Mientras que las Biblias católicas tienen 73 libros, las evangélicas tienen 66. Es importante mencionar que todas las Biblias conservan 27 libros en el Nuevo Testamento y que la diferencia fundamental se haya en el Antiguo Testamento.

El canon hebreo

Un canon es la lista de libros aceptados como inspirados. Es importante referirnos a los libros canónicos porque a partir de ello reconoceremos qué libros no lo son. Para el tiempo de Jesús era común llamar a este canon con el nombre de la ley, o la ley y los profetas, o siendo más específicos como la ley, los profetas y los salmos como hace Jesús en Lc. 24:44 al referirse a todo lo que se decía de él. El primer testimonio más antiguo de la existencia de esta división tripartita de este canon lo tenemos por parte del nieto de Jesús hijo de Sirac en el prologo del libro de Eclesiástico en el 132 a.C. “[La ley, los profetas y los demás libros que fueron escritos después, nos han trasmitido muchas y grandes enseñanzas…” (Eclesiástico 1:1). Lo cual en sí mismo nos enseña que él mismo no se consideraba como parte de las mismas Escrituras.

Más adelante el historiador Josefo a finales del siglo 1 dice en su libro “contra Apión” que los libros proféticos e inspirados existieron en el periodo desde Moisés hasta Artajerjes (Desde Génesis a Malaquías que se escribió en el siglo IV a.C.) pero aquellos que fueron escritos después “no se han considerado dignos de igual crédito que los anteriores porque desde entonces no ha sido bien establecida la sucesión exacta de los profetas”. De hecho esto mismo era reconocido por el escritor de 1 Macabeos 4:46 y 14:41 que no podían hacer ciertas cosas hasta que apareciera un profeta autorizado que les dijera lo que tenían que hacer.

Durante el mismo tiempo que Josefo algunos rabinos se reunieron en Jamnia para discutir qué libros les “quemaban las manos” al tomarlas, es decir, cuáles eran de inspiración profética y reconocieron esencialmente, sin cambio, los 39 libros de la Biblia hebrea. Parte de la evidencia de estos libros los encontramos en los libros de Qumran descubiertos en 1947 que se han datado casi dos siglos antes de Cristo y muestra que aunque la comunidad de los esenios usaban otros libros reconocía a los 39 como inspirados.

Hay que aclarar que la Biblia hebrea (Tanaj) originalmente contenía 22 libros de los cuales dos se dividieron para ser 24 y finalmente cinco más se dividieron para hacer 39 (Ejemplo: 1 y 2 Crónicas eran uno solo).

La septuaginta y la divergencia hebrea

Para entender la diferencia entre el canon católico y el evangélico tenemos que remitirnos al año 250 a.C. cuando los libros del Antiguo Testamento fueron traducidos al idioma griego. Dicha versión fue conocida como la septuaginta (LXX), porque una leyenda cuenta que 70 ancianos la tradujo al griego. Hay que mencionar que para el año 150 a.C. las Escrituras hebreas ya habían sido traducidas al griego pero luego de esa fecha otros libros fueron escritos en ese idioma de los cuales seis se conservan en las versiones católicas: Baruc, Eclesiástico (Sirac), Sabiduría, Tobías, Judit y 1 y 2 Macabeos con algunas adiciones a otro libros.

El asunto es que para el tiempo de Jesús se hablaba el idioma griego y los cristianos que llegaron a evangelizar a los paganos usaron la versión septuaginta la cual contenía estos nuevos libros. Es importante señalar que muchos de los pasajes citados del Antiguo Testamento en el Nuevo Testamento son citas de la septuaginta, mientras que la minoría son hechos de la versión hebrea o aramea. Una de las posibles citas de los apócrifos de 2 Mac. 6:18- 7:41 es el de Hebreos 11:35-38, el escritor de Hebreos hace un excelente uso de la septuaginta en su carta como todo un judío helenista.

Los judíos empezaron a llamar a estos libros agregados como apócrifos (ocultos) por no saber quién los había escrito y porque no los reconocían como inspirados.

