El trabajo es una bendición aunque para algunos solo sea aflicción y pena. También tenemos que señalar que tiene una maldición por causa del pecado de nuestro padre Adán.

Hoy en día muchos consideran que el trabajo no tiene nada de espiritualidad porque corresponde al ámbito terrenal y temporal, ¿qué tendría que ver Dios con eso? Pues bien cuando Dios hizo al hombre del polvo de la tierra lo puso en el huerto que había plantado. Antes de eso Génesis 2:3 nos señala que Dios descansó de la obra que había hecho durante seis días y luego él mismo se encargó de plantar un huerto para que el ser humano lo labrase y lo cuidase (Gén. 2:15). Por tanto, Dios, quien es Espíritu (Jn. 4:24) es el primer trabajador y quien siempre trabaja al dar vida a cada ser vivo, sostiene el universo, da salvación y juzga a la humanidad. El hombre al ser hecho a su imagen y semejanza hace igual es llamado a hacer igual a su Padre en su huerto.

Dicho huerto era contenía todo árbol delicioso y bueno para comer, pero también un árbol de ciencia del cual no tenía que comer para no morir. Su tarea espiritual era honrar a Dios al trabajar con pasión y amor para su padre, sostener de este modo a toda su descendencia la cual debía tener y desarrollar una cultura acorde al reino de Dios. Originalmente la tierra era bendecida, y por ende el trabajo era hecho sin desgaste o fatiga, con alta productividad y sin hierbas destructivas. Como agricultor el hombre podría ser coparticipe en la obra de Dios: sembrar, regar, y confiar que el crecimiento lo daría el Señor. El trabajo era hecho en su presencia y debía ser hecho en el reconocimiento de que toda bondad de la tierra provenía del Padre en el cual no hay sombra de variación sino solo cosas buenas.

La bendición del trabajo como corregentes de la creación es poder ser sostenidos por ella y así ver mediante la naturaleza la gracia y misericordia de Dios. El trabajo no será bendición si no está Dios porque si Jehová no edifica la casa en vano trabajan los que la edifican (Sal. 127:1).

Dios también encargó al hombre ponerle nombre a los animales (Gén. 2:19). Esto implica que Dios puso bajo sus pies todos los recursos naturales y agropecuarios para que lo conociera, lo poseyera y lo administrara, no para que los destruyera. Lo que uno nombra es lo que uno posee pero para ello el ser humano debe desarrollar ciencia y tecnología. Debe ver, entender, diferenciar, conocer, llamar y disponer según sus necesidades.

Así que el hombre administrará la tierra mediante su trabajo responsable porque nada es suyo. No debe creerse el dueño núnca, no debe enorgullecerse de tener sino agradecer a Dios quien le dio el honor y lo enriqueció.

El trabajo también contiene una maldición que no proviene de la voluntad original de Dios sino de la decisión equivocada del hombre quien prefirió comer del fruto prohibido a la abundancia de las riquezas de Dios. Satanás vino en forma de serpiente para engañarlos diciendo que Dios no era bueno porque no les daba qué comer porque les prohibía dicho fruto. Esto pecado produjo vergüenza y maldición para la humanidad. Dios emitió una dura palabra:

… maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás.


(Gén. 3.17-19)

Además de eso lo expulsó del huerto del que fue tomado (Gén. 3:23, 24). Sobre esto debemos decir que todo malestar, dolor, los problemas y cansancio que conlleva el trabajo, aún aquel trabajo que nos gusta es una maldición que nos debe hablar de la realidad del pecado e invitarnos a retornar a nuestro creador quien nos promete otro paraíso. Es así que muchos encuentran hastío en el trabajo cotidiano. Salomón dice “Aborrecí, por tanto, la vida, porque la obra que se hace debajo del sol me era fastidiosa; por cuanto todo es vanidad y aflicción de espíritu.” (Ec. 2:17). No obstante, aún con la vanidad del trabajo (siempre se trabaja esperando obtener algo que al final no permanece eternamente) Salomón dice que “Yo he conocido que no hay para ellos cosa mejor que alegrarse, y hacer bien en su vida; y también que es don de Dios que todo hombre coma y beba, y goce el bien de toda su labor.” (Ec. 3:12,13).

De lo anterior tenemos que la bendición del trabajo está cuando reconocemos la eternidad pero también disfrutamos del poder comer, beber y gozarnos con las ganancias de la labor. Con el trabajo nos debemos ver como siervos de Dios y con los dones que obtenemos mediante él debemos ser agradecidos

¿Cuál es el lugar ideal para el trabajo? el cielo. En el cielo trabajaremos por siempre desarrollando nuestros dones para honrar al creador pero sin ninguna maldición, sin espinas, sin cardos, sin escasez, sin sequía, sin enfermedad, ni muerte. Juan vio la Nueva Jerusalén y nos dice lo que sucederá:

En medio de la calle de la ciudad, y a uno y otro lado del río, estaba el árbol de la vida, que produce doce frutos, dando cada mes su fruto; y las hojas del árbol eran para la sanidad de las naciones. Y no habrá más maldición; y el trono de Dios y del Cordero estará en ella, y sus siervos le servirán,

Ap. 22:2,3