La Biblia enseña acerca de la importancia de prepararse para el matrimonio pues si este pacto debe ser irrompible entonces debe meditarse muy bien en cuanto al tipo de persona que se escoge.

Dios da mucha libertad en cuanto a la persona con la cual un cristiano se puede casar, no te dice a quien en particular, pero sí nos delimita el tipo de fe que debe tener la persona que será nuestra pareja con quien estaremos hasta que la muerte nos separe: No debe ser un no cristiano. La razón fundamental es que el propósito del matrimonio es que sean una sola carne, que tengan una compenetración en todos los niveles, en lo físico, emocional y espiritual. Si ambos tienen la misma fe en un solo Dios y en la salvación por medio de Cristo también tendrán los valores espirituales que la Biblia enseña, y podrán así mismo educar a sus hijos como una simiente santa para Dios. 

Examinemos qué nos enseña la Biblia acerca de esto. Primero, cuando Dios hizo a Adán y Eva los creó a su imagen y semejanza en santidad y justicia para que se multiplicaran y llenaran la tierra haciendo un pueblo de Dios. Cuando Eva pecó arrastró a su marido y la familia humana cayó bajo maldición.

Cuando Dios llamó a Abraham en Génesis 12 le dijo que dejara su tierra y su parentela para hacer de él una gran nación. Su esposa le dio a luz un hijo llamado Isaac y cuando tenía que casarse procuraron buscarle una esposa que no fuera cananea sino de la familia de Abraham: “no tomarás para mi hijo mujer de las hijos de los cananeos,… sino que irás a mi tierra y a mi parentela” (Gén. 24:3-4). Luego Isaac tampoco quiso que Jacob y Esaú se casaran con mujeres de Canaán. Esaú se casó con mujeres heteas y su madre Rebeca dijo “fastidio tengo de mi vida, a causa de las hijas de Het” (Gén. 27:46) y por ello Isaac mandó a Jacob no tomar mujeres cananeas sino de su familia (Gén. 28:1,2). ¿Por qué? por su paganismo, idolatría y consecuente condenación, porque el pueblo de los cananeos no serían herederos.

Cuando Dios hizo un pacto con los hijos de Israel ordenó no tomar mujeres de los pueblos que conquistaría porque los desviarían a la fornicación en pos de dioses ajenos (Ex. 34:15,16, Dt. 7:3,4). Josué les dio la misma advertencia:

Porque si os apartareis, y os uniereis a lo que resta de estas naciones que han quedado con vosotros, y si concertareis con ellas matrimonios, mezclándoos con ellas, y ellas con vosotros, sabed que Jehová vuestro Dios no arrojará más a estas naciones delante de vosotros, sino que os serán por lazo, por tropiezo, por azote… (Jos. 23:12,13)

Esto no quiere decir que hubieran mujeres paganas que se convirtieron a la fe judía y se casaron con judíos como el caso de Rahab la ramera (Jos. 2) y Rut la moabita (Rt.). 

Tres personajes bíblicos que sucumbieron ante las mujeres paganas en el Antiguo Testamento y fueron arrastrados a la destrucción fueron: Sansón, Salomón y Acab. Sansón se casó con una mujer filistea pese a que sus padres le dijeron:

¿No hay mujer entre las hijas de tus hermanos, ni en todo nuestro pueblo, para que vayas tú a tomar mujer de los filisteos incircuncisos? Y Sansón respondió a su padre: Tómame ésta por mujer, porque ella me agrada. (Jue. 14:3)

Sansón perdió a su esposa filistea siendo asesinada por los mismos filisteos. Luego tuvo un romance con Dalila que por instigación de los filisteos lo traicionó e hizo que le cortaran el cabello, perdiendo así la fuerza y el poder de Dios.

