Rabí es el término hebreo que significa maestro (literalmente, mi grande). Para los tiempos de Cristo habían hombres famosos como el rabino Gamaliel quien fue maestro de Pablo, Hillel y Shamai, por mencionar algunos. Los rabinos eran grandes interpretes de la ley que tenían escuelas de enseñanza no en la forma de algún seminario actual o universidad ni siguiendo el estilo de enseñanza griego sino por medio de la tradición oral y el seguir a la persona a tiempo completo para aprender sus enseñanzas, prácticas y valores.

Jesús discipuló al estilo de los rabinos judíos y fue llamado por sus seguidores Rabí o maestro. En Juan 1:49 Natanael le llama Rabí, el Hijo de Dios, el rey de Israel. Los judíos pensaban que el mesías sería un gran maestro y no se equivocaban, de hecho hasta la mujer samaritana creía que cuando viniera el Mesías les declararía todas las cosas (Jn. 4:25).

Hasta aquel hombre principal de la sinagoga llamado Nicodemo, quien vino de noche a verlo le dijo “…Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él.” (Jn. 3:2), entonces Jesús le mostró la necesidad de nacer de nuevo. Ante la pregunta de Nicodemo de cómo podía nacer de nuevo, Jesús lo confronta y le dice “¿eres maestro de Israel, y no sabes esto?” (Jn. 3:10). Esta falta de comprensión se debía en gran parte a la tradición rabínica que precisamente enseñaba cosas distintas. Por ello Jesús apela a que el conocimiento que tiene es de primera mano, como testigo de lo que ha visto y oído del cielo y de su Padre con quien habitó por la eternidad. Como maestro, no es alguien más que interpreta la Palabra sino es el mismo revelador de la verdad. 

Hasta sus enemigos tuvieron que confesar que como maestro Jesús era amante de la verdad y que enseñaba la verdad el camino de Dios (Mt. 22:16), pero lo probaron para hallar alguna falla en sus enseñanzas sin éxito. Lo hicieron llevándole una mujer en adulterio para ver si enseñaba algo contrario a la ley, los saduceos lo hicieron probándole respecto a la resurrección, los fariseos y herodianos preguntándole si debían pagar impuestos al César, y el intérprete de la ley le preguntó cuál era el mayor mandamiento y en todos los casos sus respuestas dejaron sorprendidas a sus oyentes. Su sabiduría inigualable era producto de su reflexión profunda y el conocimiento íntimo e integral de Dios por medio de su Palabra.

Mateo nos dice que como maestro de la ley Jesús enseñó que no venía a abrogar la ley sino a cumplirla por lo cual en su famoso sermón del monte, vinieron sus discípulos y sentándose les enseñaba (Mt. 5:1,2). Lo que era una corrección sobre la forma externa de ver el cumplimiento de los mandamientos a enfatizar el espíritu de la ley. De un “no matarás” a una condenación por llamar fatuo o enojarse con el hermano, hasta una corrección por mal utilizar los juramentos o la ley del talión. Jesús verdaderamente vino a quitar cargas que los fariseos habían impuesto con sus enseñanzas legalistas y sobre todo vino a mostrarse a sí mismo y al Padre. En Mateo 11 Jesús dijo que su yugo era fácil y su carga ligera. Esto se refiere a su enseñanza y a sus mandamientos que cumplidos por la gracia del Espíritu son llevaderos.

Uno de los métodos de enseñanza típicos del maestro eran las parábolas. Al grado que Mateo nos dice que sin parábolas no les hablaba (Mt. 13:34, 35). Las famosas parábolas del reino hablaban sobre la naturaleza de su reino en contraposición a una escatología de cumplimiento inmediato como la que enseñaban los judíos. Su enseñanza chocó frontalmente contra la tradición de los ancianos en cuanto al día de reposo (sanar o cortar espigas para comer) y en no lavarse las manos para comer pues consideraba que lo importante era lavar lo de adentro del corazón. 

Aunque Jesús mandó a sus discípulos a ir a hacer discípulos a todas las naciones (Mt. 28:19-20) les dijo a sus discípulos que nadie les llamara rabí porque ellos eran solo hermanos, “porque uno es vuestro maestro, el Cristo” (Mt. 23:8). Nadie puede tomar el lugar único que tiene el Señor como el maestro de la salvación. Aunque en la iglesia haya el don de maestro (Ef. 4:11) núnca debemos tomar este título como si fueramos los poseedores de la revelación absoluta sino  hermanos que nos ayudamos para entender la enseñanza de Jesús. El Señor es el maestro y es la verdad (Jn. 14:6), él es el maestro bueno.

Jesús sinceramente está dispuesto hoy para enseñarnos las cosas a través de su Espíritu si venimos a él en humildad. Jesús ya para terminar su ministerio les dijo a los discípulos en el aposento alto “Vosotros me llamáis Maestro, y Señor; y decís bien, porque lo soy.” (Jn. 13:13) entonces les exhortó que si él lavó sus pies siendo Señor y Maestro, sus discípulos debían hacer lo mismo. Por tanto, ser discípulos de Cristo es seguir su ejemplo en todo. El mundo lleva un estilo de vida siguiendo los designios de su carne y la mente que está en tinieblas, “Mas vosotros no habéis aprendido así a Cristo” (Ef. 4:20). 

Cuando María Magdalena vio a Cristo resucitado exclamó: ¡raboni! que significa mi gran maestro (Jn. 20:16). Qué dicha será un día poder contemplarle cara a cara y adorarle, por lo pronto podemos como María hermana de Marta sentarnos a sus pies para aprender meditando y reteniendo sus palabras en nuestros corazones. Cristo dijo: “el que tiene mis mandamientos, y los guarda, ese es el que me ama” (Jn. 14:21).