Una blasfemia es un insulto, injuria u ofensa que se hace contra algo sagrado o contra Dios. Esto es algo que está condenado desde el tercer mandamiento, no tomar su nombre en vano (Ex. 20:7). Tiene que ver con dañar la reputación de Dios insultándole. Así como a nosotros nos ofenden palabras que nos denigran y son un daño a nuestra moral, Dios también es ofendido gravemente por palabras humanas y constituyen pecados contra su honor. La blasfemia contra el Espíritu es la injuria en contra suya, no obstante, en el contexto en el que Jesús habló de este pecado vemos una connotación de gravedad fuerte, no es una simple palabra que se dice sino conlleva una actitud de rechazo contra la obra y la persona del Espíritu.

Un día “llevaron a Jesús un hombre ciego y mudo, que estaba endemoniado, y Jesús le devolvió la vista y el habla.” (Mt. 12:22). Esta acción de bondad fue interpretada de dos maneras diametralmente opuestas: algunos admirados creyeron en él como el Hijo de David, el mesías prometido que iniciaría la era de victoria sobre el mal (23); los fariseos, por el contrario, dijeron “Beelzebú, el jefe de los demonios, es quien le ha dado a este hombre el poder de expulsarlos.” (24). Beelzebú era el nombre que se le daba a Satanás, y significaba el señor de las moscas. Ellos decían que el poder de Satanás era el que estaba detrás de estas operaciones de milagros, esto era una blasfemia.

Jesús defendió la obra del Espíritu de estas acusaciones con argumentos lógicos:

1. Satanás no puede estar dividido contra sí mismo porque su reino no podría sostenerse (25-26): un país dividido en bandos enemigos, o una ciudad o familia no puede mantenerse. Por tanto, Satanás no puede expulsar a Satanás.

2. Si Jesús echaba fuera demonios por Beelzebú ¿por qué poder los echaban los seguidores de los fariseos que decían ser exorcistas (Hch. 19:13)? (27). Sus propios seguidores demostraban que ellos estaban equivocados. Estos exorcistas judías decían usar el poder de Dios para hacer expulsiones de demonios, los fariseos pensaban que esto era cierto y no los atacaban diciéndoles que eran del diablo, por tanto, aquí había una inconsistencia.

La verdad del poder de Cristo

Ya demostrado que este poder no provenía del diablo Jesús dice que si estas expulsiones son por medio del Espíritu de Dios, eso significa que el reino de los cielos ha llegado y que esta es una señal de su manifestación (28). Era precisamente esta posibilidad la que ellos negaban, ellos no podían y no querían reconocer a Jesús como el Hijo de David esperado.

Jesús no es aliado de Satanás sino quien le roba el botín y rescata los cautivos del tirano (29, Is. 49:24-26). Para eso necesita atar al hombre fuerte con su poder. Satanás ata las vidas por medio del pecado y luego puede llegar a poseerlos, Jesús por su parte ata a Satanás expulsándolo para así poder rescatarlos del pecado.

Solo hay dos bandos “El que no está a mi favor, está en contra mía; y el que conmigo no recoge, desparrama.” (30). En la guerra espiritual por las armas solo hay dos bandos: el reino de Cristo que el trae por el poder del Espíritu y el reino de las tinieblas que ata y destruye las vidas. Por ello no estar a favor de Cristo es ponerse en su contra, en otras palabras, Jesús los está acusando de ser ellos los aliados de Satanás, ser instrumentos no de recogimiento sino de desparramamiento.

La blasfemia contra el Espíritu

Así Jesús expresó:

Por eso les digo que Dios perdonará a los hombres todos los pecados y todo lo malo que digan, pero no les perdonará que con sus palabras ofendan al Espíritu Santo. Dios perdonará incluso a aquel que diga algo contra el Hijo del hombre; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no lo perdonará ni en el mundo presente ni en el venidero.

(31,32, DHH)

De nuevo, ¿por qué Dios no perdonará la blasfemia contra el Espíritu como la que ellos pronunciaron? porque decididamente se oponen y resisten a la obra clara del Espíritu, porque van contra la razón y la verdad que Dios quiere revelar. Notemos que el grueso de la población pudo darse cuenta claramente que aquel milagro de hombre que recibía la vista y el habla al ser expulsado el demonio provenía de Dios, pero ellos estaban enceguecidos por el odio y la envidia.

La gravedad de dicho pecado es que mientras la prostituta, el asesino, el ladrón o el violador pueden percibir la obra del Espíritu y quedar convictos de pecado, estos no solo no aceptan sino rechazan y ofenden deliberadamente a aquel que puede transformar sus corazones y darles evidencia de la verdad.

Incluso si se compara dicho pecado con el de blasfemar contra Cristo esto no sería igual de grave. Notemos que la acusación de echar fuera a Satanás por medio de Satanás era una ofensa contra Cristo también, como decir que era brujo o hechicero lo hubiera sido, pero ellos atribuyeron al diablo la obra clara del Espíritu divino que los quería llevar a la salvación. No es porque el Espíritu sea el más “débil” o porque el sea el más sagrado, los tres en la trinidad son santos, sino que, tiene que ver con el papel del Espíritu en la obra de redención. A lo largo de la historia de Israel, y de la iglesia, es el Espíritu, y no el Hijo o el Padre, quien ha estado encargado de obrar para la salvación dando revelación, llamando, regenerando, santificando, etc. Pero Israel fue rebelde “e hicieron enojar su santo espíritu; por lo cual se les volvió enemigo” (Is. 63:10), Esteban reprendió al Sanedrín “¡Duros de cerviz, e incircuncisos de corazón y de oídos! Vosotros resistís siempre al Espíritu Santo; como vuestros padres, así también vosotros.” (Hch. 7:51).

Ahora bien, hay personas que han sido rebeldes e incluso blasfemos e injuriadores como lo fue el mismo apóstol Pablo (1 Ti.1:13) pero por la gracia han alcanzado salvación, por tanto, no podemos juzgar los corazones y llegar a decir quien ha cometido este pecado. Lo que sí podemos ver es que dichas personas núnca alcanzarán la salvación ni el perdón ni ahora o en el siglo venidero cuando Jesús venga (no es que halla de haber perdón en ese tiempo sino que Jesús dice que jamás lo habrá). Tristemente como dijo a los fariseos, “en vuestros pecados moriréis” (Jn. 8:24), así será para quienes cometan este pecado.