Es común hoy en día escuchar dentro de la terminología cristiana pentecostal o carismática escuchar “yo declaro…” , “yo confieso…” “yo decreto…”, ¿es bíblico y legítimo esta práctica? Declarar, confesar y decretar pueden ser tenidas por sinónimas por quien las menciona. La doctrina de la palabra de fe dice que si uno confiesa o declara algo con fe cualquiera cosa que sea esta se hará. Primero examinemos si hay base bíblica para el uso de esta terminología y luego consideraremos la doctrina de la palabra de fe.

Sobre la declaración

En términos normales la palabra declarar no tiene nada de malo porque simplemente significa afirmar algo. En la vida cotidiana declaramos cosas, como nos enseñaban en la primaria: “el perro ladra”, “yo me casé en 2012”, “la casa es blanca”. En el diccionario encontramos que esta palabra significa exponer, dar a conocer o explicar como cuando damos a conocer que nos gusta cierta comida o como cuando Sansón “no declaró ni a su padre ni a su madre lo que había hecho” (Jue. 14:6). En términos jurídicos puede referirse a manifestar un hecho o decisión, o una sentencia: cuando uno se declara inocente o cuando el sacerdote declaba inmundo o limpio a alguien (Lv.13:3,13).

Hay algunas palabras declarativas que tienen que ver con profecía, una de ellas es cuando Jacob dio una profecía a sus hijos diciéndoles: “juntaos, y os declararé lo que os ha de acontecer en los días venideros” (Gén. 49:1), otra es cuando Dios le dijo a Habacuc “escribe la visión y declárala” (Hab. 2:2).

Por tanto, a menos que uno sea un profeta o tenga don de profecía uno no debe declarar profecías que Dios no le haya dado. El Señor dijo: “El profeta que tuviere un sueño, cuente el sueño; y aquel a quien fuere mi palabra, cuente mi palabra verdadera.” (Jer. 23:28), pero ay de aquellos que hablan o declaran palabras de su propio corazón (Jer. 23:16). El proverbista dice “El que habla verdad declara justicia; mas el testigo mentiroso, engaño.” (Pr. 12:17).

Sin embargo, sí podemos usar el término “declarar” en otros casos como cuando confesaamos a Dios nuestro pecado, David dijo “mi pecado te declaré” (Sal. 32:5). También debemos enseñar y predicar la Palabra que en cierto sentido es declarar el mensaje de Dios tal como Moisés les declaró al pueblo las ordenanzas de Dios (Ex. 18:16).

Sobre la confesión

Confesar es un sinónimo de declarar pues significa manifestar ideas, hechos, sentimientos o la fe antes ocultos, y también se usa en términos jurídicos cuando alguien se confiesa culpable o inocente.

Casi todas las referencias bíblicas a la confesión se refieren a confesar nuestros pecados a Dios (Lv. 5:5), y a confesar su nombre que significa testificar nuestra fe en él (2 Cr. 6:24). Jesús dijo que quien lo confiese ante los hombres él nos confesará ante el Padre (Lc. 12:8). En el Nuevo Testamento se nos dice que debemos confesar los pecados y confesar a Cristo para salvación (Ro. 10:9).

La única confesión que hacían los antiguos era que eran peregrinos y extranjeros en la tierra “Conforme a la fe murieron todos éstos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra.” (Heb. 11:13). Notemos que a diferencia de lo que asevera la doctrina de la palabra de fe, nosotros somos llamados a confesar lo que Dios ha prometido y no aquello que deseamos de inmediato. La fe de los patriarcas era la fe que espera y aún morían sin recibir lo prometido, no así lo que se cree en la doctrina de la confesión “confiésalo y recíbelo ahora”.

Sobre el decretar

El decreto es una resolución o decisión que ejerce quien tiene la facultad o autoridad para ello como un rey o presidente que puede ser un decreto de ley, por ejemplo. En la Biblia siempre son decretos de reyes como Salomón quien decretó la leva en todo Israel (1 R. 5:13), los decretos de Asuero (Est. 1:19, 3:9), de Nabucodonosor (Dn. 3:29) o el del César (Hch. 17:7). El resto de los decretos son los de Dios como rey del mundo. Jehová decretó mal (1 R. 22:23) o juicio sobre las naciones (Sal. 149:9). Pero el uso del término decreto es como sinónimo de la ley de Dios. Jehová ordenó los estatutos y decretos, y pidió que los oyeran y guardaran (Dt. 4:1, 5:1, 7:11).

Si bien la Biblia nos llama reyes y sacerdotes (Ap. 1:6) no se nos ordena decretar sino seguir los decretos de Dios y proclamar o declarar sus decretos al mundo (Sal. 2:7).

Entonces, ¿no debemos decretar, declarar o confesar nada por fe?

