Hasta el momento en que nos encontramos con todos los avances que la ciencia ha logrado no ha podido producir el dar vista a los invidentes, de ahí que hasta la fecha dar vista a los ciegos lo consideramos algo asombroso. Hace dos mil años en una aldea por la que Jesús pasaba dos ciegos comenzaron a seguirle diciéndole “¡Ten misericordia de nosotros, Hijo de David!” (Mt. 9:27). No podían ver con sus ojos pero nada les impedía ver con los ojos de su entendimiento en que Jesús era más que un personaje cualquiera, que era el anhelado Mesías, el Hijo de David y que este podía sanarlos. Ellos no se quedaron sentados esperando que por casualidad Jesús les viera y les ayudara, alzaron su voz y comenzaron a seguirle hasta donde él se encontraba en una casa. No podían desperdiciar la oportunidad de sus vidas. Ellos no se consideraban dignos pero apelaban a la misericordia del Señor, todos los días veían el desprecio de los habitantes de la ciudad y el rechazo de no pocos, pero creyeron que Jesús era misericordioso y fueron tras él.

Todavía, por si fuera poco, Jesús les pregunta “¿Creéis que puedo hacer esto? Ellos dijeron: Sí, Señor.” (Mt. 9:28) El Sanador esperaba que ellos confesaran su fe ante las personas que estaban ahí y ellos simplemente manifestaron aquello que les movía a estar ahí. ¿Quién les había dicho que Jesús podía sanar los ojos de los ciegos? No lo sabemos, lo que sabemos es que no solo creían que lo podía hacer, sino que también podía hacerlo por ellos ese mismo día.

La respuesta de Cristo fue una recompensa pues puso su mano en sus ojos y les dijo: “Conforme a vuestra fe os sea hecho.” (Mt. 9:29) Que les sea dado lo que han creído y así sucedió, pues sus ojos se les abrieron. La fe por sí misma, nada puede si Cristo no la aprueba. Entonces vemos que Jesús sí se compadeció de ellos y sí los oyó por ir con fe.

De estos dos hombres aprendemos la importancia de la fe, la perseverancia y la oportunidad. Requerimos no solo decir que creemos sino también esforzarnos en buscar al Señor de corazón. Muchos dicen creer y no hacen nada, otros hacen muchas cosas y en realidad no creen y nada de esto es efectivo, solo la fe que se acompaña de perseverancia real.

Respecto a Cristo este milagro confirma que Él es el Hijo de David, el rey que habría de heredar el trono eterno el cual no desprecia al más humilde que en él cree, que se detiene no solo a mirarlo sino a ayudarlo. El profeta Isaías había dicho

 Decid a los de corazón apocado: Esforzaos, no temáis; he aquí que vuestro Dios viene con retribución, con pago; Dios mismo vendrá, y os salvará. Entonces los ojos de los ciegos serán abiertos, y los oídos de los sordos se abrirán. (Is. 35.4,5)

Lo hermoso de este pasaje es que según el contexto de Isaías 35 tendrá un cumplimiento completo en la segunda venida de este Hijo de David. Por tanto, esperemos en él y confiemos en su poder y amor.