Uno de los símbolos más representativos del carácter sacrificial de Jesucristo es el de cordero de Dios. Para comprender la riqueza de esta imagen o tipo debemos remitirnos a aquellos sacrificios realizados cientos e incluso miles de años antes de la venida de Cristo al mundo. Los antiguos judíos ofrecían animales como bueyes, ovejas, vacas, cabras y otros animales como ofrenda de adoración pero también con un fin expiatorio. Luego tenemos que Dios ordenó a los israelitas en la ley de Moisés a ofrecerle un sacrificio de cordero como expiación por los pecados del pueblo.

Cada día los judíos mataban dos corderos, uno por la mañana (9 am) y otro por la tarde (3 pm) como ofrendas encendidas de holocaustos (Ex. 29:38-42). También había un cordero que se mataba en el día de la pascua recordando que Dios los liberó de la esclavitud de Egipto salvando a sus hijos primogénitos, al poner sangre de cordero en los dinteles de sus puertas (Ex. 12:1-24). Año con año durante la pascua comían un cordero y recordaban que Dios los había redimido por la muerte de un cordero, es por este motivo que Jesús es llamado nuestra pascua (1 Co. 5:7) y la sangre preciosa de este cordero sin mancha nos rescata de nuestra vana manera de vivir (1 P. 1:18,19).

El profeta Isaías anunció que Dios enviaría un siervo que sufriría como cordero por nuestro descarrío:

 Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros. Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca. (Is. 53:6,7)

Ellos debían inmolar un cordero y rociar su sangre para la remisión de sus pecados. La imagen de este animal sin defecto señalaba que Jesús, el cordero anunciado, sería sin pecado, inocente y sin embargo, cargaría con el castigo para darnos perdón. La mansedumbre por la cual el cordero se deja quitar la vida nos habla de la manera obediente en que Cristo aceptaría y se dejaría quitar la vida sin defenderse ante sus acusadores.

Cuando Juan presentó a Jesús a sus discípulos lo primero que dijo fue “he aquí el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn. 1: 29,36). Esto significa que Jesús no es un cordero solo para Israel sino para todo aquel que en él crea, de toda lengua y nación. Más adelante Pablo diría que este es “a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre,  para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados” (Ro. 3:25). Pablo quiere decir que su sacrificio calma la ira de Dios y ejecuta la justicia que requieren nuestros pecados, pues la paga del pecado es muerte (Ro. 6:23).

Jesús con su muerte llevaría a cabo el sacrificio definitivo, pues los sacrificios de animales no podían borrar los pecados. Lo que necesita hacer el hombre es poner la fe en su sangre, confiar en que su sangre es suficiente para nuestro perdón, justificación y salvación.

Pese a que el cordero es un animal manso e indefenso es presentado en Apocalipsis como el vencedor quien es digno de abrir los sellos (Ap. 5:1-6), el que pastoreará a sus redimidos (Ap. 7:17) y quien vencerá a sus adversarios porque él es el Señor de señores y Rey de reyes (Ap. 17:14).