La salvación es algo que se recibe de arriba por la fe. Es Dios abriéndonos el entendimiento hacia él. Luego de haber enunciado una de las palabras más duras dichas en su ministerio contra las ciudades que no se habían arrepentido profetizando su caída, Jesús se regocijó en su espíritu y alabó a Dios “… porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó” (Mt. 11:25,26). La Escritura nos dice que Dios resiste a los soberbios pero da gracia a los humildes (Stg. 4:6). No es que Dios esté en contra de los intelectuales o sabios del mundo sino contra los que en envanecimiento y necedad lo niegan.

En su carta a los romanos Pablo dice que los hombres: “… habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido.” (Ro. 1:21). Por tanto, hay un entendimiento natural que es rechazado en aras de otras explicaciones lo cual les lleva a unas tinieblas espirituales.

Jesús se regocija y alaba a Dios porque a él le plació, le agradó, esconder a algunos y dar a conocer a otros su conocimiento salvador, esto es, a los niños. Por niños Jesús se refiere a la gente sencilla y humilde que recibe su palabra. Un niño es una persona que no tiene pretensiones, un ser curioso que se sorprende de las cosas nuevas, uno que está abierto a los demás, que no tiene prejuicios.

La salvación es una revelación divina. Esto implica que el ser humano está ciego a la comprensión de la verdad de Dios a menos que el Espíritu de Dios se lo muestre. Jesús expresó “Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar.” (Mt. 11:27). Cuando Cristo dice que todas las cosas le fueron entregadas por el Padre se refiere a las cosas de la tierra y del cielo y a cada ser humano que le pertenece. También nos enseña que el conocimiento del Padre es exclusivo del Hijo, y el conocimiento exclusivo del Hijo le pertenece al Padre, pero lo más extraordinario es que también puede conocerlo a quien Jesús lo quiera revelar.

Si la salvación es una revelación de aquel al que se la quiera dar, ¿hay gente a la que Dios injustamente no se quiera revelar? La Biblia nos dice en 1 Timoteo 2:4 que Dios quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad. De hecho el procura esto a través del llamado al arrepentimiento que él hizo a su pueblo y que hoy nos ordena a todos.

Jesús le dijo a Pedro que su confesión de que él era el Hijo de Dios no se lo había revelado carne o sangre (ser humano), sino su Padre que estaba en los cielos (Mt. 16:17). Entonces, ¿podemos hacer algo para que Dios nos revele a su Hijo? Sí, ser humildes y orar. Pablo oraba por los efesios “para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él” (Ef. 1:17).