Salomón se casó con 300 esposas y tuvo 700 concubinas, las cuales hicieron desviar su corazón tras dioses ajenos:

Pero el rey Salomón amó, además de la hija de Faraón, a muchas mujeres extranjeras; a las de Moab, a las de Amón, a las de Edom, a las de Sidón, y a las heteas; gentes de las cuales Jehová había dicho a los hijos de Israel: No os llegaréis a ellas, ni ellas se llegarán a vosotros; porque ciertamente harán inclinar vuestros corazones tras sus dioses. A éstas, pues, se juntó Salomón con amor. (1 R. 11:1,2)

Uno de los peores reyes de Israel fue Acab porque persiguió a los profetas de Dios e implantó la religión a los dioses de los sidonios por influencia de su esposa: “Porque le fue ligera cosa andar en los pecados de Jeroboam hijo de Nabat, y tomó por mujer a Jezabel, hija de Et-baal rey de los sidonios, y fue y sirvió a Baal, y lo adoró.” (1 R. 16:31)

¿Qué nos enseña el Nuevo Testamento al respecto? En 1 Corintios 7 Pablo discute el asunto del casamiento y el divorcio. A los solteros les recomienda no casarse pero no lo prohibe, sino que lo recomienda en caso de que no se tenga don de continencia. A los casados les pide no divorciarse, pero les dice que las hermanas que están casadas con no cristianos, porque ya estaban casadas con ellos cuando se convirtieron, que no se separen si sus maridos quieren permanecer con ellas. Entonces dice:

Pero si el incrédulo se separa, sepárese; pues no está el hermano o la hermana sujeto a servidumbre en semejante caso, sino que a paz nos llamó Dios. Porque ¿qué sabes tú, oh mujer, si quizá harás salvo a tu marido? ¿O qué sabes tú, oh marido, si quizá harás salva a tu mujer?  (1 Co. 7:15, 16)

Esto significa que uno no puede tener la presunción de que salvará a su pareja al casarse con un incrédulo o permanecer con un incrédulo que se separa. Pablo luego dice: “La mujer casada está ligada por la ley mientras su marido vive; pero si su marido muriere, libre es para casarse con quien quiera, con tal que sea en el Señor.” (1 Co. 7:39). Pablo dice que la viuda puede casarse con cualquiera con tal que sea “en el Señor”, es decir, con otra persona cristiana.

Finalmente, tenemos el clásico pero muy significativo pasaje de 2Co 6:14 “No os unáis en yugo desigual con los incrédulos; porque ¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión la luz con las tinieblas?” Este texto no se puede aplicar únicamente a la unión matrimonial sino también a otros tipos de yugo como alianzas o pactos que impidan nuestra libertad en Cristo. Un yugo unía a dos bueyes y si los animales eran del mismo tamaño podían hacer que su arado fuera recto y profundo. 

De ahí que el pasaje enseñe que no debemos casarnos con paganos porque no podemos tener comunión o compañerismo con ellos, como no la hay entre las tinieblas y la luz, o Cristo y los ídolos. Pablo les recuerda que ellos son templo de Dios y eso implica que deben santificar todas sus relaciones “salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toqueis lo inmundo” (2 Co. 6:17). 

Eso no quiere decir que haya personas incrédulas que tengan buenas cualidades y simpaticen con la fe, pero debemos confiar en el consejo divino. El Señor nos advierte: “¿Has visto hombre sabio en su propia opinión? Más esperanza hay del necio que de él.” (Pr. 26:12). Por tanto, más que basarnos en el aspecto físico debemos recordar que la gracia es engañosa, la hermosura es vana, pero la persona que teme a Dios recibirá la alabanza (Pr. 31:30). Por ello es importante decidir no enamorarse de una persona que no comparte nuestra fe, porque el enamoramiento no es algo que se dé de forma irresistible.

Tampoco debe confundirse a un cristiano verdadero con cualquier persona que asiste a una iglesia, porque no todo el que se dice cristiano lo es en verdad. Tanto la fe y las obras deben ser consecuentes, Jesús dijo que el árbol se conoce por su fruto.

La preocupación de Dios es nuestra salvación y con ello el que nosotros podamos vivir una vida santificada, alejada del pecado y dedicada a él, esto solo es posible en un matrimonio donde ambos aman y obedecen a Dios.