Qué bueno es saber que tenemos un Dios que también se interesa cómo somos tratados en el trabajo y no solo por las cosas “espirituales”. Él está al tanto de todos nosotros en todas las áreas de la vida. Hay gente que hoy pasa por diversas injusticias como despidos, pagos retardados, salarios muy bajos, explotación laboral, presiones, amenazas en el trabajo, etc. ¿Qué pueden hacer? ¿qué esperanzas les da la fe en Dios?

Hay algunas historias bíblicas interesantes de cómo Dios ha intervenido para hacer justicia a su pueblo cuando han sido injustamente tratados. Uno de estos casos es Jacob cuando tuvo que huir a casa de su tío Labán y tuvo que sufrir sus engaños y continuos cambios de salario. Primero lo engañó con que le daría a su hija Raquel por siete años de servicio dándole a Lea, por lo cual tuvo que trabajar por ella otros siete años.

Cuando Jacob pidió a Labán que le diera a sus hijos y esposas para irse luego de trabajar tanto, Labán le pidió que se quedara más tiempo porque había sido bendecido a través de Jacob. Él no aceptó un pago por cuidar las ovejas de su suegro pero le pidió las que estuvieran manchadas o moteadas de negro. Labán aceptó, pero de inmediato fue a esconder las ovejas que tenían esas características. A pesar de esto Dios lo bendijo multiplicando a los animales manchados y negros. Jacob dijo a sus esposas “y vuestro padre me ha engañado, y me ha cambiado el salario diez veces; pero Dios no le ha permitido que me hiciese mal… así quitó Dios el ganado de vuestro padre, y me lo dio a mí” (Gén. 31:7,9).

Algunos aspectos interesantes que podemos tomar como enseñanza en esta historia es la paciencia y perseverancia de Jacob en medio de las injusticias vividas. Los creyentes que confiamos en la soberanía divina debemos esperar el momento en que Dios actúe en nuestro favor. Cuando llegó el momento determinado Dios le dijo que saliera y dejara a su suegro. Hubo muchas veces que Jacob quiso retirarse pero siempre era movido a quedarse hasta el día que Dios le dijo que era la hora, pero no se fue con las manos vacías.

Algo similar a esto tenemos unos cuatroscientos años cuando el faraón esclavizó a los hijos de Israel y no los quería dejar ir a adorar a Dios. Entonces Dios levantó a Moisés para juzgarlo por sus injusticias y pagarles con la misma moneda. Dios los castigó con diez plagas y la final consistió en la muerte de los primogénitos porque los egipcios habían matado a los bebés varones que nacían. También Dios les ordenó que le pidieran las joyas y el dinero de los egipcios quienes no los enviaron con las manos vacías. Así, Dios despojó a los egipcios por haberlos tenido por tantos años sin ningún pago y en medio de una terrible opresión.

Cuando Dios liberó a Israel le dio sendas leyes, en las cuales algunas de ellas tenían que ver con el trato hacia el trabajador y hacia los siervos. Por ejemplo, algunas hablaban del perdón de las deudas en el jubileo, el pago oportuno a los empleados, un juicio justo para siervos y libres, el no maltrato a los esclavos, etc.

En el Nuevo Testamento Santiago habla duramente contra los ricos opresores y menciona que sus riquezas están enmohecidas y dice: “El pago que no les dieron a los hombres que trabajaron en su cosecha, está clamando contra ustedes; y el Señor todopoderoso ha oído la reclamación de esos trabajadores” (Stg. 5:4), por tal motivo solo estaban amontonando gordura para el día de la matanza. El Señor estaba enojado porque ellos habían condenado y matado a los inocentes trabajadores sin que les hicieran resistencia.

Confiando en la justicia divina debemos obedecer a los jefes no solo cuando nos miran sino hacerlo para el Señor quien nos recompensará por el trabajo bien hecho. Pablo también dice que debemos honrar incluso a los amos o patrones que son difíciles de soportar y no cometer injusticias porque Dios juzga imparcialmente (Col. 3:25), tanto a los jefes como a los empleados.

Si pasamos por algún tipo de injusticia en el trabajo recordemos que Dios también mira esto pues “Jehová es el que hace justicia y derecho a los que padecen violencia” (Sal. 103:6)