Antiguamente un siervo no era otra cosa que un esclavo al servicio de un amo o señor. Jesús fue llamado siervo porque su tarea al venir al mundo fue hacer la voluntad del Padre y no el recibimiento de honor personal o para ser servido. El evangelio de Mateo nos dice que cuando Jesús sanaba a los enfermos que venían a él les ordenaba que no dijeran nada en público acerca de él, no tenía el interés de una promoción mercadotécnica al estilo de los políticos modernos. Meditando en esto Mateo cita el pasaje de Isaías 42:1-4 donde nos habla de cuál sería la actitud de Cristo al venir al mundo ante la posibilidad de seguir el ejemplo político de su tiempo.

El primer versículo nos recuerda el bautismo de Jesús: “Aquí está mi siervo, a quien he escogido, mi amado, en quien me deleito. Pondré sobre él mi Espíritu, y proclamará justicia a las naciones.” (Mt. 12:18) El Padre mostró a su Hijo el día de su bautismo ante Juan y los testigos diciendo: este es mi Hijo amado en quien tengo complacencia. Es Hijo y es siervo, un Hijo que sirve por amor en obediencia, escogido desde la eternidad para cumplir el propósito salvífico. Es el amado y quien responde con amor, es quien da la máxima satisfacción al Padre eterno. Su elección también implica el sello divino para ser rey al final pero pasando antes por el proceso del servicio. Dios puso su Espíritu en Jesús que descendió en forma de una paloma. Su mensaje es el de proclamar justicia a los pueblos del mundo, declarar aquello que le agrada al Señor y mostrarle el camino de salvación al mundo.

Como siervo elegido se nos dice que: “No protestará ni gritará; nadie oirá su voz en las calles.” (Mt. 12:19). Antiguamente la gente podía llegar al reino por herencia, por un golpe de estado o por usurpación al ganar la mayoría del pueblo al ponerlos en contra de los gobernantes que estuvieran en el trono. Ellos hacían campañas para hacer promesas, alzando la voz a fin de obtener adeptos y seguidores. Protestaban por lo mal que les iba para así exacerbar los ánimos de la población para llevarlos a una insurrección. Jesús no era como ellos, él ni siquiera quería que la gente le siguiera por los milagros realizados que podría producir admiración y seguidores curiosos. Él no llegaría al trono mediante los medios humanos manipulables de la demagogia política o sus poderes sobrenaturales.

El profeta Isaías también había predicho que el siervo del Señor “No romperá la caña quebrada ni apagará la mecha que apenas humea, hasta que haga triunfar la justicia.” (Mt. 12:20) El término caña quebrada se refiere a los débiles entre el pueblo, a la gente pobre (Ex. 29:6); lo mismo significa una mecha que apenas humea. Esto define su política de acción ya que él no pelearía por los poderosos sino por los pobres, oprimidos y angustiados. No iría en busca del poder por el poder sino que usaría el poder para ayudar a los más necesitados. Era común que al llegar un nuevo rey estos abusaban y oprimían más a esas mechas que apenas humeaban hasta extinguirlos. Jesús por el contrario haría triunfar la justicia por medio de la verdad. No solo proclamaría justicia sino que la traería a pesar de la oposición que viviría de parte de los privilegiados. Jesús no se desalentaría hasta llegar a cumplir su cometido en la tierra, fue muerto, pero ha resucitado y viene por segunda vez a establecer su reino.

Finalmente se nos dice que “las naciones pondrán su esperanza en él.” (Mt. 12:21). No solo habrá de reinar sobre Israel sino en las naciones de el mundo. Todos los ojos de las naciones mantienen su esperanza en aquel que un día pisó esta tierra y no estuvo interesado en la honra y poder terrenal sino la gloria que viene de Dios. Él sirvió por amor y murió en la cruz para poder dar esperanza a toda la humanidad.

Tanto políticos cristianos como no cristianos se beneficiarían al seguir su ejemplo porque el verdadero sentido de la política es servir y se llegará a puestos si se sigue el camino de la justicia.