Un día Jesús maldijo a una higuera diciendo: “nunca jamás nadie coma fruto de ti” (Mr. 11:14), y esta se secó. Los discípulos admirados le preguntaron como había sucedido esto y Jesús los animó a tener fe en Dios y les enseñó:

Porque de cierto os digo que cualquiera que dijere a este monte: Quítate y échate en el mar, y no dudare en su corazón, sino creyere que será hecho lo que dice, lo que diga le será hecho.  Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá. 

(Mt. 11:23,24)

Jesús ya había enseñado antes sobre el poder de la fe del tamaño del grano de mostaza en la ocasión que los discípulos no pudieron echar fuera un demonio y añadió que ese género no salía sino con ayuno y oración (Mt. 17:20,21).

Notemos que Jesús dice que si uno habla a la montaña “quítate y échate al mar” se hará por la fe. No dijo “confiesen, decreten o declaren que se quitará” sino que den la orden directa al obstáculo. Si tenemos fe suficiente no diríamos “declaro sanidad” sino “levántate y anda”, tampoco “decreto que todo espíritu contrario se va” sino “espíritu, sal fuera”. Entonces no son oraciones o sentencias declarativas sino imperativas directas.

También hay que añadir que Jesús dijo “por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá”. Orar es pedir algo al Señor al punto que por la dirección del Espíritu y la Palabra de Dios creemos que lo que pedimos está conforme a su voluntad y lo recibiremos. Pues nada dará Dios si no es en el nombre de Jesús (conforme a su voluntad y carácter) y si es para gastar en nuestros deleites (St. 4:3). Por tanto, no se trata solo de dar órdenes o expresar deseos desconectados de Dios, sino EN Cristo.

Cuando el profeta Balaam fue llamado por el rey Balac para maldecir al pueblo de Dios él respondió: “he aquí he recibido orden de bendecir, él dio bendición y no podré revocarla” (Nm. 23:20). Esto implica que Balaam no tenía poder por sí mismo para maldecir al pueblo de Dios, o visto de otro modo no podía revocar la orden o el decreto de bendición que Dios ya había dicho. Él podía y debía solo obedecer al decreto recibido y confesar o declarar la bendición que Dios ya había dado, pero nada más.

En la doctrina de la palabra de fe se nos dice que no debemos confesar que estamos derrotados, enfermos o tenemos problemas. La Biblia sin embargo nos enseña que podemos tener fe y aún así admitir o confesar nuestro estado presente. Pablo confesaba o declaraba que estaba atribulado, pero no angustiado; en apuros, pero no desesperado; perseguido, mas no desamparado; derribado, pero no destruido (2 Co. 4:8,9). Si Pablo tenía tantas situaciones negativas ¿a caso es que no sabía el secreto de declarar, confesar y decretar? Pero él pudo decir:

pero teniendo el mismo espíritu de fe, conforme a lo que está escrito: creí, por lo cual hablé, nosotros también creemos, por lo cual también hablamos, sabiendo que el que resucitó al Señor Jesús, a nosotros también nos resucitará con Jesús, y nos presentará juntamente con vosotros. (2 Co. 4:13,14)

En otras palabras la palabra que confesaba es que aún con los problemas que atravesaba él creía en la resurrección. Notemos que Pablo cita al salmista en 116:10 que dice “Creí; por tanto hablé, estando afligido en gran manera.” o como dice la Nueva Versión Internacional “Aunque digo: «Me encuentro muy afligido», sigo creyendo en Dios.” Por tanto, si podemos declarar como nos sentimos con la fe en lo que Dios puede hacer en esta vida o en la venidera.

Conclusión

No hay base bíblica para el uso de la terminología del declarar, decretar o confesar en el uso que le dan los proponentes de la doctrina de la palabra de fe. No significa que no los podamos usar siempre que lo hagamos en las maneras que lo hacen los escritores bíblicos: declarar la verdad, confesar nuestros pecados, confesar a Cristo, obedecer los decretos del gobierno civil y los decretos divinos.

Acerca de la autoridad para obtener un milagro o sanidad, vemos que esta se da solo por la fe que proviene de la unión con Cristo, de la íntima comunión en la oración y la Palabra. Esta es la fe de alguien que no duda nada en su corazón “sino creyere que será hecho lo que dice” (Mt. 11:23).

El uso laxo del “declaro” o “decreto” hace que la fe sea trivializada al punto que muchos están pecando de presunsión y tomando el nombre de Dios en vano, puesto que la gran mayoría de las veces no sucede lo que se proclama y muchas veces dista mucho de la voluntad de Dios. Tal como el Señor condenó el uso de los juramentos como excusa para mentir nosotros debemos cuidar nuestras palabras y siempre hablar verdad.