Algunos llaman a la iglesia “la santa madre iglesia” pero esto no es adecuado desde el punto de vista bíblico porque el término “madre de todos” los creyentes se aplica a la Nueva Jerusalén (Gá. 4:26). En este pasaje Pablo discute el asunto de los verdaderos hijos de Dios que queda alegorizado con la historia de Agar y Sara de quienes Abraham tuvo hijos. Con Agar la esclava tuvo un hijo esclavo porque su madre era esclava y con Sara, su esposa, tuvo un hijo libre, pero lo más importante es que Isaac fue nacido según la promesa y no de la carne. Entonces Pablo dice que los verdaderos hijos de Dios no son necesariamente los que provienen del pueblo de Israel porque estos son hijos de la carne, sino que los verdaderos hijos de Dios serían los que nacieran de voluntad de Dios y nacidos de arriba por el Espíritu.

La cuestión es que así como era imposible para Sara tener un hijo pues era estéril, también es imposible para el ser humano nacido en pecado ser hijo de Dios por sí mismo a menos que Dios lo desee. También implica que si es esclavo, no es hijo, no heredará el reino de los cielos.

Pablo entonces cita Isaías 54 donde el Señor dice a Jerusalén que se regocije aunque al presente sea como mujer estéril y abandonada porque tendrá hijos. En el Antiguo Testamento esto significaba que pese a que ella había sido destruida y los judíos habían sido dispersados por la tierra, Dios la reconstruiría y traería a sus hijos de vuelta. La promesa es que Dios volvería a tomarla como su esposa. Isaías 54:11 dice: “pobrecita, fatigada con tempestad, sin consuelo; he aquí que yo cimentaré tus puertas con carbunclo, y toda tu muralla de piedras preciosas”, Dios promete proteger a sus hijos, y darles paz y justicia por siempre. Dios no desechó a su pueblo sino que le proveyó de hijos los cuales somos nosotros en Cristo

Jerusalén es nuestra madre patria, es la Jerusalén celestial a la que nos hemos acercado, a la compañía de millares de ángeles, de los santos inscritos en los cielos, a Dios el juez supremo y a Jesús el mediador (Heb. 12:22,23). El libro de Apocalipsis nos revele que un día esta nueva ciudad descenderá del cielo dispuesta como una novia para su marido (Ap. 21:2). Dios cumplirá su palabra dada a Abraham de darles hijos como las estrellas del firmamento, una ciudad de piedras hermosas cuyos cimientos son doce piedras con los nombres de los apóstoles. Sus piedras son los hijos que conforman la iglesia, el pueblo de Dios.

la nueva Jerusalén que descenderá del cielo de Dios

En términos espirituales ser hijo de esta ciudad celestial implica ser heredero y coherederos con Cristo. Pero, ¿Cómo logramos ser hijos de esta ciudad? creyendo la promesa como Sara y Abraham lo creyeron, creyendo en Jesús:

Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.

Juan 1:12,13