Luego de que Jesús hablara sobre las dificultades y persecusiones con que podrían hallarse en el campo al que les mandó a predicar Jesús habla de las recompensa de quienes por el contrario los podrían ayudar. Ya Jesús había mencionado que algunos les darían lugar en su casa, hogares de gente de paz donde ellos podrían predicar el mensaje y ser sostenidos.

Recibir al mensajero es recibir al que lo envió

Imaginemos que el presidente de un país manda a dar un mensaje a un pueblo pero hay quienes no lo reciben y va a otro lado y allá sí lo reciben, en realidad no es al mensajero a quien rechazan o aceptan sino al presidente que lo envió. Por ello Jesús dijo: El que a vosotros recibe, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió. (Mt. 10:40)

No solo Jesús mandó a sus apóstoles (enviados, gr. apostoloi) sino que también iba con ellos y en ellos. En otra ocasión Jesús diría a Saulo, “¿por qué me persigues?”, porque al estar persiguiendo a la iglesia era a él mismo a quien quería destruir y a su Padre. Estamos diciendo que quienes reciben a los siervos y mensajeros de Dios reciben al Hijo y al Padre también en la casa y esa es la máxima recompensa.

El que recibe a un profeta

Luego de que Jesús dio esa promesa en general mencionó tres tipos de recompensa correspondiente al tipo de persona recibida. Primero menciona al profeta: “El que recibe a un profeta por cuanto es profeta, recompensa de profeta recibirá” (Mt. 10:41a). Los judíos consideraban que el profeta era el ministerio más alto que existía en el Antiguo Testamento.

Cuando Abraham fue al pueblo del rey Abimelec Dios amonestó a este monarca a que no tomara la mujer de Abraham, le dijo: “Ahora, pues, devuelve la mujer a su marido; porque es profeta, y orará por ti, y vivirás…” (Gén. 20:7). Elías fue enviado para ser alimentado por una viuda por orden divina (1 R. 17:9).

La promesa de Cristo es extraordinaria porque si un profeta es el símbolo del ministerio más alto por su labor exclusiva quien le ayuda recibirá una recompensa parecida. Osea que aunque nosotros núnca ejerzamos en ese ministerio sí podemos recibir su recompensa en el reino de los cielos.

El que recibe a un justo

Jesús siguió diciendo: “… y el que recibe a un justo por cuanto es justo, recompensa de justo recibirá.” (Mt. 10:41b) Aquí se refiere a la cualidad espiritual y moral de la persona que recibimos. La Biblia llama justo a José padre de María a quien no quisieron dar lugar en el mesón, también llama a José de Arimatea quien dio su tumba para que el Señor fuera sepultado.

La recompensa del justo como lo vemos en Mateo 5 y 6 está basada en la fe por la que realiza todas sus obras, es que ora, ayuna y da limosnas por amor genuino y no para ser visto por los demás. Cuando atendemos a una persona como esta también recibiremos una recompensa similar a la suya.

El que da un vaso a un pequeñito

Finalmente Cristo menciona que: “cualquiera que dé a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría solamente, por cuanto es discípulo, de cierto os digo que no perderá su recompensa.” (Mt. 10:42). Aquí Jesús se refiere a los discípulos más pequeños, los menos prominentes, los más sencillos.

Podría pensarse que ayudar a un pequeño del reino no tendría mucha relevancia sino solo ayudar a los grandes siervos que resaltan. Jesús nos dice que aunque solo sea que les saciemos la sed con un vaso de agua fría tendremos recompensa por cuanto es un discípulo del Señor. Dar un vaso de agua es un gesto pequeño en comparación con otros actos como dar una habitación, comida y dinero por cierto tiempo, no obstante no perderá la recompensa.

¿De qué tipo son las recompensas de Dios?

Hay recompensas espirituales y materiales. El Probervio 11:25 dice “El alma generosa será prosperada; y el que saciare, él también será saciado.” El caso de aquella mujer que recibió a Eliseo en 1 Reyes 4 tenemos que Dios le concedió un hijo pues era estéril y luego cuando falleció lo resucitó.

La recompensa de tener a un siervo de Dios en casa es recibir la Palabra en primer lugar y ser partícipe de sus oraciones y como vimos en este pasaje de Mateo el permitirnos recibir de aquello que los siervos de Dios van ganando por su labor.