Dos de los atributos divinos menos reconocidos son el celo y la ira de Dios, tal vez esto se deba a que solemos relacionarlos a cosas malas. Es cierto que la ira o el enojo nos suele llevar a cometer pecados como los pleitos, el odio y el asesinato, por tanto, debemos diferenciar entre la ira como emoción y reacción ante algo que no nos parece bien y la manera en que esta se encauza. Por su parte los celos surgen en el contexto de una relación en la que la persona se resiente porque otro tiene privilegios que él no, o porque siente que se le quita algo que él cree que es su derecho. Hay momentos, no obstante que los celos parecen ser justificados como cuando la esposa coquetea con otra persona y este es el caso de Dios

Ahora, refiriéndonos a Dios tenemos que decir que él no peca, no hace núnca nada malo y por tanto su ira y celos son siempre justos, son además compatibles con un Dios bueno y amoroso. Filosóficamente podemos razonar que una persona no puede ser buena si no aborrece el mal, si alguien es bueno busca el bien de los demás y puesto que las acciones malas causan daño a quien lo comete y a otros él no puede estar de acuerdo con eso. Dios no puede ser un ser impasible, sin sentimientos o indiferente ante el mal que nos sucede. Si la bondad y el amor también son compatibles con la justicia, que consisten en dar a cada quien lo que se merece, entonces habrán cosas que merecen castigo o retribución proporcional al daño causado.

La Biblia nos habla que la ira de Dios se encendió contra Israel (Nm. 32:13) y esto fue constante en tanto que esta nación fue rebelde. Pero no solo el Antiguo Testamento nos da cuenta de esto sino también el Nuevo, como cuando Pablo dice que la ira de Dios se derrama sobre los hijos de desobediencia y los que detienen con injusticia la verdad (Ef. 2:3, Ro. 1:18). Las Escrituras también rebelan que Jesús y el Espíritu Santo tienen esta misma cualidad: El pueblo de Israel al ser rebelde hizo enojar su santo Espíritu (Is. 63:10) y Cristo se enojó con los judíos por la dureza de su corazón (Mr. 3:5).

Respecto al celo, casi siempre está relacionada con la actitud idólatra del pueblo de Dios “Porque no te has de inclinar a ningún otro dios, pues Jehová, cuyo nombre es Celoso, Dios celoso es.” (Ex. 34:14). Dicho celo se ha de manifestar en ira ante el rechazo de la gloria de Dios y preferencia por un ídolo vano. Puesto que Dios es el ser más excelente, bello, bueno y maravilloso rechazarlo no es solo un acto incoherente sino también de desprecio y de adulterio espiritual. Son muchas las ocasiones en que Dios le dice a los suyos que él es como un esposo fiel para ellos, pero la iglesia no siempre es fiel. Alguien definió el celo de Dios como su procuración constante de proteger su honor.

Santiago dice “¿O pensáis que la Escritura dice en vano: El Espíritu que él ha hecho morar en nosotros nos anhela celosamente?” (Stg. 4:5), por dicha razón no podemos amar más al mundo que a Dios. Si lo vemos como una relación de amistad, cuando nos hacemos amigos del enemigo, nos convertimos en enemigos de Dios. Jesús por otro lado manifestó celo por la casa de Dios cuando enojado la limpió de los cambistas que invadían el lugar e impedían la adoración a los gentiles (Jn. 2:17).

Nosotros podemos imitar a Dios al aborrecer todo aquello que a él le desagrade enojándonos por la injusticia y la maldad. También podemos aprender a valorar a Dios y a su gloria como lo más elevado y hermoso, teniendo pasión y celo por él y no por nosotros mismos.

La Escritura nos dice que Dios es lento para la ira, o sea paciente para con todos. Él espera al pecador, le da tiempo para que se arrepienta. Él no desata su enojo de inmediato pero habrá un día en que su ira será descargada totalmente (1 P.3:9,10)