La iglesia cristiana y los apócrifos

Durante los primeros siglos de la iglesia no había un consenso de cuáles libros eran los canónicos. Algunos aceptaban todo el Tanaj (Biblia hebrea) más los apócrifos, aún otros con otros libros como 2 y 3 de Esdras, 3 y 4 de Macabeos, 1 de Enoc, etc. Así Justino Martir (160 d.C.) aceptaba la septuaginta más que la hebrea mientras que Melitón de Sardis (170 d.C.) creía en los 39 del tanaj al igual que Orígenes. Más adelante también Atanasio (367 d.C.) reconocería los 39 de la Biblia hebrea como los inspirados. Atanasio también menciona que aparte de estos libros inspirados hay otros (Sabiduría, Eclesiástico, Ester, Judit y Tobías) que él considera como útiles y edificantes y el resto como apócrifos que él no aconsejaba la lectura.

En el occidente por su parte la iglesia latina se decantó más hacia el uso de la septuaginta con sus añadiduras en especial por el trabajo de la traducción de Jerónimo quien incluyó a los apócrifos a dicha Biblia en el siglo IV. Respecto a los libros apócrifos Jerónimo escribió:

igual que la iglesia lee Judit, Tobit y los libros de los macabeos sin considerarlos libros canónicos, permitamos también leer estos dos volúmenes (Eclesiástico y Sabiduría) para la edificación del pueblo aunque no sean para establecer la autoridad de los dogmas eclesiásticos”

Jerónimo

Lo que Jerónimo denomina apócrifos son los que Atanasio y Rufino llaman libros eclesiásticos, para leer en la iglesia pero no a la par de los canónicos. Agustín por su parte creía y aceptaba los 46 libros de la iglesia católica e influyó en los concilios posteriores que reconocían a estos libros como parte de las Escrituras poniéndolas en un segundo canon (deuterocanónicos).

Los reformadores afirmaron el principio de Sola Escritura y tuvieron que discutir asuntos como el purgatorio y la oración por los muertos en los que se sustentaba la venta de indulgencias no basados en los libros apócrifos en los que podían encontrar cierto apoyo. 2 Macabeos 12:45 parecía plantear la posibilidad de ofrendas para los muertos y el libro de Tobías la justificación por las obras. Lutero recordó que dichos libros, como había dicho Jerónimo, no podían ser base para establecer doctrina.

Las versiones protestantes como la alemana, la sueca y la inglesa incluían los libros apócrifos pero en una sección aparte con la nota que dichos libros no debían ser considerados como las Escrituras pero que podían ser útiles y buenos para leer. En reacción a la reforma el concilio de Trento estableció que los libros apócrifos eran iguales al resto de las Escrituras en inspiración.

La disposición a incluir los libros apócrifos en las Biblias protestantes continuó del mismo modo hasta mediados del siglo XVII donde por ejemplo la confesión de Westminster expresó que solo los 39 libros del Antiguo Testamentos son inspirados y los apócrifos no tienen más valor que cualquier libro humano.

¿Pueden considerarse canónicos (o deuterocanónicos) los apócrifos?

A parte de las consideraciones que hemos mencionado hay que decir que estos libros no cumplen con los criterios de canonicidad que el resto. Por ejemplo, no fueron escritos por profetas o personas reconocidas como inspiradas. Tampoco muestran unidad doctrinal con el resto de las Escrituras, pues contienen enseñanzas contradictorias con otros pasajes bíblicos. También es posible hallar en ellos errores de tipo histórico y geográficos y elementos demasiado fantasiosos como lo es en las añadiduras a Daniel y el libro de Tobías. Por último, ellos mismos no se consideraban inspirados como las Escrituras hebreas.

No obstante, es posible encontrar en ellos ciertas verdades, enseñanzas e historias verídicas que pueden ser de utilidad si uno es prudente en su uso. Por lo cual podemos concluir que aunque no son inspirados quienes los tienen en sus Biblias pueden obtener ciertos beneficios al leerlos siempre y cuando no fundamente doctrinas trascendentales como el de la salvación en ellas. Aquellos que no las tienen en sus Biblias deben considerar que las Escrituras son suficientes para la salvación y para nuestra fe y práctica.

Bibliografía

  • F. F. Bruce. El canon de la Escritura. Editorial Clie: Barcelona, España, 2002.
  • Donald Demaray. Introducción a la Biblia. Editorial Unilit: Miami, Florida, 2001.