Históricamente la iglesia ha sido una iglesia perseguida desde sus inicios hacia la fecha. No obstante, para muchos en occidente que gozamos de libertad religiosa nos parece algo extraño y extraordinario, pero Jesús y los apóstoles abordaron el tema de muchas maneras para alentar a quienes pasaran por esta situación. ¿Cuál debe ser la convicción o las actitudes de aquellos que pasan por persecución? veamos lo que enseñó Jesús.

No debemos temer

En su dicurso a los apóstoles que iban a la misión Jesús les dio tres razones para no temer a la persecución:

1 No temer porque Dios vindicará su Palabra

En Mat 10:26, 27 Jesús dice: “Así que, no los temáis; porque nada hay encubierto, que no haya de ser manifestado; ni oculto, que no haya de saberse. Lo que os digo en tinieblas, decidlo en la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde las azoteas.”

Jesús dice que no debemos temer porque todo habrá de salir a la luz un día en el día del juicio (1 Co. 4:5). Debemos tomar en cuenta que todo lo que hagamos o digamos, incluso lo que callemos será revelado un día, pero también aquello que se haga contra nosotros. Cuando ellos enfrenten la lucha del adversario sentirán que están solos al ver que sus enemigos los vencen y acallan el mensaje llevándolos a la cárcel o matándoles, pero Dios los está mirando y su causa saldrá triunfante. Llegará el día que ante los ojos del mundo aquellos cuyo mensaje fue mitigado serán mostrados y honrados por su labor y se dará cuenta de la injusticia sufrida.

En el ministerio de Cristo hubo un momento en que Jesús mandaba a los que sanaba que no dijeran nada a los demás, en otras ocasiones Jesús ordenaba a sus discípulos que no dijeran lo que vieron. ¿Por qué? porque era necesario que les fuera revelada la verdad completa luego de la resurrección y el derramamiento del Espíritu. Ellos debían dar a conocer los eventos ante todo el mundo en un momento dado. Como dice el libro de Eclesiastés, hay tiempo para callar y tiempo para hablar (Ec. 3:7). El punto es que el evangelio será conocido de una u otra manera y por tanto, el evangelio debe ser proclamado con valor.

2 No temer porque no pueden destruirnos

Jesús dijo a sus discípulos: “Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno.” (Mt. 10:28). Con esto Jesús afirma la verdad que afirma el Salmo 18:6 “Jehová está conmigo; no temeré lo que me pueda hacer el hombre”. Los enemigos del evangelio pueden destruir el cuerpo pero no el alma, pero la parte espiritual va a la presencia de Dios cuando un creyente perece.

Dios debe ser es a quien debemos de temer porque él puede enviar alma y cuerpo al infierno. Isaías 8:13 dice: “A Jehová de los ejércitos, a él santificad; sea él vuestro temor, y él sea vuestro miedo.” Por tanto, la persecución pondrá a prueba a quien tememos realmente. El temor a Dios es uno que santifica, que honra su nombre; el temor al hombre es una trampa.

3 No temer porque Dios tiene el control de todo

Finalmente el Señor afirma la dulce verdad de nuestra fe de que Dios es soberano y está en control aún de lo malo que nos acontezca, pues: “¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin vuestro Padre. Pues aun vuestros cabellos están todos contados. Así que, no temáis; más valéis vosotros que muchos pajarillos.” (Mt. 10:29-31)

Un pajarito que tenía un precio insignificante en el mercado (2 por un centavo), es cuidado por el Padre al punto que no cae a tierra o perece sin él. Se nos dice que el pajarito es vendido y perece pero que en medio de ello Dios está al tanto y acompañando, él no le quita la mirada. Para el creyente el cuidado es mayor pues el Padre conoce aún el número de sus cabellos, lo cual significa que conoce al hombre a profundidad tal como nos dice David en el Salmo 138. Jesús concluye que si esto es así no debemos temer porque valemos mucho más. El Señor enseña que Dios tiene sumo cuidado con sus hijos y ni un cabello caerá o nos será tocado si no es por su suprema voluntad y bajo su control.

Debemos confesar a Cristo.

Confesar o negar a Cristo tiene consecuencias celestiales. Debido a que los creyentes podrían ir ante tribunales vendría la tentación de negar que conocemos a Jesús como alguna vez lo hizo Pedro ante sus enemigos. Alguno podría pensar que negarlo no tendría consecuencias. Jesús puso un incentivo eterno, pues nuestra palabra nos justificará o nos condenará, con la misma vara que midamos a Cristo seremos medidos. Así dice: “A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos.” (Mt. 10:32,33)

Jesús nos dice que si le confesamos ante los hombres, hablando en el contexto de comparecer ante las autoridades para dar razón de nuestra fe, él nos confesará como sus discípulos y como hijos de Dios ante el Padre. Por tanto, uno debe valorar aquello que prefiere pues la negación ante el Padre es esencialmente que el diga “no os conozco” en el día del juicio. Pablo dice en 1 Ti. 2:12 ” si le negáremos, él también nos negará”. Por tanto, no nos debemos avergonzar ante los hombres.

Jesús trajo espada

Otro aspecto que puede pasar es el desaliento producido por las falsas expectativas en la vida cristiana. Si bien Jesús es el príncipe de paz y que él nos ha dejado su paz, no siempre tendremos paz con los incrédulos. Jesús advirtió: “No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada. Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; y los enemigos del hombre serán los de su casa.” (Mt. 10:34-36)

Dios quiere traer paz al mundo, pero no todos son dignos, no todos los hombres serán hombres de paz y nos harán la guerra. En ese sentido Cristo espera la decisión de todos, o son parte de Cristo o son enemigos abiertos o encubiertos. Al principio Jesús mismo enfrentó oposición de su propia familia y fue traicionada por uno de sus discípulos, y aborrecido por los líderes de su pueblo. No será fácil para los creyentes pues por una u otra razón se generará disensión dentro de la misma familia o comunidad inmediata.

Jesús es Señor y espera que la gente se doblegue a su autoridad, no admite medias tintas, por ello, aquellos que rechacen su autoridad suelen oponerse a quienes lleven su nombre. Mas nosotros no debemos ser hombpuesta en entredichores que respondamos mal por mal, sino bendiciendo cuando se nos maldiga.

Debo amar a Cristo más que a todo

Finalmente Jesús nos llama a valorar la relación con él como lo supremo, aún si con esto nuestra lealtad a la familia es puesta en entredicho, pues “El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí” (Mt. 10:37).

Jesús habla de quiénes son dignos de él y dijo “y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí.” (Mt. 10:38). Tomar la cruz es estar dispuesto a morir diariamente por él, morir al yo y al pecado, pero también estar dispuesto a entregar la propia vida por tenerle.

Y es que “el que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará.” (Mt. 10:39). La paradoja de esta verdad es que quien halla la vida por negar al Señor en realidad pierde la vida verdadera y quien la pierde por su causa la encontrará para siempre en Dios.

Conclusión

La persecución es una posibilidad en el contexto del testimonio cristiano. Jesús no desea que perezcamos por imprudencia y por eso nos manda caminar en sencillez y prudencia, si es necesario y posible huir y cuidarnos de la gente que puede lastimarnos. No obstante, si somos llevados ante los tribunales no debemos negar a Cristo sino testificar con valor y confianza, no temer porque Dios nos mira y nos reivindicará ante nuestros adversarios. Ante esta prueba límite debemos tomar en cuenta el día del juicio y lo que conseguiremos si estamos dispuestos incluso a dar nuestra vida.