por muy bueno o bonito que pueda ser, aún de lo que es posible imaginarse. Moisés también dice después de experimentar la liberación a través del Mar Rojo “¿quién como tú, magnífico en santidad, terrible en maravillosas hazañas, hacedor de prodigios?” (Éx. 15:11), jamás Moisés vio a un dios así en Egipto los cuales solo eran de material, pero sin esencia personal y sin potencia como es, nadie así de elevado que hiciera lo que hacía.

El término santo significa apartado, separado. Puede referirse a los objetos o personas que le son consagrados o dedicados para su adoración y gloria. Son separados del mundo y del pecado, ya no son objetos o personas de usos comunes o viles, sino que conllevan dedicación. Nuestra santidad es relativa al ser al cual nos dedicamos. En cuanto a Dios podemos decir que él es separado del pecado de manera absoluta pero también de toda su creación en cuanto que él es único en su ser y naturaleza, no hay nadie como él. Su santidad lo hace bello, sublime, lo más elevado del universo. Pero también el término santo según Robert L. Cate significa quemar, resplandecer o irradiar.[1] De este modo vemos en Dios a un fuego consumidor, un ser que hace quemar la zarza en el desierto sin que se consuma y dice a Moisés “quita el calzado de tus pies, porque el lugar que pisas santo es”, luego viaje con ellos en columna de fuego y cuando peca quiere consumirlos por su iniquidad. Isaías 10:17 nos dice “la luz de Israel se convertirá en fuego y su Santo en llama, y quemará y consumirá sus espinos y sus zarzas en un solo día”, quiere decir que el mismo Dios que era su luz y especial tesoro los podría consumir con su misma santidad.

Es durante el siglo VIII con profetas como Oseas donde este término adquiere más relevancia “porque Dios soy, y no hombre, el Santo en medio de ti” (Os. 11:9). Dios es distinto del hombre y lo que lo distingue es su santidad. Uno de los títulos más usados por Isaías para referirse al Señor es el del Santo de Israel, más de 25 veces. Ya en su capítulo 1, versículo 4 Isaías dice que el pueblo de Israel dejó y despreció al Santo de Israel. La gravedad de este pecado está en que el Santo de Israel merece la gloria. Esta relación entre gloria y santidad la vemos de patente en Isaías 6 donde el profeta tuvo un encuentro y descubrió que su Dios era tres veces santo “santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos” (Is. 6:3). Los serafines, estos ángeles de fuego se cubrían sus rostros y pies para no ver, y no dejar expuestos nada indigno ante éste Dios, volaban alrededor declarando su santidad y esto hizo a Isaías caer en cuenta de su propia pecaminosidad y su indignidad. Entonces recibió la santificación y el llamado para servirle.

La gloria significa aquello que tiene peso o valor y en términos absolutos quien merece toda esa gloria es este ser que por su carácter de santo es superior a todo. Por tanto, la santidad requiere que se le dé la gloria, la admiración, el reconocimiento y la alabanza. Su santidad es lo más hermoso, lo que nos lleva a estar absortos ante semejante ser, es lo que despierta más admiración y espíritu de devoción. No se puede ver a un Dios santo sin adorarle y no hacerlo es un gran pecado. He aquí el celo de Dios contra todo lo que le roba la gloria porque nada más merece nuestra atención.

Este Dios caracterizado por la santidad es también el Redentor que dio pueblos por Israel (Is. 43:14, 49:7), es el Salvador (Is. 43:3), el Creador de Israel, el Rey (Is. 43:15), el Hacedor (Is. 45:11), el Señor nuestro Dios que nos enseña para nuestro beneficio (Is. 48:17). Su nombre Santo aparece ligado a estos títulos porque al ser SU Redentor, Creador, Hacedor, Salvador y Señor él es dueño y único digno de gloria, servicio y amor, esto quiere decir, de santidad.

Ahora, al referirse a Dios como Santo de Israel se refiere que él ha escogido a esa nación para ser su pueblo, él es el Santo que al elegir a ésta nación la santifica. Por ello Isaías declara, “clama y grita de júbilo, habitante de Sion, porque grande es en medio de ti el Santo de Israel” (Is. 12:6). Ésta fue la causa de la caída de Senaquerib pues él injurió y blasfemó al Santo de Israel. Dios dijo “yo habito en la altura y la santidad y con el quebrantado y humilde de espíritu” (Is. 57:15), esto implica que si Dios está con el pecador es por su misericordia y amor. Él escoge al humilde para depositar en ellos su gracia. Dios no escogió a Israel por ser buena o mejor que otros sino porque él quería mostrar su gloria en ellos. Ninguna nación experimentó jamás a un ser tan santo y hermoso entonces era un privilegio supremo que Dios quisiera vivir entre ellos primero en el tabernáculo, luego en el templo y finalmente en la persona del Hijo y del Espíritu Santo que vino al hombre.

Entonces tenemos que Dios es tres veces llamado santo, tanto en Isaías 6 como en Apocalipsis 4:8 donde Juan vio la adoración celestial de los cuatro seres vivientes. Creo que porque esto nos habla de la santidad de las tres divinas personas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, sino que también nos habla de su grandeza asombrosa aún vista de manera grandiosa para estos seres angelicales que no cesan de alabarle mencionando estos divinos atributos.

Isaías menciona que “el Dios Santo será santificado en justicia” (Is. 5:16). Esto nos habla de que para acercarse al Dios santo se requiere justicia, para adorarle se necesita practicar justicia y ser santificado por medio de la fe en el medio que el estableció para ello que es la Palabra y la sangre de su Hijo. Esto implica que la santidad tiene una connotación moral más que solo de separación. Isaías tuvo que ser limpiado de sus labios y perdonado para poder acercarse y servirle si no estaba muerto.

También la reacción de aquellos a quienes Dios se manifiesta es la de santificar el nombre de Dios “ellos santificarán mi nombre; ciertamente, santificarán al Santo de Jacob, y tendrán temor al Dios de Israel” al ver como él salvaba a su pueblo. Santificar al Señor es adorarle, es reconocerle como lo que es, es poner su nombre en el lugar debido y responder en consonancia. Esto es debido a que su nombre, su persona es deshonrada por los pecados del hombre, pero cuando el hombre lo santifica se dedica a él.

Su santidad se opone a todo lo que es malo, tiene un celo de su propia santidad al condenar y castigar a todo aquello que esté contra la pureza de su santidad. Por tanto, hay una relación entre este atributo y su ira y justicia contra todo lo que ofende su misericordia, la bondad, la gracia, su amor, todos sus atributos morales. Dios no soportará nada que quebrante sus mandamientos pues va contra la santidad de sus mandamientos.

Al igual que Moisés el pueblo redimido cantará al final de los días en aquella nueva Jerusalén “¿quién no te temerá ¡oh, Señor! Y glorificará tu nombre? Pues solo tú eres santo; por lo cual todas las naciones vendrán y te adorarán, porque tus juicios se han manifestado” (Ap. 15:4). De nuevo, el poder conocer a Dios lleva a adorarle, solo quienes conocen a este Dios santo pueden adorarle, quienes no lo hacen experimentarán su juicio. De aquí la importancia de conocerle.

[1] Robert L. Cate. Teología del Antiguo Testamento: raíces para la fe neotestamentaria. P. 51