El libro de Samuel nos cuenta que un día un jóven alto y de buen parecer llamado Saúl llegó a consultar al profeta Samuel para saber dónde se hallaban las mulas perdidas de su padre. Samuel lo estaba esperando pues Dios le había mostrado que llegaría y le dijo que este sería el primer rey de Israel quien liberaría a su pueblo de los filisteos. 

Su actitud al principio fue la de sorpresa e incredulidad, ¿cómo podría el ser digno de tal llamado si su familia y su tribu eran consideradas de las más pequeñas en la nación? Pero esto no dependía de su consideración propia sino de la elección divina así que Samuel lo ungió por rey. Es extraño que a pesar de la irresistible llenura del Espíritu Santo que vino sobre Saúl él no quisiera descubrir a su familia que él había sido llamado para ser nuevo rey (1 S. 10:16) y cuando fue declarado al pueblo que Dios lo había escogido se escondió entre el equipaje militar (1 S. 10:22). ¿Era porque era muy tímido? ¿tenía miedo? ¿realmente no quería ser electo, quería escapar? Como sea que haya sido, Saúl se presenta ante el pueblo y es reconocido por algunos pero no por otros. En el capítulo 11 de 1 Samuel, Saúl salió en batalla para defender a la gente de Galaad fortalecido y envalentonado por el poder del Espíritu del Señor, y ganó el apoyo de la gente, un buen inicio que lo legitimó.

La inseguridad de Saúl comienza a ponerse de manifiesto en su batalla contra los filisteos en Gilgal (1 S. 13). Saúl se desesperó al ver que la gente de su ejército desertaba porque él no ordenaba entrar en batalla por esperar a Samuel quien tenía que presentar sacrificios a Dios. Ya habían pasado siete días y Saúl presentó sacrificio cuando no le era permitido. Samuel llegó y lo reprendió duramente y por tanto, no sería confirmado como rey sino que Dios se escogería a otra persona para reinar. Dios probó a Saúl en el aspecto de la confianza que él tenía. En la guerra de Galaad con gran ímpetu Saúl había vencido a sus adversarios con su valor, pero en esta ocasión demostró que su confianza estaba puesta en el ejército que lo acompañaba y no en Dios.

Dios le dio otra oportunidad a Saúl enviándolo a destruir a los amalecitas, pero la orden era exterminar con todo animal y persona. Sin embargo, Saúl dejó con vida las vacas y ovejas más gordas y al rey de Amalec. Cuando Samuel lo confrontó respecto a esta decisión y a esta desobediencia clara Saúl respondió que esto se debió a que el pueblo había perdonado lo mejor del ganado. Samuel le declaró que Dios lo desechaba para no ser más rey sobre Israel, cuando Saúl oye esto le ruega que vuelva con él y lo honre ante los ancianos y el pueblo. El Señor vio que Saúl se había apartado de él y había puesto su complacencia en las personas, a quienes temía ofender más que a Dios. Una persona muy popular y complaciente puede ser alguien muy inseguro porque no se basa en convicciones firmes.

Finalmente el Espíritu de Dios que había estado hasta el último momento sobre Saúl lo abandonó y un espíritu malo lo atormentaba. Dios ungió a David como rey y providencialmente entra en relación con Saúl al tocarle música y luego al vencer al gigante Goliat. Cuando se van de la batalla la gente canta “Saúl mató a mil, y David a sus diez mil” y empieza a tener celo de él al grado que intenta clavarlo con una lanza. Ahora le entra un delirio de persecusión por el que siente que David le arrebatará el reino y empieza a perseguir a David conduciendo a sus ejércitos en una cacería infructuosa. ¿Cuál era el producto de su inseguridad en este caso? La culpa, el saberse condenado, su sentido de abandono de la presencia de Dios, el saber que no estaba confirmado para ser rey sino que alguien más tomaría su lugar. Si una persona quiere tener seguridad debe buscar la promesa divina y así aunque hayan muchas personas exitosas a nuestra alrededor no tendremos temor que nos quiten nuestro lugar.

El inseguro es celoso, miedoso, no tiene paz y por tanto urde planes de ataques, siempre ve enemigos, lucha contra otros para quitarlos de en medio, se convierte en un tirano.  El seguro confía y espera en Dios, está confiado como león, es como los montes de Sión, que no se mueven sino que permanecen para siempre. 

Saúl cayó en una espiral descendente de inseguridad al poner su confianza donde no debía. El que un día se consideró muy pequeño para ser rey, se tomó de eso mismo para tropezar. Como enseñanzas debemos aprender que si Dios nos llama a ser y hacer algo grande él nos dará de su Espíritu Santo para lograrlo. Debemos estar tan seguros en él que aunque pasemos por la prueba del retraso y de la soledad no actuaremos precipitadamente sino esperaremos. Debemos obedecer a Dios y esperar su honra antes que el de las personas. Finalmente, no tendremos temor de los ungidos que estén a nuestro alrededor si tenemos la confirmación divina de nuestro llamado y andamos en sus mandamientos. En todo caso si fallamos debemos humillarnos ante Dios y siempre considerar que si algo tenemos o somos es por su sola gracia. 

A Saúl le pasó lo que dice Deuteronomio 32:15:

 Pero engordó Jesurún, y tiró coces
(Engordaste, te cubriste de grasa);
Entonces abandonó al Dios que lo hizo,
Y menospreció la Roca de su salvación.

La triste historia del rey Saúl termina siendo muerto en la lucha contra los filisteos junto con todos sus hijos y David tomando su corona. ¿Queremos ser líderes seguros? permanezcamos afianzados a la roca que es Cristo, si no lo hacemos no permaneceremos.